Las "cascadas petrificadas" de Pamukkale (Turquía)

REPÚBLICA DE TURQUÍA

A nadie que haya visitado Pamukkale (pronúnciese acentuado en la última sílaba) puede sorprenderle el significado en turco de este topónimo: castillo de algodón. Efectivamente, se diría que en este lugar miles de toneladas de algodón se han petrificado creando un efecto de extraordinaria belleza. Sin embargo, aunque el poder de la Naturaleza es enorme y sorprendente, no llega a tanto… En realidad en Pamukkale, lugar de alta actividad sísmica, existe una fractura tectónica de la que surgen gran cantidad de manantiales termales. En esa agua que mana a 35 ºC abundan las sales de calcio, las cuales se van depositando en las laderas de la colina adoptando la forma de cascadas petrificadas. Sólo hay otro lugar en el mundo donde se produce un fenómeno similar: Hierve el Agua, en Méjico.

LA DICHOSA PREGUNTITA: ¿VALE LA PENA IR A PAMUKKALE?

Si buscas información en la red sobre Pamukkale, te llamará la atención que bastantes artículos plantean -como si fuera la pregunta del millónsi vale la pena ir hasta allá. Yo nunca me había planteado tal cosa, pues no tuve ese problema, y conociendo el lugar la pregunta me parecía absurda… Claro, hasta que entendí que el problema es su situación geográfica y su lejanía respecto a otros atractivos turísticos turcos. No hay que olvidar que el país de los otomanos tiene aproximadamente la misma extensión que Chile, o lo que es lo mismo, España e Italia juntas. La pregunta, entonces, tiene sentido si vas a Turquía y te centras en visitar Estambul o la Capadocia, los dos mayores polos de atracción del país. Y ambos están lejos de Pamukkale. Por lo tanto, ir hasta allá de propio es para pensárselo dos veces.

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Sin embargo, si te propones hacer una ruta por Turquía y conocerla un poco más en profundidad, se puede perfectamente incluir Pamukkale en ella. Ése fue mi caso, ya que la visité en una ruta que partía de Estambul y tras cruzar el mar de Mármara se adentraba en Anatolia. Bajamos hasta las cercanías de Esmirna, visitamos los recintos arqueológicos de Troya y Éfeso, de ahí fuimos a Pamukkale y más tarde, pasando por Konya llegamos a Capadocia. El viaje terminó en Angora, la capital turca. Como se ve, es una ruta muy completa y variada que puedes hacer en un viaje organizado de agencia o bien tú mismo en coche alquilado o usando transportes públicos. Las carreteras en Turquía son en general buenas y los paisajes de Anatolia son de gran belleza.

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Pamukkale se encuentra a sólo 20 quilómetros de la ciudad de Denizli (pronúnciese también acentuada en la última sílaba; todas las palabras en turco son agudas). Desde Esmirna -la gran ciudad de la costa del Egeo- son unas tres horas en autobús. Desde allí también se puede ir en coche de alquiler y hacer el recorrido de ida y vuelta en una sola jornada, aunque para disfrutar la experiencia al máximo lo mejor es hacer noche en el pueblo de Pamukkale, donde hay alojamientos a buen precio. De esta manera se puede disfrutar de la luz del atardecer sobre las terrazas calcáreas, todo un espectáculo natural.

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NO OLVIDES LLEVAR UN BUEN SEGURO DE VIAJE

UN POCO DE HISTORIA

Como ya se ha dicho, las cascadas petrificadas se desparraman por las laderas de una meseta y tienen 2.700 metros de longitud por 160 de altura. En la parte alta de dicha meseta, favorecida por las aguas termales, surgió la ciudad de Hierápolis (en griego ciudad sagrada) cuyas ruinas helenísticas y romanas son visitables y se encuentran a unos cientos de metros del fenómeno natural que nos ocupa. Tras sufrir varios terremotos a lo largo de su Historia, fue destruida definitivamente por uno acaecido en 1354. El recinto arqueológico de Hierápolis constituye, con las formaciones calcáreas de Pamukkale, un conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad en 1988. También a los pies de la ladera ha surgido toda una pequeña ciudad como respuesta a la atracción turística, que es donde podemos encontrar alojamiento.

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Pamukkale adquirió gran renombre en la segunda mitad del siglo XX y justo al lado se construyeron varios centros hoteleros termales que aprovechan estos manantiales naturales, los cuales ya eran conocidos en la Antigüedad. Los antiguos griegos atribuían a sus aguas propiedades terapéuticas concedidas por Asclepio, dios de la medicina, y su hija Higía, diosa de la salud. El caso es que la gestión del lugar se llevó a cabo con una visión exclusivamente mercantilista, sin prestar atención a la conservación de esta maravilla natural: se construyó una carretera asfaltada que permitía la circulación de vehículos en el interior del recinto y muchas de las pozas se secaron porque varios manantiales son captados para llenar las piscinas de los cercanos hoteles. Por exigencia de la Unesco, las autoridades turcas han acometido un plan de recuperación del entorno natural que incluye la eliminación de la citada carretera, sobre la cual se crearon unas nuevas pozas artificiales. Sin embargo, no todas las pozas están llenas de agua: algunas permanecen vacías y cerradas al público para facilitar su recuperación de forma natural.

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UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE

Al entrar en el recinto, y tras pasar por la inevitable zona de tiendas, se vislumbran a unos cientos de metros las ruinas de Hierápolis, cuya visita por libre está incluida en el precio de la entrada. Los restos arqueológicos son de gran interés e incluyen un anfiteatro muy bien conservado. Seguimos por una pasarela de madera y llegamos a la parte superior del cerro, donde se encuentran los hoteles termales y las piscinas de uso público. Desde allí se obtiene una vista impresionante de la ladera en forma de media luna, a sus pies la ciudad y al fondo el valle. El paisaje es espectacular, pero es la ladera en sí la que constituye una visión inolvidable.

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Estas acumulaciones calcáreas forman bancales o terrazas que al cubrirse con una pequeña capa de agua constituyen estanques o pozas naturales de agradable agua caliente. Dichas pozas están comunicadas entre sí y el agua, al ir derramándose de unas a otras, forma pequeñas estalactitas en los bordes. Los visitantes pueden acceder a las pozas con los pies obligatoriamente descalzos y los pantalones arremangados. Por lo tanto es necesario prever una pequeña mochila o bolsa en la que guardar nuestro calzado y una toalla para secarnos los pies.

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El agua de las pozas, de los canales que las comunican y también la que se desliza por toda su superficie, está caliente y produce una sensación muy agradable en los pies desnudos de los visitantes. A primera vista puede parecer muy resbaladizo pero en realidad no lo es, pues las formaciones calcáreas, al contacto con el agua, se disuelven ligeramente formando una película que facilita la adherencia. Al tacto de los pies, es como si caminásemos sobre una fina capa de lodo. Aun así, todo el mundo tiende a caminar despacio, quién sabe si por precaución o por puro disfrute.

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La ladera principal está orientada hacia el sur, razón por la cual siempre recibe el sol directamente. Los rayos del sol reflejados sobre las blanquísima superficie son realmente deslumbrantes, especialmente en las horas centrales del día, por lo que el uso de gafas de sol se hace imprescindible. El agua de las pozas, de un intenso azul claro, combinado con el blanco, ofrece incontables posibilidades para el fotógrafo ávido de sacar el máximo partido a su cámara. Pero incluso un simple aficionado con un teléfono móvil, a poco que sea observador, obtendrá imágenes impactantes. No obstante, hay que tener cuidado con la ilusión óptica, ya que la ladera y las pozas suelen tener una inclinación engañosa, como se puede apreciar en las imágenes. Por ello, será una buena idea tomar la línea del horizonte o los árboles como referencias horizontal y vertical respectivamente.

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Para visitar Pamukkale media jornada será suficiente, y siempre que se pueda escoger, deberemos ir por la tarde. Al atardecer la luz del sol reflejada en el agua produce efectos de gran belleza e, insisto una vez más, no debes perderte este momento bajo ninguna circunstancia. Con más razón si eres fotógrafo.

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Y ahora llega el momento de responder a la dichosa preguntita, ésa que aparece en todos los artículos que se escriben sobre Pamukkale: ¿vale la pena desplazarse hasta este lugar? Pues bien, a diferencia de los demás, no voy a responder a esa pregunta: si has llegado hasta aquí y has visto todas las fotografías de este artículo ¿aún no lo has decidido tú mismo? Por cierto, todas ellas fueron tomadas con una modestísima cámara de bolsillo Sony de 10 mp del año 2009. Imagínate lo que puedes hacer hoy en día con una buena cámara…

TEXTO Y FOTOS © LAGARTO ROJO
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