Antigua Guatemala (II): Vivir entre volcanes

REPÚBLICA DE GUATEMALA

Desde que fue fundada en 1542, la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala albergó las instituciones que habrían de gobernar toda Centroamérica para la Corona Española. Durante los siglos siguientes sería una ciudad próspera: se llenó de palacios, iglesias, conventos y comercios, y hasta tuvo una universidad. Sin embargo, desde el principio las catástrofes naturales se cebaron con ella: inundaciones, erupciones volcánicas y sobre todo terremotos. Sus habitantes, tercamente, la reconstruyeron una y otra vez hasta que, tras el devastador seísmo de 1773, llamado de Santa Marta, se decidió el abandono de la ciudad y la erección de una nueva capital a 25 quilómetros de allí. Sin embargo, Antigua Guatemala no murió, y hoy sus habitantes y los turistas que la visitan disfrutan de su magnífico patrimonio arquitectónico.

LA CIUDAD DE LOS TERREMOTOS

Antigua Guatemala se encuentra rodeada por tres volcanes: el volcán de Agua, el volcán de Fuego y el de Acatenango. El de Agua está inactivo, y el de Acatenango apenas se ha despertado un par de veces, pero el de Fuego ha entrado en erupción más de 60 veces desde el siglo XVI. Por cierto, si quieres ver una imagen espectacular que tomé de los tres volcanes sobre un mar de nubes, no debes perderte este artículo. Volviendo a los volcanes, su actividad suele ir acompañada de terremotos, que son los que han asolado a la ciudad. En el siglo XVI hubo seis grandes seísmos; en el siglo XVII hubo tres y en el XVIII se sucedieron otros tres, que reciben el nombre del santo del día: el de san Miguel (1717), el de san Casimiro (1751) y el de santa Marta (1773). Éste último fue devastador y fue entonces cuando se decidió el traslado de la capital, que ocurrió en 1776. Desde entonces aún ha habido otros terremotos reseñables, especialmente los de 1874 y 1942.

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Seguro que estás pensando: Hay que ser idiotas para levantar una ciudad en un lugar como ése. Bueno, parece lógico pensar así, pero lo cierto es que toda la costa del Pacífico centroamericano -mucho más habitable que la costa caribeña- es un rosario de volcanes. La mayoría de la población vive allí y todas las ciudades principales se encuentran a merced de las erupciones volcánicas y los terremotos desde hace cinco siglos. Las catástrofes de Antigua Guatemala no fueron las únicas ni mucho menos: en Nicaragua la ciudad de León (véase este artículo) ya hubo de ser trasladada a su actual ubicación por el terremoto de 1610, que destruyó la antigua población. Más recientemente se recuerdan el seísmo de la Ciudad de Guatemala (la capital actual) de 1917 y el devastador de Managua de 1974, que arrasó el centro histórico de la capital, el cual nunca se reconstruyó.

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UNA CIUDAD ESPAÑOLA DE AMÉRICA

En la primera parte de este recorrido por Antigua Guatemala ya quedaron claros los orígenes españoles de esta ciudad, y conocimos una gran parte de ese legado histórico y arquitectónico. Sin embargo, vamos a fijarnos ahora en los detalles que declaran ese origen en muchos rincones de esta ciudad. Basta pasear y abrir bien los ojos… Así se comprueba en los blasones que encontramos en muchos edificios. Ya vimos el de Carlos III coronando el palacio de los Capitanes Generales; a continuación vemos otros tres ejemplos. En primer lugar el de Carlos I (el emperador Carlos V), con su águila bicéfala aunque simplificado a las armas de Castilla y León. Esto no es de extrañar, pues se consideraba que la expansión americana era castellana mientras que la mediterránea era aragonesa. Este precioso escudo de piedra se encuentra en la fachada de la iglesia de San Francisco el Grande.

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El segundo ejemplo, de la fachada de la iglesia de San Pedro, es un escudo muy simplificado, tanto que no se puede identificar con ningún monarca, y de hecho por pura casualidad se parece bastante al actual. Lo más raro de este escudo es que al artista le sobraban tres leones y un castillo y los puso revoloteando alrededor del escudo (¡!) El tercer ejemplo no es un escudo, sino un portalón de un inmueble (actualmente un hotel), pero fijémonos en los detalles decorativos que lo flanquean: dos columnas -que recuerdan a las de Hércules– y de nuevo dos leones.

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Otra herencia española muy viva son las procesiones de semana santa, muy similares a las de este lado del Atlántico. Esto no es privativo de Guatemala, sino que se puede ver en muchos lugares de Hispanoamérica (véase este artículo que dediqué a la procesión de la Candelaria de Puno, en Perú). De cualquier modo, las procesiones de Antigua Guatemala son especialmente afamadas por la riqueza de sus pasos. Y si tienes suerte hasta te puedes encontrar algunos expuestos en plena calle (aunque sea en enero).

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El hecho de que Antigua Guatemala quedase congelada en el siglo XVIII nos permite encontrar elementos muy nuestros que sin embargo han desaparecido de las ciudades españolas. Son esas cosas que nuestras abuelas o bisabuelas conocieron en su infancia y que hoy en día, como mucho, podemos encontrar en unos pocos pueblos. Esos portalones de madera, de grandes cerraduras y llamadores de forja… Esos empedrados de adoquines antiguos, de los que se hacían a golpe de mazo… O esos lavaderos públicos donde las mujeres restregaban la ropa a mano y con una pastilla de jabón. En pleno centro de Antigua Guatemala hay uno magnífico llamado Tanque la Unión, aunque ya no se ven lavanderas.

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EL COLEGIO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

En la primera parte de este artículo visitamos los principales templos y conventos -en ruinas casi todos- pero nos dejamos uno muy especial que vamos a conocer ahora. Se trata del convento de los jesuitas, terminado en 1698 en un solar que perteneció al gran cronista Bernal Díaz del Castillo, autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el cual acabó sus días en la ciudad. Además de un convento, funcionó como colegio, muy afamado por cierto, donde estudiaron sus primeras letras los más notables guatemalenses del siglo XVIII. Como todos los demás, fue destruido por el terremoto de Santa Marta y abandonado. Durante los dos siglos siguientes se instalaron en su interior una fábrica de tejidos y un mercadillo de artesanías, hasta que en 1992 por fin se acometió la restauración de todo el complejo con excepción de la iglesia, que quedó en ruinas..

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De ello se encargó la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), la agencia pública que gestiona los fondos que España destina a la recuperación del patrimonio histórico en Hispanoamérica, así como proyectos de desarrollo y culturales. En otros artículos ya hemos visto otros ejemplos. Actualmente los claustros y demás dependencias lucen magníficos y la Cooperación Española los destina a diferentes usos culturales, como la exposición dedicada al arte maya que pude disfrutar en mi visita en enero de 2017.

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Si hablamos de arte español, Antigua Guatemala cuenta con el Museo de Arte Colonial (sí, insisten en esa estúpida falacia de la colonia, incluso en una institución supuestamente seria), situado a una cuadra de la plaza Mayor. El edificio que lo alberga fue la sede de la Universidad de San Carlos y tiene, quizá, la fachada más bonita de la ciudad, realizada en un elegante barroco. Hay que recordar que con el traslado de la capital se llevaron las obras artísticas que no habían sido destruidas por los seísmos, de manera que la colección se confeccionó en el siglo XX. Lamentablemente no se permite fotografiar las obras.

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UNA CIUDAD VIVA

En 1776 se fueron las autoridades y las órdenes religiosas, pero muchos de sus habitantes permanecieron en la ciudad, que a lo largo del siglo XIX fue renaciendo. Muchas de las viviendas fueron reconstruidas y poco a poco volvieron los mercados y los comercios. En tiempos recientes se ha actuado sobre las ruinas de los edificios históricos, que se han convertido en el mayor atractivo turístico de Guatemala, a lo cual contribuye la proximidad con la capital actual y con su aeropuerto. Algunas estupendas casas señoriales e incluso un antiguo convento -el de Santo Domingo- han sido transformados en hoteles, aunque también los hay para economías más modestas.

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De igual modo se han restaurado muchas casas antiguas -siempre respetando la arquitectura tradicional– para convertirlas en restaurantes elegantes o pintorescas tabernas, principalmente dirigidas a los turistas. Allí es posible probar los mejores platos de la cocina centroamericana, pero por todos lados encontramos también puestos de comida callejera más sencilla donde, además de ahorrar unos quetzales (la moneda local), nos acercaremos más a la cotidianeidad de los lugareños. Para muchos de ellos llevar el sustento a casa no es fácil, así que la venta callejera es habitual, especialmente llevada a cabo por mujeres de todas las edades que venden artesanías o tejidos, los cuales portan sobre la cabeza según su costumbre ancestral.

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Un paseo por Antigua Guatemala será un filón no sólo para el amante de la fotografía de paisaje o de arquitectura, sino también para quien gusta de retratar a los habitantes del lugar. Observando a los guatemalenses veremos la esencia de Hispanoamérica, el mestizaje que fomentaron los españoles desde el mismo siglo XVI: rasgos indios que se mezclan con otros europeos. Hay muchos contrastes y personajes diversos: la modernidad de los teléfonos móviles junto a costumbres antiguas como cargar a los bebés a la espalda; oficios que se resisten a desaparecer -como el de limpiabotas- junto a atemorizantes predicadores de inspiración anglosajona. Y por supuesto la ciudad está llena de turistas -con predominio de los gringos, qué le vamos a hacer- pero ellos no tienen especial interés.

Como ya se ha dicho, el plano de la ciudad tiene forma de cuadrícula. Las calles son estrechas y no permiten un tráfico muy intenso. Así pues, la avenida principal de la ciudad se encuentra más al oeste, se llama alameda de Santa Lucía y tiene incluso semáforos y guardias dirigiendo el tráfico. En ella se concentra gran cantidad de hoteles, restaurantes y comercios de todo tipo. Lindante con ella hay un gran mercado callejero al aire libre donde se puede comprar literalmente de todo, y uno más coqueto de artesanías. Otro lugar de interés, a cinco minutos de la alameda, es el bonito cementerio municipal, del siglo XIX.

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Desgraciadamente, Guatemala tiene un alto índice de delincuencia, y viajando por el país nunca debemos confiarnos. Sin embargo, Antigua Guatemala es una ciudad muy turística y la presencia policial es abundante. Durante el día se puede uno mover por cualquier sitio sin ningún temor, incluso cámara en mano. Ojo: eso no significa que no haya amigos de lo ajeno, pero no debemos temer asaltos. Sin embargo, por la noche la cosa cambia: deberemos tener los ojos bien abiertos y evitar calles solitarias. Los farmacéuticos, potenciales víctimas, protegen sus establecimientos con unas llamativas rejas.

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En tu estancia en Antigua Guatemala no puedes dejar de hacer algún paseo nocturno, aunque siempre con precaución. En las calles principales hay animados restaurantes y lugares donde tomar una cerveza. Algunos de los más importantes edificios de la ciudad son iluminados, sobre todo aquéllos cuya fachada resulta más imponente, ya sea por el dramatismo de su estado ruinoso (como la iglesia del Carmen), o bien por la majestuosidad recuperada tras su restauración (como el palacio de los Capitanes Generales y la catedral).

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NO OLVIDES LLEVAR SIEMPRE UN BUEN SEGURO DE VIAJE

PINTORESCOS MEDIOS DE TRANSPORTE

Desplazarse por Antigua Guatemala es muy fácil, las distancias son cortas y se puede hacer tranquilamente a pie. Además ése es el único modo de apreciar los muchos detalles que ofrecen sus coloridas calles y sus edificios cargados de Historia. No obstante, en caso de necesidad podemos tomar un pintoresco y económico taxi local: se trata de un sencillo motocarro o triciclo motorizado que por unos pocos quetzales nos llevará al lugar deseado.

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Pero lo que más llama la atención del forastero son las camionetas, o más popularmente burras, es decir, los autobuses urbanos e interurbanos que se encuentran por doquier en toda Guatemala. Son esos autobuses con morro que aparecen en las películas gringas pintados de amarillo, unos cacharros de hojalata con asientos corridos duros como un tablón que los gringos usan para llevar a sus niños al colegio. Después los revenden y en Guatemala siguen tirando unos cuantos años más. Cómodos no son, pero lo que no se puede negar es que son muy resistentes.

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Centroamérica
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Así pues, esos anodinos, feos y simplones vehículos desechados por los anglos se transforman cuando caen en las manos de los chapines (apelativo coloquial que los guatemalenses se dan a sí mismos). Se abandona el amarillo y se repinta el autobús con los colores y el diseño de la empresa, se añaden adornos metálicos, grandes parachoques o vistosas parrillas de ventilación. También letreros luminosos y luces -muchas luces- porque lo fundamental es llamar la atención. Tanto, que uno pensaría que está en una discoteca rodante. Y no es un modo de hablar, ya que en el interior ponen música a un volumen tan estridente que si quieres hablar con tu acompañante tienes que hacerlo a gritos.

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Las burras son parte del paisaje guatemalense, un elemento muy atractivo para el forastero, aunque cotidiano para los lugareños. Ellos, claro, están acostumbrados a utilizarlas. Es el modo más barato de viajar por el país, pero después de hacer el trayecto entre la capital y Antigua Guatemala -y sólo son 25 quilómetros- preferirás pagar un poco más para viajar en un moderno microbús. Tampoco es muy caro y por lo menos irás cómodo y seguro. Como se puede apreciar en la imagen, las burras no son nada cómodas y cuando se llenan la gente incluso tiene que acurrucarse en el pasillo apoyando medio glúteo en el borde de un asiento. Pero lo peor es cuando toman las curvas de la carretera Panamericana y en cada una de ellas tienes la sensación de que vas a volcar. Tomar una burra es una experiencia curiosa e interesante, pero probablemente no tomarás otra.

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EL MIRADOR DEL CERRO DE LA CRUZ

El cerro de la Cruz, al norte de la ciudad, ofrece unas espectaculares vistas panorámicas que no te debes perder. El sendero que sube hasta allí arranca muy cerca del convento de la Merced, está señalizado y no es peligroso. Lo más recomendable es subir en motocarro -que es muy barato- y bajar tranquilamente a pie. En la cima hay presencia policial, pero solamente durante el día, de modo que antes de la puesta de sol cierran el mirador y obligan a todo el mundo a bajar (quedarse por la noche no es nada recomendable). En otras palabras, no podrás contemplar la puesta de sol ni la ciudad iluminada por la noche. Pero dado que el mirador está orientado al sur, lo ideal es subir temprano por la mañana o al final de la tarde, para evitar el contraluz.

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Al llegar al mirador se hace evidente la razón de su nombre. La panorámica es ciertamente una maravilla, no solamente por tener a nuestros pies todo el centro histórico de una de las ciudades más importantes de la América Española, sino por el respeto que impone el volcán de Agua, que está justo enfrente, al otro extremo de la ciudad. Es cierto que ese volcán está inactivo, pero no por ello es menos imponente. Entre el caserío podemos identificar fácilmente la plaza Mayor o los principales conventos, como el de San Francisco el Grande o el de la Merced.

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Antigua Guatemala es un lugar fascinante. Es, quizá, el mejor lugar para imaginarse cómo fue una capital de la América Española en los siglos XVI, XVII y XVIII. Pasear por sus antiguas calles empedradas o entre sus ruinas que nos hablan de terribles catástrofes nos permite viajar a otra época en un instante. Pero también es una ciudad auténtica y actual, con sus burras y sus tabernas, o los turistas que se mezclan con los lugareños que salen cada día a sus quehaceres cotidianos. Una pequeña ciudad con un lugar propio en la Historia de América, que merece ser explorada sin prisas, al estilo chapín.

TEXTO Y FOTOS © LAGARTO ROJO
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