Visita a la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada de San Petersburgo

FEDERACIÓN DE RUSIA

La ciudad de San Petersburgo es la segunda de Rusia en importancia y población, pero sus edificios más antiguos no tienen el aspecto que cabría esperarse de una ciudad rusa. Y esto es porque fue fundada por el zar Pedro I el Grande en fecha tan reciente como 1703. Desde entonces sería la capital de los zares hasta el golpe de estado bolchevique de 1917. Esta ciudad personificó el intento de acercamiento del gigante oriental a los reinos occidentales de Europa, y su arquitectura se hizo a imitación de aquéllos. Se trata de una ciudad barroca y neoclásica cuyo centro histórico fue designado Patrimonio de la Humanidad. Sin embargo, en esta ciudad encontramos una excepción, una iglesia que con sus cúpulas bulbosas y sus iconos ortodoxos nos recuerda a la profunda y ancestral Rusia: es la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada (Храм Спаса на Крови).

UNA MASACRE SOBRE LA NIEVE

Esta imponente iglesia se ubica a orillas del canal Griboyédova, a 200 metros de la avenida Nievsqui, la principal arteria de la ciudad. Su nombre oficial, sin embargo, es catedral de la Resurrección de Cristo (Собор Воскресения Христова), a pesar de que no tiene tal rango. Por contra, su nombre popular proviene del hecho de haber sido erigida en el mismo lugar donde fue asesinado el zar Alejandro II en 1881. Aunque no dejó de ser un monarca absoluto, este zar fue ilustrado y reformista, promulgó la emancipación de los siervos e intentó modernizar las estructuras de su atrasado imperio. Es considerado un zar benefactor en Finlandia -en aquella época bajo el dominio ruso- y un libertador en Bulgaria, a la que ayudó en su revuelta de independencia contra los otomanos. Sin embargo, reprimió con dureza los movimientos nacionalistas polaco, ucraniano y bielorruso. Alejandro II sufrió cinco intentos de asesinato antes del atentado que le segaría la vida en 1881.

San Petersburgo
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En aquel entonces este lugar era una calle estrecha a la orilla del canal. De manera similar a otros magnicidios, el de Alejandro II se produjo por la previsibilidad de su rutina: cada domingo desde hacía veinte años, seguía el mismo recorrido para ir a revisar los regimientos de su guardia. Así fue también el gélido 13 de marzo de 1881 (1 de marzo en el calendario juliano, vigente entonces en Rusia), cuando el séquito del zar fue interceptado por varios terroristas. El monarca viajaba en un carruaje cerrado escoltado por siete cosacos y seguido por los trineos del jefe de policía y del jefe de la guardia. El primer terrorista arrojó una bomba bajo los caballos, cuya explosión no hirió al zar, y éste salió del vehículo para comprobar los daños. En ese momento el segundo asesino lanzó su artefacto a los pies del monarca. Esta explosión dejó varios muertos y gran cantidad de heridos entre los miembros de la escolta y el público, mientras que el zar yacía malherido en la nieve teñida de rojo: sus piernas estaban destrozadas. Fue llevado en trineo al Palacio de Invierno, donde murió tras una breve agonía.

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UN MEMORIAL PARA EL DIFUNTO ZAR

La iglesia fue comenzada en 1883 por orden de su hijo y sucesor, Alejandro III, y terminada por su nieto, Nicolás II, en 1907. Fue financiada principalmente con fondos de las arcas de la Familia Imperial, aunque también con numerosas donaciones privadas. El arquitecto Alfred Alexándrovich Parland se inspiró en las iglesias de Moscú siguiendo los deseos del zar. Se estructura en una planta de cruz griega (habitual en la arquitectura ortodoxa) con cinco cúpulas (una en el centro y cuatro en las esquinas), a las que se añaden tres ábsides semicirculares en la cabecera y una torre campanario a los pies. La cúpula central tiene una torre superpuesta más alta que el campanario. Todos ellos, cúpulas, ábsides y torres, se rematan con elementos bulbosos, confiriendo al conjunto un aire muy tradicional, aunque en la capital del norte sea una auténtica rara avis. La vibrante decoración en variados colores y dorados termina de dar a esta iglesia un aspecto impactante.

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Todas las cúpulas están coronadas por la cruz ortodoxa, o cruz de ocho brazos, es decir, los cuatro principales y otros dos pequeños transversales. El superior representa la tablilla con la inscripción INRI y el inferior hace referencia a los dos ladrones. Por esta razón está inclinada: el lado que mira hacia arriba es el ladrón bueno y el que mira hacia abajo es el malo. Otros elementos sostienen unas curiosas águilas doradas. Se trata del águila bicéfala que simboliza el Imperio Ruso, aunque la escultura tiene tres cabezas para que sea visible desde cualquier perspectiva.

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Se accede al templo por el lado norte, junto al campanario. La entrada es bastante cara, pues en la antaño soviética Rusia han abrazado el capitalismo con gran entusiasmo, sobre todo si se trata de sablear al turista. Sin embargo vale la pena, pues el interior es grandioso, y después de haber llegado tan lejos uno no va a perdérselo por ahorrarse unos rublos… Lo primero que se aprecia, en los pies de la iglesia, es el pabellón que marca el lugar exacto del regicidio, un templete sostenido por columnas de jaspe. Hay que señalar que no se trata de una tumba -Alejandro II está enterrado en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, como todos los zares- sino un monumento conmemorativo. Contiene, eso sí, unos fragmentos de piedra manchados con sangre del monarca.

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Técnicamente hablando, la forma de cruz griega es teórica, porque los brazos de la cruz no se marcan en planta. Dicho de manera sencilla, la planta es centralizada, o sea, cuadrada, aunque al fondo tiene tres ábsides que la alargan un poco más. Excepto por el pabellón del zar, antes referido, y por los altares de los ábsides, la iglesia está vacía, lo cual permite apreciar en toda su plenitud el espectáculo de color que se extiende por toda la superficie construida, ya sea en el suelo, en las paredes, en los pilares o en las cúpulas. En realidad este edificio nunca fue una iglesia normal, pues sólo fue usada para servicios fúnebres en memoria del difunto Alejandro II. Tras la llegada de la dictadura comunista fue desconsagrada y se planeó su demolición hasta en tres ocasiones, aunque se salvó por diferentes motivos. Tras su restauración se convirtió en un museo de mosaicos y una atracción turística.

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NO OLVIDES LLEVAR SIEMPRE UN BUEN SEGURO DE VIAJE

UNA IGLESIA ENVUELTA EN MOSAICOS

Todo el edificio, tanto al exterior como en el interior, está realizado con piedras decorativas procedentes de Siberia, los Urales y la región de Altai, incluyendo granito gris, varios tipos de jaspe y mármoles. Las más destacables son las del suelo, que está compuesto por 45 mosaicos de mármol realizados en Génova. Sus diseños son todos diferentes y no se repite ninguno.

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Los altares de los tres ábsides están separados del resto del templo por sendos iconostasios. Esta palabra, de origen griego -como casi todo en la iglesia y la liturgia orientales- significa expositor de iconos. Se trata de una pared que oculta el altar a la vista del público, y que contiene los iconos o imágenes sagradas. Los iconostasios son característicos de los templos ortodoxos y los encontramos desde Rusia hasta Grecia pasando por todos los Balcanes. Son prácticamente inexistentes en las iglesias occidentales, salvo algún caso excepcional como la basílica de San Marcos de Venecia, de clara influencia bizantina.

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Los iconostasios tienen una puerta -a veces son tres- pero el acceso al interior está vedado a todo el mundo excepto a los clérigos. El iconostasio central, el más grande y espectacular, está lleno de detalles de finísima factura. También fue realizado en Génova con piedras de diferentes colores que imitan la textura de los trabajos tallados en madera.

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Pero lo realmente espectacular es la decoración que cubre totalmente la parte superior, tanto en las bóvedas y las cúpulas como en los muros y los pilares. Son más de 600 mosaicos de iconos y escenas de la mitología cristiana, que cubren un total de 7 056 metros cuadrados. No hay que olvidar que el cristianismo ortodoxo, al contrario que el catolicismo, rechaza los ídolos en tres dimensiones. Fueron diseñados por 32 artistas diferentes y realizados por un taller de San Petersburgo.

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Los muros hasta el arranque de las cúpulas se cubren con escenas del mito de Cristo, que siguen el habitual programa iconográfico de abajo arriba, desde su nacimiento hasta su muerte. Los pilares, tanto los cuatro exentos como los adosados a los muros, muestran iconos de más de 200 santos, entre ellos muchos de la tradición rusa, y héroes nacionales canonizados por la iglesia ortodoxa, como Alexándr Nievsqui.

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En la parte superior hay cinco cúpulas y cuatro medias cúpulas que sostienen la central, de mayor altura. En todas ellas vemos escenas bíblicas así como diferentes manifestaciones de Cristo. Es fácil distinguir los estilos de los diferentes artistas que las realizaron.

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El mosaico que cubre la cúpula central, como era de esperar, representa al personaje principal de esta mitología, un grandioso cristo pantocrátor flanqueado en las pechinas, como de costumbre, por los cuatro evangelistas. La cúpula está envuelta en tonos azules, lo que produce un efecto muy impactante, ya que su rostro da la impresión de estar asomándose y observándonos, literalmente, desde el cielo.

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Aunque hoy la veamos en todo su esplendor, la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada pasó por épocas penosas. Durante la II Guerra Mundial fue usada como morgue y en la posguerra como almacén -el hambriento pueblo soviético la llamaba el Salvador de las Patatas– y al carecer de calefacción el paso del tiempo fue dañando los mosaicos que sólo a finales del siglo XX fueron restaurados. Al lado de la entrada se exponen algunas fotos que muestran el estado en que se encontraba. Sin embargo, este templo es un grandioso edificio que reproduce magistralmente el modelo de las grandes iglesias moscovitas de siglos atrás, así como uno de los puntos de referencia en una visita a San Petersburgo.


TEXTO Y FOTOS © LAGARTO ROJO
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