Guatapé, el pueblo colombiano de los zócalos, y su gran peñón

REPÚBLICA DE COLOMBIA

En un viaje a Colombia es casi inexcusable visitar la ciudad de Medellín, importante centro financiero y segunda ciudad del país por número de habitantes. Sin embargo, Medellín no ofrece grandes atractivos, más allá de algunos miradores y la posibilidad de disfrutar de su agradable clima y su animada vida nocturna. No ha conservado casi nada de su patrimonio histórico y lo fundamental de la ciudad se puede visitar en un par de días. Por eso es interesante aprovechar la oportunidad para hacer excursiones de un día o dos partiendo de esta gran urbe. Sin duda, de todas las posibles, la excursión estrella es la de Guatapé, realizable en un solo día.

GUATAPÉ, UN PUEBLO TÍPICO ANTIOQUEÑO

Guatapé es un pueblo de unos 8 000 habitantes que se encuentra en la parte oriental de la antigua provincia (hoy llamada departamento) de Antioquia, a una hora y media de Medellín aproximadamente. El pueblo está situado -ya veremos más tarde por qué- en una de las muchas penínsulas que forman la extensa costa del embalse Peñol-Guatapé. El autobús procedente de Medellín nos deja en el malecón, justo al lado del lugar donde fondean varias embarcaciones de recreo. A lo largo de la calle hay varios restaurantes donde podremos comer más tarde en un ambiente tranquilo y agradable.

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Desde el embarcadero podemos tomar una pequeña calle que nos lleva directamente a la plaza principal del pueblo, que allí llaman parque como en muchas ciudades hispanoamericanas. Es una plaza agradable que concentra varios puntos de interés, como el palacio municipal (ayuntamiento), la iglesia parroquial del Carmen (precioso el interior realizado completamente en madera), y algunos cafés y terrazas para pasar un rato tomando algo fresco. Estos edificios son un buen ejemplo de lo que veremos paseando por el pueblo: la arquitectura tradicional antioqueña, de hondas raíces españolas, que nos recordará a algunas localidades andaluzas o canarias.

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Para desplazarnos por Guatapé y sus alrededores disponemos de un transporte público muy peculiar: las motochivas. Se trata de simples motocarros de tres ruedas, como los que podemos encontrar en muchos lugares del mundo, pero en este caso son decorados con vivos colores por lo que recuerdan a una versión en miniatura de las chivas, los coloridos autobuses de Medellín. De ahí su nombre.

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Callejear por Guatapé es cómodo y conocer la mayoría de sus encantadores rincones no nos llevará más de un par de horas. El pueblo es pequeño, pues la población del municipio es bastante dispersa y éste es apenas su núcleo central. La calle principal es la 31 (sí, en Colombia hasta en los pueblos han cambiado los nombres de las calles por números), una vía bastante recta que parte de la esquina situada entre el palacio municipal y la iglesia. Esta calle es importante porque discurre todo a lo largo del pueblo. Desde ella es muy fácil orientarse: hacia la izquierda bajaremos al malecón y hacia la derecha se abren diferentes calles transversales esperando que las descubramos. La primera de ellas es muy interesante porque al fondo encontraremos la plazoleta de los Zócalos.

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La plazoleta de los Zócalos es un magnífico ejemplo del tesón y sobre todo de la inteligencia con la que los guatapenses están planificando el crecimiento de su pueblo. La citada plazoleta se proyectó en una fecha tan reciente como 2010, siguiendo el estilo arquitectónico y decorativo que ha hecho de Guatapé un lugar único en Colombia. Es un espacio amplio, en dos niveles, rodeado de pequeñas tiendas y cafés, apto para el encuentro o el desarrollo de pequeños conciertos u otras actividades. Algunos de los edificios que la conforman son modernos, pero se han pintado con vivos colores para mimetizarse con las casas tradicionales.

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EL PUEBLO DE LOS ZÓCALOS

Los zócalos son habituales en la arquitectura tradicional antioqueña, como refuerzo en la base de las fachadas para evitar que la humedad del terreno suba por los muros. Pero los zócalos guatapenses son únicos y, por sorprendente que parezca, estos sencillos elementos han dado fama al pueblo y han conseguido atraer a visitantes de todo el mundo. Se dice que fue un habitante del pueblo, José María Parra, quien en los años 20 pintó el de su casa con un motivo religioso (el cordero de dios) y poco a poco otros lugareños lo fueron imitando. Hoy es rara la casa cuyos zócalos no están ricamente decorados.

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Los guatapenses, sobre todo tras la construcción del embalse y el cambio de orientación de su actividad económica hacia el turismo, se pusieron de acuerdo para decorar todos los zócalos del pueblo. Es de destacar que son los propios habitantes, los dueños de cada vivienda o establecimiento, los que se afanan en ornamentar sus zócalos. Para ello usan motivos muy diversos: por un lado encontramos simples motivos geométricos o diferentes patrones de color, por otro lado podemos ver personajes en relieve inspirados en la tradición religiosa católica, en los antiguos oficios que desaparecieron con el embalse, o incluso en la fauna o el paisaje antioqueños.

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Es un gusto encontrar -cosa no tan frecuente en Hispanoamérica como debería- varias referencias al Reino de Nueva Granada y la cultura española, germen de la actual Colombia, a pesar de que el nacimiento de Guatapé se produjo en 1811, en el último suspiro de ese periodo. Así, en una esquina de la calle principal encontramos una reproducción de un real de a ocho de Carlos IV, acuñado en 1791. En un lado de la calle vemos el anverso (el retrato del rey) y justo enfrente el reverso (el escudo real). También en una tienda llamada Dulcinea nos topamos con Don Quijote de la Mancha y su amada. Y por último, en la plaza principal, el Hotel Real escogió como emblema dos elementos de nuestro blasón, el león y las columnas de Hércules.

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Ya hemos visto que los zócalos de Guatapé nos muestran todo tipo de personajes y actividades, siempre relacionadas con el pasado y el presente del pueblo. Es necesario fijarse bien, porque hay escenas muy simpáticas, como es el caso de los zócalos de algunos locales de ocio de la plaza principal. En ellos los zócalos cumplen al mismo tiempo una función publicitaria e indicativa de lo que encontraremos en su interior.

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¿EL PEÑÓN DE GUATAPÉ O LA PIEDRA DEL PEÑOL?

Tras haber dado buena cuenta de un rico plato paisa en alguno de los restaurantes del malecón, tomamos una motochiva para dirigirnos al famoso Peñón de Guatapé. La distancia que nos separa de esta gran roca es de poco más de tres quilómetros, que salvaremos en unos cinco minutos, sin contar la parada que el conductor del motocarro hará en un un punto panorámico para que tomemos esta bonita imagen en la distancia. En nuestro camino habremos de pasar de una península a otra, ambas de recortadísimo perfil, al modo de unos fiordos noruegos o chilenos en miniatura. Circulando por el entorno del embalse no dejamos de ver agua por todas partes. Uno no sabe dónde empieza una costa y acaba la otra, ni si está en una península o en una isla. Es un paisaje realmente pintoresco visto a ras de tierra, pero que se tornará espectacular cuando lo veamos más tarde desde las alturas.

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Ocupémonos ahora del lío de nombres que puede resultar confuso para los forasteros, y que los mapas y folletos turísticos no ayudan a aclarar. El pueblo más cercano a la roca es Guatapé, de ahí el nombre de peñón de Guatapé. Hoy en día, gracias al turismo, esta localidad es la más conocida de la región. Sin embargo el municipio más grande y de mayor relevancia histórica es El Peñol, fundado en 1714, aunque su núcleo antiguo fue anegado por las aguas del embalse en los años 70 y se construyó uno nuevo -hemos pasado por él viniendo desde Medellín-, el cual carece de interés. En honor a esta localidad, al peñón también se le llama piedra del Peñol. La similitud fonética entre las palabras Peñol y peñón, y la rivalidad entre ambos pueblos que se disputan el pedrusco no hacen sino acrecentar la confusión. Y para rematar el asunto, el pequeño mar interior que domina el paisaje se llama embalse Peñol-Guatapé. Un auténtico galimatías.

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La carretera serpenteante entre las aguas nos deja al pie del peñón, en una explanada que sirve de estacionamiento para los pequeños vehículos que traen a los turistas, y donde no falta la inevitable zona de tiendas y establecimientos de comida rápida. Echando un vistazo a éstos últimos, uno comprende inmediatamente que, por precio y por calidad, ha sido una buena idea zamparse un plato de carne con patatas en el malecón del pueblo. Desde esa misma explanada arranca la singular escalera que nos llevará a la cima de la roca.

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El peñón es un monolito de 220 metros de altura compuesto de granito, cuarzo, feldespato y mica, materiales muy comunes en la región. Por su aspecto, a los españoles les puede recordar a los célebres Mallos de Riglos, en Aragón. El de Guatapé no es tan alto como aquéllos -alcanzan los 275 metros- pero al estar aislado en una zona llana resulta igualmente imponente. Otros peñones famosos son el de Gibraltar, también en España, y el Pan de Azúcar, en Río de Janeiro. El de Guatapé se encuentra en una finca privada, propiedad de la familia Villegas, que es quien lo explota comercialmente. Un miembro de esta familia, Luis Eduardo Villegas, fue el primer escalador conocido que alcanzó su cima en 1954. Una estatua en su honor nos recibe en la base del monumento. Para realizar su hazaña, Villegas aprovechó la gran grieta donde hoy se encuentra incrustada la escalera que dentro de un momento vamos a conocer de cerca y describir en detalle.

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LA ESCALERA AL CIELO (O CASI)

La escalera merece por sí misma un capítulo aparte. Nunca has visto una igual, una más extraña, enrevesada y cutre, aunque es cierto que cumple su cometido. Basta mirarla con un poco de atención para percatarse de que la escalera se fue construyendo de manera improvisada, adaptándola al hueco de la grieta. Toda la escalera está hecha en vulgar cemento con una barandilla de ladrillos, sin el menor disimulo.

Pero lo más extraño es que no se trata de una escalera, sino de dos, una de subida y otra de bajada. Más que entrelazadas, se puede decir que ambas están enmarañadas. Para que no se confunda la gente, se han pintado varios rótulos amarillos que indican ambos sentidos. La escalera es una experiencia emocionante: por un lado, según se gana en altura, el paisaje se va haciendo cada vez más impresionante; por otro lado, ya sea subiendo o bajando, uno no puede dejar de maravillarse de que este despropósito de escalera no se haya derrumbado todavía. Todo un prodigio.

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Aunque varias páginas en la red afirman que la ascensión consta de más de 700 escalones, en realidad son 675, cifra pintada de color amarillo en el último de ellos, bien visible al llegar a la cima. Coronar el peñón no es moco de pavo: equivale a alcanzar el mirador del segundo piso de la torre Eiffel de París, situado a 125 metros de altura. Nos puede llevar entre 45 minutos y una hora, dependiendo de las paradas que hagamos para sacar fotos o tomar resuello. Existe el proyecto de construir un teleférico, lo cual supondrá una evidente mejora en comodidad y accesibilidad para todo tipo de personas, así como para la estética del lugar, pero también es cierto que se perderá el romanticismo de subir a pie y, por qué no decirlo, la experiencia de conocer una de las escaleras más extrañas del mundo.

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UN PEQUEÑO MAR INTERIOR

Una vez en la cima podemos tomar un refrigerio, ya que cuenta con un bar con terraza. También se empezó a construir un pequeño restaurante en forma de torre, pero nunca llegó a entrar en funcionamiento porque no le fue concedida la licencia pertinente, y hoy alberga una pequeña tienda. Esa construcción, a todas luces inacabada, es muy fea de cerca y también de lejos, ya que su silueta se distingue sobre el peñón desde gran distancia. Esperemos que algún día este pequeño engendro sea demolido.

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Sea como fuere, el esfuerzo ha valido la pena, pues las vistas panorámicas son ciertamente impresionantes, casi embriagadoras. Lo serían desde cualquier posición tan elevada como ésta sobre una llanura, pero lo que hace especial a este mirador es el embalse Peñol-Guatapé, que se extiende a nuestros pies. Efectivamente, se trata de un embalse, un lago artificial creado por una presa en el río Nare (afluente del Magdalena) en 1972 y que baña los dos municipios que le dan nombre. En esta región altiplánica (estamos a más de 2 100 metros de altitud) el paisaje estaba formado por suaves colinas; cuando se construyó la presa el agua fue anegando las zonas más bajas hasta un cierto nivel, de manera que se crearon cientos de pequeños islotes y recortadísimas penínsulas.

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Desde lo alto del peñón tenemos una perspectiva aérea, cuasi-cenital, de gran belleza paisajística. Podemos apreciar con claridad los pueblos, las casitas aisladas de los lugareños, las carreteras y los puentes que permiten desplazarse por este paisaje lacustre parecido a un rompecabezas. Hacia el este se distingue Guatapé, el pintoresco pueblo que hemos visitado por la mañana. Esta población fue rodeada por el agua cuando surgió el embalse, de manera que se encuentra en una estrecha península y por ese motivo cuenta con un embarcadero. La construcción de la presa marcó un cambio de era para los habitantes de la región, que ahora es un polo de atracción de visitantes gracias a su cercanía a Medellín.

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Además del pueblo y el peñón, el propio embalse es una fuente de ingresos: es posible alquilar veleros, lanchas o bicicletas acuáticas. De igual modo se organizan recorridos en catamarán con discoteca, excursiones a las diferentes islas y pernoctaciones en cabañas con encanto. Guatapé y su peñón han llamado la atención de la prensa extranjera y ambos han alcanzado reconocimiento más allá de las fronteras de Colombia.

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Hasta hace unos años la zona oriental de Antioquia estaba dominada por el grupo terrorista FARC, lo cual hacía muy peligroso viajar por ella. Sin embargo, desde 2016, cuando comenzó el desarme de los terroristas, la situación ha cambiado notablemente. La indudable mejora en las condiciones de seguridad así como el esmero de los guatapenses en el embellecimiento de su localidad y en el aprovechamiento de las posibilidades turísticas del embalse, han traído una etapa dorada a este pueblecito antioqueño. Sin duda, visitarlo es una de las experiencias más inolvidables que ofrece Colombia.

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2 comentarios sobre “Guatapé, el pueblo colombiano de los zócalos, y su gran peñón

  1. Que maravilla, cuanto color, cuanta luz, cuanta alegría produce ver estas fotos de este maravilloso lugar. Gracias he pasado un rato muy agradable. Saludos.

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