Montevideo (I): La guardiana del Río de la Plata

REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY

Las similitudes entre las dos orillas del Río de la Plata son muchas, algo lógico considerando que estuvieron unidas durante siglos. De hecho, en un paseo por Montevideo muchos detalles nos harán evocar Buenos Aires. Si bien la capital uruguaya es mucho menor que su vecina, su evolución urbanística y sus avatares históricos son prácticamente iguales. También lo son sus orígenes españoles y las aportaciones culturales traídas por la inmigración posterior. Incluso muchos de los edificios más destacados de una ciudad tienen su equivalente en la otra. Pero eso no significa que Montevideo no tenga personalidad propia o que no merezca una atenta visita, como podremos comprobar a continuación.

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PLAZA INDEPENDENCIA

Como en muchas ciudades españolas, el centro neurálgico de Montevideo es una gran plaza situada en el límite del casco antiguo -que conoceremos más adelante- y la ciudad moderna, de calles más amplias trazadas en los últimos dos siglos. Así pues, no hay mejor lugar para comenzar nuestro recorrido por la capital uruguaya que la plaza Independencia. El espacio central, decorado con agradables jardines y altas palmeras, está presidido, cómo no, por la estatua ecuestre de José Gervasio Artigas, un general omnipresente en Uruguay hasta el aburrimiento. No hay que sorprenderse, ya que no hay país hispanoamericano que no tenga su archivenerado caudillo, y a veces incluso varios.

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Entre los muchos traidores separatistas que en Hispanoamérica llaman próceres, Artigas es un caso especial. Como la mayoría de esos caudillos, fue primero un militar leal a su Patria -incluso combatió en la defensa de la Banda Oriental contra los invasores británicos– pero tras la rebelión de Buenos Aires de 1810, cometió traición, desertó y se pasó a los rebeldes rioplatenses. Lo extraño es que en Uruguay es venerado como padre fundador de un país por el que nunca luchó, ya que la separación de lo que hoy es Uruguay se produjo en 1828, un hecho con el que Artigas no tuvo nada que ver: téngase en cuenta que vivió exiliado en Paraguay desde 1820 hasta su muerte en 1850. De cualquier modo, en 1977 se construyó bajo la estatua ecuestre un pretencioso mausoleo subterráneo de hormigón, en el cual descansan sus restos.

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Antaño todos los edificios que rodeaban la plaza eran refinados y elegantes, pero la maldita especulación inmobiliaria ha hecho estragos en Montevideo en los últimos decenios. En la actualidad se conservan unos cuantos edificios reseñables junto a otros absolutamente vulgares e incluso alguno que debería ser motivo de cadena perpetua para su perpetrador. Entre el resto de moles cúbicas de hormigón podemos descubrir algún que otro palacete decimonónico e incluso, en el lado sur, el palacio Estévez, de estilo neoclásico, que fue hasta 1985 la sede del Gobierno Uruguayo. En la actualidad es usado para actos protocolarios, ya que las oficinas gubernamentales fueron trasladadas al engendro moderno contiguo. En el lado oriental de la plaza comienza la avenida 18 de Julio, que conoceremos más adelante, y justo en esa esquina, un imponente edificio que destaca sobre todos los demás: el Palacio Salvo.

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UN IMPRESCINDIBLE: EL PALACIO SALVO

En una ciudad que no destaca por su antigüedad, el edificio más emblemático y conocido es bastante reciente, de hecho no supera los cien años. El Palacio Salvo, inaugurado en 1928, es un alto edificio situado en la esquina de la plaza Independencia y la avenida 18 de Julio. Descuella entre todos los demás de Montevideo tanto por su altura como por su aspecto. Alcanza los 100 metros de altura -fue durante siete años, hasta 1935, el más alto de Hispanoamérica- y cuenta con 24 plantas, 10 en el cuerpo principal y 14 en la torre situada en la esquina. Es el icono más conocido de la capital uruguaya y un claro testimonio de su época dorada.

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Su autor fue el arquitecto italiano Mario Palanti, también autor del emblemático Palacio Barolo de Buenos Aires, al que dediqué este artículo. Las conexiones entre ambos edificios son abundantes, y las comparaciones inevitables. Comparten arquitecto, estilo -ecléctico con varias influencias-, época de construcción, estructura con una torre-mirador y un faro, un aire misterioso e incluso altura. El Palacio Salvo también fue producto de un mecenazgo, en este caso el de los hermanos Ángel, José y Lorenzo Salvo. La diferencia con el edificio argentino es el uso, ya que éste está dedicado a viviendas y aquél a oficinas.

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En el interior, de finos acabados, lo más interesante es la torre. Contiene un mirador que siguió un devenir distinto al del edificio hermano argentino. Ambas torres contuvieron en un principio un faro con el que se pretendía unir ambas orillas del Río de la Plata con un haz de luz, lo cual fue imposible debido a la esfericidad de la Tierra. El faro porteño aún sigue en su lugar, pero el montevideano fue desmontado y se colocó una horrenda antena metálica de televisión, la cual por fin fue retirada en 2012. El caso es que hoy sólo es un mirador, pero cerrado -lo que produce molestos reflejos en las fotos- y con vistas sólo hacia el oeste y el sur. Las más interesantes son hacia el oeste, ya que se aprecian con todo detalle la plaza Independencia, tras ella la Ciudad Vieja, y más allá la bahía de Montevideo y la Fortaleza del Cerro, que conoceremos más adelante. Para visitar el edificio es necesario reservar una interesante y recomendable visita guiada.

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NO OLVIDES LLEVAR SIEMPRE UN BUEN SEGURO DE VIAJE

Hablemos ahora de tango. Sí, esta música popular no sólo es argentina: también se cultiva al otro lado del Río de la Plata, aunque este dato sea menos conocido. Y resulta que el tango más famoso de la Historia no nació en Buenos Aires sino en Montevideo. Se trata de La cumparsita, escrito por el uruguayo Gerardo Matos y que fue interpretada por primera vez en el café La Giralda, situado precisamente en el solar donde hoy se encuentra el Palacio Salvo. Este tango no tuvo éxito al principio, hasta que lo inmortalizó el gran Carlos Gardel -para muchos también nacido en Uruguay- y desde entonces se ha convertido en una de las melodías más famosas del mundo. El pobre Matos vendió los derechos de su obra y sufrió un calvario para recuperarlos, pero esa historia te la contarán en el museo que le han dedicado en la planta baja del Salvo, que también ha de realizarse mediante reserva.

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Otra interesante visita que precisa de reserva es la del Teatro Solís. Una vez más vienen a la mente los paralelismos con Buenos Aires, en este caso con el magnífico Teatro Colón, y una vez más el Solís da la impresión de ser un hermano pequeño de aquél. Porque efectivamente es de menor tamaño y de menor fama, pero no por eso deja de ser un estupendo teatro e incluso es más antiguo, ya que fue inaugurado en 1856, medio siglo antes que aquél. Es un sencillo edificio de estilo neoclásico que ocupa una manzana entera situada en la esquina sudoeste de la plaza Independencia.

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ENTRANDO EN EL MONTEVIDEO ESPAÑOL

Justo al lado del teatro Solís hay unos pequeños restos del recinto amurallado español, del siglo XVIII. Fundado en 1726 por Bruno Mauricio de Zabala con el nombre de San Felipe y Santiago de Montevideo, fue el principal puerto del Río de la Plata y plaza clave en la defensa de estos territorios primero ante los portugueses y más tarde ante los británicos. Los primeros nunca respetaron el Tratado de Tordesillas -véanse los límites del actual Brasil- y siempre ambicionaron expandirse por el Río de la Plata. Los segundos… bueno, ya sabemos que los anglos son piratas por naturaleza, invaden y saquean todo lo que encuentran a su paso y a finales del XVIII lanzaron varios ataques contra las dos grandes ciudades rioplatenses. En aquellas ocasiones sus habitantes aún eran leales a su Patria y las defendieron bravamente y con éxito.

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El Montevideo español fue trazado en una pequeña península a la entrada de una recogida bahía. Al otro lado de esta bahía, sobre un pequeño cerro, una fortaleza -que aún existe y visitaremos más adelante- la protegía con sus baterías. Por el lado de tierra, la ciudad estaba protegida por una muralla y una ciudadela, de la que se conserva sólo una puerta. La Puerta de la Ciudadela está en el extremo oeste de la plaza Independencia, marcando el inicio de la Ciudad Vieja. En la actualidad la puerta, que llegó a estar muy deteriorada, está reforzada por un muro. Justo enfrente comienza la calle peatonal Sarandí, la más concurrida de la parte antigua, la cual cruza en sentido este-oeste.

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Por la siempre animada calle Sarandí llegamos a la plaza de la Constitución, que no recibe su nombre de ninguna carta magna uruguaya, sino de la española promulgada en Cádiz en 1812, que lo fue también de América. Esta plaza comparte esta característica con el famoso Zócalo de la Ciudad de Méjico, como puedes ver en este artículo. Volviendo a la plaza montevideana, actualmente es un bonito y concurrido espacio ajardinado. Aún conserva elegantes edificios, entre ellos algunos neoclásicos -el estilo predominante de finales del siglo XVIII y principios del XIX- como el edificio del Cabildo, que fue el Ayuntamiento de la ciudad durante el periodo español y posteriormente sede del Ministerio de Relaciones Exteriores del Uruguay independiente, razón por la cual en 1939 adquirió protagonismo internacional, ya que fue en este edificio donde se dirimió la batalla diplomática provocada por la llegada del acorazado alemán Graf Spee, que se había refugiado en la bahía acosado por sus enemigos.

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Sin embargo, la plaza de la Constitución es más conocida por el nombre popular de plaza Matriz, que se refiere a la catedral o iglesia matriz de la ciudad. Aunque ya había habido uno anterior, el templo actual fue erigido por Tomás Toribio entre 1790 y 1804. De estilo indudablemente neoclásico, es mucho más interesante al interior que al exterior; la fría fachada no deja entrever la cálida elegancia de sus naves, de sus sepulcros o de sus esculturas. Entre sus capillas, destaca el baptisterio con su majestuosa pila de mármol blanco.

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La otra plaza importante de la Ciudad Vieja es la plaza Zabala, así llamada en honor del fundador de la ciudad, ya mencionado. El centro de la plaza lo ocupa un estupendo monumento ecuestre del vizcaíno y unos tranquilos jardines donde es fácil ver montevideanos tomando un mate. En estos tiempos dominados por la ignorancia y la imbecilidad generalizadas, reconforta ver un espacio así en una capital hispanoamericana, que conoce, respeta y honra sus orígenes. Y aunque no le hayan dedicado la plaza principal de la ciudad, sí es la más bonita, gracias a sus jardines y a la elegancia de los edificios decimonónicos que la rodean, entre los que destacan un par de palacetes. Curiosamente, tiene forma cuadrangular pero girada 45º sobre el eje viario, es decir, es un rombo insertado en la cuadrícula de las calles.

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Como casi todas las ciudades americanas, la Ciudad Vieja fue diseñada como una retícula, y al estar situada al interior de una pequeña península, la perspectiva hace que en algunos lugares podamos ver las aguas del Río de la Plata al final de la calle. Salvo la peatonal y muy concurrida calle Sarandí, por todas las demás está permitido el paso de vehículos, pero es una zona tranquila y agradable para el paseo gracias a su relativo aislamiento respecto a las grandes vías circulatorias modernas de la ciudad. Si la visitas un domingo -como se puede apreciar en las imágenes- la encontrarás casi desierta a excepción de las zonas más turísticas.

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Una vez más se observa una similitud con la parte antigua de la vecina Buenos Aires, especialmente el barrio de San Telmo, que ya vimos en este artículo. Efectivamente, muchos edificios y comercios conservan el sabor clásico y castizo de los años dorados de principios del siglo XX, aunque en muchos casos ya acusan un cierto abandono y piden a gritos una necesaria restauración. Por desgracia, en los últimos decenios otros muchos fueron derruidos y sustituidos por engendros de hormigón, algo que ya hemos visto antes en la plaza Independencia y seguiremos viendo en otras partes del centro montevideano.

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Aunque en la actualidad el centro de Montevideo se ha desplazado a otras zonas más modernas, en la Ciudad Vieja aún encontramos algunos edificios históricos e institucionales erigidos sobre todo en el siglo XIX, cuando el país ya se había declarado independiente y la capital era mucho más pequeña. Un claro ejemplo es el imponente Banco de la República Oriental del Uruguay, que ocupa una manzana completa. Sí, el de la estatua es Artigas otra vez…

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EL PINTORESCO MERCADO DEL PUERTO

En la parte norte de la Ciudad Vieja, al interior de la bahía, está el puerto de Montevideo. Dos grandes edificios resaltan en esta zona: por un lado, la Comandancia General de la Armada Uruguaya, en la que también están instaladas las aduanas portuarias. Es un mastodóntico edificio blanco construido en la década de 1920. Muy diferente es el Mercado del Puerto, una visita obligada en la capital uruguaya: aunque el exterior no es destacable, el interior merece mucho la pena. Inaugurado en 1868, fue el primero construido en hierro en América. En origen sí fue un auténtico mercado, pero en la actualidad de ello sólo le queda el nombre, pues alberga restaurantes y tabernas en las que, a pesar de estar en el puerto, se come principalmente carne asada, la especialidad uruguaya. Tanto dentro de él como en los aledaños, encontraremos tiendas de artesanía y recuerdos. Como es fácil imaginar, los fines de semana está especialmente animado.

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El Mercado del Puerto es el lugar idóneo para descansar un rato y reponer fuerzas, degustar un asado y, si es posible, entablar una charla con los lugareños. Hasta ahora hemos recorrido los lugares donde nació Montevideo, y hemos conocido los principales hitos que marcaron su Historia. Pero la capital uruguaya se ha extendido en el último siglo mucho más allá del pequeño núcleo fundacional. En el siguiente artículo conoceremos la estrecha relación de esta ciudad con el Río de la Plata y otras curiosidades sobre sus habitantes.

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