El enigmático Palacio Barolo y una puesta de sol sobre Buenos Aires

REPÚBLICA ARGENTINA

Argentina vivió su época dorada a finales del siglo XIX y principios del XX. Era un país inmenso y poco poblado que estaba ansioso por recibir inmigrantes, los cuales llegaban por millones de toda Europa, si bien especialmente de España y de Italia. Las raíces hispanas de Argentina son claras, pero no podemos desdeñar la influencia cultural italiana en un país donde casi la mitad de la población tiene algún antepasado transalpino. Incluso es posible identificar italianismos en el español rioplatense, tales como laburar (del italiano lavoro) o chau (del italiano ciao) por citar sólo dos ejemplos bien conocidos. En este contexto, un rico comerciante de tejidos italiano llegado a Buenos Aires en 1890 y un arquitecto milanés concibieron la construcción de un edificio emblemático y enigmático. El primero se llamaba Luigi Barolo y el segundo Mario Palanti.

UN PROYECTO DESCABELLADO

El edificio en cuestión se llama Palacio Barolo -ya que quien paga, manda- y en la actualidad es uno de los más conocidos e impactantes de la capital argentina. Está situado en la concurrida avenida de Mayo, ya casi en la confluencia con la plaza del Congreso. Desde esta gran plaza -por cierto, una de las más bonitas de la ciudad- se distingue la torre del edificio, en la segunda manzana de la avenida de Mayo. La primera manzana la ocupa totalmente el conocido edificio La Inmobiliaria, de estilo neorrenacentista, al cual pertenecen las dos torrecillas de cúpula roja que vemos en la imagen.

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La avenida de Mayo no es una calle cualquiera: es la arteria más señorial de la ciudad. La mayoría de sus majestuosos edificios se han conservado en buen estado, al igual que varios antiguos cafés que ya son parte de la Historia porteña. Esta avenida era, pues, un lugar inmejorable para el edificio que proyectó el arquitecto Palanti para su mecenas Barolo. No iba a ser un inmueble como los demás, tenía que ser impactante por su modernidad, por su aspecto y por su significado. Se hizo en hormigón armado -pero revestido de ricos materiales, no como ahora- y es un ingenioso juego de perspectivas, mezcla de estilos y simbolismo. Con sus 100 metros fue el edificio más alto del país y de Hispanoamérica entre 1923 y 1935.

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Tenemos pues a dos italianos emigrados a Argentina que se conocen en 1910, poco antes de la I Guerra Mundial. Ambos son leales a sus orígenes y son devotos admiradores de Dante Alighieri, el padre de las letras italianas. Uno de ellos, Barolo, el que tiene el dinero, cree que Europa se va a autodestruir y decide erigir un magno lugar de reposo para los restos mortales de Dante muy lejos de la devastación, al otro lado del Atlántico. Efectivamente, planeaba traérselos hasta Buenos Aires y colocarlos en un edificio dedicado al insigne poeta. Claro, esto último no lo consiguió, pero para su descabellado proyecto contó con el talento de Palanti, que diseñó un edificio lleno de referencias a la Divina Comedia, la obra maestra de Dante. Aquí, como en otros edificios suyos, creó un estilo ecléctico muy personal con variadas influencias modernistas, neogóticas y hasta de la arquitectura de la India.

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El Palacio Barolo no ocupa toda la manzana y apenas es visible su fachada frontal. El arquitecto logró un ingenioso efecto óptico porque desde esta perspectiva la fachada es mucho más baja que la torre, realzando ésta última. Sin embargo, la torre se apoya por detrás en una segunda fachada, invisible desde la calle. La torre termina en una cúpula inspirada en un templo hindú y sobre ella se sitúa un potente faro. Unos años más tarde, Palanti construyó el Palacio Salvo, emblemático edificio situado en Montevideo, la capital de Uruguay. Se suele decir que son edificios gemelos, pero eso no es cierto, ya que son diferentes, aunque sí comparten estilo y estructura. En lo alto de la torre del edificio uruguayo también construyó un faro, con la intención de unir ambas orillas del Río de la Plata por medio de sendos haces de luz. Sin embargo, el meticuloso arquitecto milanés no contó con la esfericidad de la Tierra (ambas ciudades distan 210 quilómetros entre sí), que impedía que los haces de luz se pudiesen encontrar. Los terraplanistas tendrán que buscarse otra chorrada para llamar la atención.

EL INFIERNO ESTÁ ABAJO, OBVIAMENTE

La obra magna de Dante Alighieri, la Divina Comedia, narra el viaje que hace el propio autor desde el infierno hasta el paraíso pasando por el purgatorio, que son los tres posibles lugares a donde van los muertos en la mitología cristiana. La planta baja del Palacio Barolo es un pasaje que lo atraviesa de lado a lado, de la avenida de Mayo a la calle de Hipólito Yrigoyen. Representa el infierno, como en la Divina Comedia, y es con diferencia la parte del edificio más profusamente decorada. Estructuralmente es una galería compuesta por nueve bóvedas. En esas bóvedas podemos leer citas en latín que pertenecen a nueve obras de diferentes autores (nótese la carga simbólica de ese número, que son los niveles en los que se divide el infierno en la Divina Comedia). La bóveda central está abierta, es decir, tiene un gran agujero circular del que volveremos a hablar más tarde.

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No hay que perderse ningún detalle en la planta baja. Desde los arranques de las escaleras y las placas metálicas hasta los dibujos del suelo de mármol o los monstruos fantásticos -semejantes a dragones- que sujetan las lámparas. Éstos últimos no deben extrañarnos, ya que estamos en el infierno. Absolutamente todo fue diseñado por Palanti, que concibió el edificio como un todo integral. También son originales los quioscos con función de taquilla, donde recogeremos nuestra entrada. El precio es caro, más aún para el nivel económico de Argentina (unos 17 € al cambio, el precio en pesos podrá variar en función de las devaluaciones monetarias) pero al final de la excelente visita uno queda totalmente satisfecho y con la impresión de que ha valido la pena.

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NO OLVIDES LLEVAR SIEMPRE UN BUEN SEGURO DE VIAJE

PASAMOS POR EL PURGATORIO

Para la ascensión mejor usaremos los ascensores, no sólo para ahorrarnos el esfuerzo, sino también para disfrutar de ellos. Existen nueve (otra vez), aunque dos de ellos están ocultos ya que eran para uso exclusivo del propietario, pero éste no llegó a utilizarlos porque murió unos meses antes de que se inaugurase el edificio. Los demás están en perfecto estado de uso y son auténticas piezas de museo, desde sus jaulas de hierro o las saetas que indican en qué piso se encuentra el elevador, hasta su habitáculo de finos acabados.

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Los tres primeros pisos estaban destinados a la lujosa residencia del propietario del edificio, Luigi Barolo. Desde el cuarto piso (que en realidad es el tercero habitable) podemos ver el pasaje inferior -el infierno– asomándonos a la balaustrada de un pequeño pero ingenioso mirador interior. Desde ese punto hasta el comienzo de la torre, el edificio está dedicado enteramente a oficinas, de las que hay 261. Toda esta zona intermedia, como en la Divina Comedia, es el purgatorio, según la mitología cristiana el lugar donde los muertos han de penar por sus pecados durante siglos o quizá milenios hasta que estén limpios y puedan llegar al paraíso. Aquí la decoración es muy escasa y representa los siete pecados capitales, a razón de dos pisos por cada uno. Como se ve, en esta religión todo es seductor y atractivo…

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EL ASCENSO AL PARAÍSO

El ascensor llega hasta la planta 14, donde comienza la torre y también el paraíso. A partir de este punto deberemos seguir la ascensión por medio de dos escaleras, la segunda muy estrecha. En el paraíso imaginado por Palanti para este edificio, los muros son totalmente blancos y desprovistos de decoración, con mucha luz natural. En un momento determinado llegamos al piso mirador, en el cual diez balcones dispuestos en círculo nos conceden vistas en cualquier dirección. De los cuatro puntos cardinales, sin la menor duda el más interesante es el lado oeste, ya que está orientado directamente hacia la plaza del Congreso. Aunque, como ya se ha dicho antes, se interpone el edificio La Inmobiliaria con sus dos pequeñas torres, la mayor altura de nuestra posición nos permite tener una visión completa de la plaza con el Congreso de la Nación al fondo.

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Los otros tres puntos cardinales no nos ofrecen edificios destacados, más allá de contemplar la inmensidad de Buenos Aires. Se puede apreciar lo que es una constante en el centro de la capital argentina: muchos inmuebles elegantes supervivientes de la época dorada de la ciudad mezclados con engendros de hormigón que han ido apareciendo en las últimas décadas, sobre todo a partir de los nefastos años 60 y 70. Justo a nuestros pies, si nos asomamos a los balcones orientados al norte, veremos el tramo más cercano de la avenida de Mayo. Nuestra visita coincidió con una manifestación de protesta. No fue la única a la que asistí por casualidad en aquellos días, y eso a pesar de que era verano.

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Un detalle curioso, que muestra cómo la organización ha puesto especial cuidado en esta visita guiada, es la violonchelista que amenizaba nuestra estancia en el mirador. Ella no sube y baja con cada grupo -imagináosla, con el instrumento a cuestas- sino que, según me comentó, ella está allí todo el tiempo y empieza a tocar cuando llega cada turno de visitantes. La pequeñez de los balcones y su disposición circular a modo de pétalos de una flor es idóneo para retratar a quien se desee con la ciudad como fondo. Tanto nuestra amable guía como una guapa chica paraguaya del grupo accedieron a posar para la cámara.

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Palanti no olvidó ningún detalle en su representación simbólica del paraíso, ya que la última y muy estrecha escalera nos da acceso a un lugar único y extraordinario. Personalmente no he visto nada similar en ningún otro lugar, y menos en medio de una ciudad. Se trata de una estructura similar a una burbuja de vidrio que representa el empireo, el punto más alto del cielo donde habita el mismísimo dios cristiano. La sensación de estar suspendidos a 100 metros de altura, unida a la cautivadora luz del ocaso, constituyen un momento irrepetible. Aquí Palanti instaló un faro que actualmente tiene una potencia de 5000 vatios. Gira como cualquier faro costero e ilumina la ciudad en todas las direcciones, aunque sólo se utiliza en ocasiones especiales, pues podría confundir a los buques que navegan por el Río de la Plata. Nuestra guía, con la ayuda de una sencilla plantilla de cartón, protagonizó un momento divertido cuando llamó a cierto personaje de historietas gringas.

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INOLVIDABLE PUESTA DE SOL SOBRE BUENOS AIRES

Como se va a poner el sol y la luz se reduce por momentos, nuestra guía nos indica que tenemos que abandonar la cúpula de vidrio. Mi insistencia había sido grande pues éste era el objetivo principal de mi visita, y he de agradecer la buena disposición que tuvo para bajar de nuevo a los balcones-mirador en el momento adecuado. Y ciertamente tuve mucha suerte, ya que el cielo encapotado con nubes altas dejaba despejada la línea del horizonte, y desde el oeste los últimos rayos del sol se colaban e iluminaban esas nubes con unos tonos entre rojizos y violáceos. Mientras, la plaza del Congreso iba quedando en penumbra. En dirección opuesta el efecto era muy diferente: los rascacielos quedaban teñidos de color dorado hasta el punto de que algunos de ellos parecían arder. Y detrás de ellos se adivinaban las aguas del Río de la Plata.

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El atardecer es una hora muy especial, más aún en los días estivales. Y este día en concreto no había sido caluroso, gracias al viento y el ambiente lluvioso. Era uno de esos días de verano en los que apetece salir y disfrutar de la noche tomando una copa en alguna terraza, como la del edificio contiguo, bastantes metros por debajo de nosotros, que ya empezaba a animarse. La siguiente parada sería en el piso 16, donde se encuentra la terraza de la parte posterior del edificio, invisible desde la calle gracias a la peculiar estructura ideada por el arquitecto italiano. Desde allí tendríamos apenas dos minutos para tomar las últimas imágenes del sol ocultándose en los confines de Buenos Aires.

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Seas fotógrafo o no -pero especialmente si lo eres- debes escoger con cuidado el momento para realizar esta visita, de modo que la luz cree unas sensaciones inolvidables y las vistas sean aún más impresionantes. Como la visita ha de reservarse con un día de antelación como mínimo, lo mejor es consultar la previsión meteorológica para no dejarlo al azar. Ya que las vistas más interesantes se muestran sin la menor duda hacia el oeste, si el día va a ser soleado lo mejor será subir por la mañana, ya que por la tarde tendremos un molesto contraluz en esa dirección. En cambio, si el cielo va a estar muy cubierto -como ocurrió el día de mi visita- puedes correr el riesgo de subir con el último turno para gozar de un atardecer inolvidable.

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Esta estupenda visita guiada tiene su punto final en una oficina ambientada en los años 20, la época de la construcción del edificio. Todo es de época: muebles, teléfonos e incluso los sombreros -prenda habitual entonces, hoy desusada- que cuelgan de los percheros. Dos bustos de Dante y su amada Beatriz junto a un ejemplar italiano de la Divina Comedia son una referencia obligada. Unos vasos de limonada -incluida en la visita- sirven de pretexto para unos minutos de charla alrededor de esta estupenda experiencia, absolutamente recomendable para quien pase por la capital argentina. Todo está magníficamente ambientado y nuestra guía supo conjugar simpatía y profesionalidad.

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La vinculación del Palacio Barolo con la Divina Comedia de Dante ha sido proclamada por diferentes estudiosos de la arquitectura, si bien es cierto que no existen documentos que lo avalen. También hay otros que niegan esta vinculación o la reducen al terreno de la mera hipótesis. Sea como fuere, actualmente forma parte de la cultura popular porteña. En realidad la idea de Barolo y Palanti era absurda: más allá de que nadie se planteó sacar de Ravena los restos mortales del gran poeta, ¿alguien se puede imaginar que estuviese sepultado en un continente cuya existencia él nunca conoció? Una idea absurda que es parte del encanto del edificio.

TEXTO Y FOTOS © LAGARTO ROJO
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