Los barrios más castizos de Buenos Aires (I): San Telmo

REPÚBLICA ARGENTINA

Buenos Aires es una de las grandes capitales del mundo (y no hablo de tamaño, que también), por su corta pero apasionante Historia y por su legado cultural, algo en América solamente superado por la Ciudad de Méjico. Conocerla mínimamente bien requiere una semana, para recorrer sus diferentes barrios, todos ellos cargados de una fuerte personalidad propia. En nuestra estancia en la ciudad inexcusablemente deberemos dedicar un día a conocer San Telmo y La Boca, dos viejos barrios donde se dan la mano el ayer y el hoy, el clasicismo y la vanguardia, lo genuinamente porteño y lo universal. En definitiva, probablemente los dos barrios más castizos de la capital argentina. Y puesto que ambos son colindantes, nada mejor que recorrer a pie sus empedradas calles, con calma y con sones de tango. Vamos a ello.

UN BARRIO BURGUÉS VENIDO A MENOS

San Telmo es uno de los barrios históricos de Buenos Aires. Constituye la ampliación hacia el sur del núcleo fundacional español y por eso es parte de lo que se llama popularmente Barrio Sur, aunque esta denominación abarca más barrios. Hasta finales del siglo XIX San Telmo era una zona residencial de la alta sociedad porteña, pero la fiebre amarilla que por esos años asoló el vecindario hizo que se mudaran hacia el llamado Barrio Norte (los actuales Retiro y Recoleta), convirtiéndose en un barrio más popular. Precisamente ahí reside el encanto de San Telmo: en su arquitectura todavía se refleja su pasado esplendor, el de un barrio de clase acomodada, pero al mismo tiempo en sus calles se respira la cercanía de un barrio popular de gente corriente.

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San Telmo es ante todo Historia. Lo es porque sus orígenes se remontan a la ciudad española -de hecho es aquí donde se produjo la primera fundación de Buenos Aires- aunque la arquitectura refleja otro periodo histórico, la época dorada de la ciudad, a caballo entre los siglos XIX y XX. Y también es la suma de las pequeñas historias de sus habitantes, que generación tras generación han pisado sus calles y han frecuentado sus cafés, algunos de los cuales son más que centenarios. San Telmo es un lugar ideal para pasear una mañana de domingo, especialmente si es veraniego, pues entre sus calles de escaso tráfico encontraremos gran número de pequeñas sorpresas, puntos sobre los que fijar nuestros ojos y apuntar nuestra cámara.

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Podemos empezar el recorrido por el límite norte del barrio, en el simpático y muy realista monumento dedicado a la porteña más famosa, Mafalda. Un monumento que comparte con Manolito y Susanita, otros dos personajes surgidos de la portentosa imaginación del historietista hispanoargentino Quino, de nombre real Joaquín Lavado. Mafalda es la mayor difusora de la argentinidad, ya que su conocimiento trasciende las fronteras del país e incluso de la Hispanidad, y llega a tener alcance mundial. Y ello a pesar de que sus tiras sólo se publicaron durante nueve años, de 1964 a 1973.

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Y es que Mafalda nos da una pista de lo que es San Telmo, un baño de argentinidad. Así, lo veremos en su arquitectura, que refleja la Historia del país. Por un lado, el período español está presente en su trazado urbano, en forma de retícula, ésa que hoy a los españoles nos resulta tan extraña y tan confusa. Pues sí, los antepasados españoles de los argentinos de hoy no hicieron otra cosa que replicar el modelo de ciudad que los romanos crearon cuando fundaron nuestras urbes. Ese trazado cuadriculado en las ciudades de este lado del océano se perdió con el paso de los siglos, pero las ciudades hispanoamericanas, mucho más jóvenes, lo conservan.

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Sin embargo, de la ciudad española en San Telmo no queda nada en pie. Los edificios que vemos hoy se remontan a los últimos dos siglos. Por un lado, se identifica la arquitectura que era del agrado de la burguesía del siglo XIX, y su modelo no era otro que París: edificios elegantes de piedra con balcones de forja y a pie de calle comercios decorados en estilo modernista (o como dirían los afrancesados, art-déco). Sin embargo, como en toda la capital argentina, también en San Telmo el siglo XX hizo sus estragos y arrasó con muchos de esos edificios para levantar en su lugar vulgares construcciones de hormigón sin respetar no sólo la Historia o la armonía estética, sino ni siquiera las proporciones de los edificios más antiguos.

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Con todo, quedan muchos inmuebles de gran valor histórico y artístico, y algunas calles están prácticamente intactas. Es cierto que bastantes de ellos están en mal estado -no es infrecuente ver sus fachadas cubiertas de hierbas silvestres por el abandono- pero otros muchos han sido recuperados con esmero. Un caso especial son los conventillos, un tipo de vivienda comunitaria característica de los primeros años del siglo XX. Como se ha dicho antes, la gente adinerada había abandonado el barrio y sus grandes mansiones fueron reconvertidas: alrededor de sus grandes patios (algunas tenían hasta tres) las habitaciones se convirtieron en pequeñas viviendas de alquiler. Entre ellos cabe destacar el enorme Pasaje de la Defensa, que cuenta con tres patios intercomunicados, donde llegaron a vivir 32 familias de inmigrantes. En la actualidad es una galería comercial de artesanías y antigüedades.

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EL MERCADO DE SAN TELMO Y LA PLAZA DORREGO

El mercado de San Telmo, construido en 1897, es otro vestigio del Buenos Aires clásico. Dotado de una magnífica cubierta de hierro, muy característica de los mercados de esa época -en España tenemos muchos ejemplos- es una visita obligada en nuestro paseo. De nuevo aquí la tradición se renueva, pues una parte del mercado aún conserva los puestos de verdura o de carnes, mientras que la otra parte la ocupan los anticuarios, los restaurantes y los bares.

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Pero el corazón de San Telmo es la pequeña plaza Dorrego, que apenas ocupa una esquina de una cuadra (lo que en España llamamos una manzana), no obstante lo cual está llena de vida y actividad. En ella encontramos algo que no puede faltar en un paseo por Buenos Aires: el tango callejero. También es posible verlo en otros lugares de la ciudad, como por ejemplo La Boca o Puerto Madero, pero en esta plaza está lleno de sentido y significado, pues estamos rodeados de edificios de la época dorada del tango. Y mientras unos bailan, los paseantes sacan fotos y los habitantes del barrio toman un café o un mate relajadamente en las terrazas aprovechando la sombra de los árboles en esta calurosa mañana veraniega. El cuadro lo completan los artesanos que venden tablillas con diferentes motivos pintados siguiendo la tradicional técnica del fileteado. Esta artesanía, cien por cien porteña, ha sido declarada patrimonio inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

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LOS CAFÉS Y RESTAURANTES DE SAN TELMO

Si algo caracteriza a San Telmo, son sus cafés y restaurantes, algunos antiguos y otros nuevos, pero siempre elegantes y respetuosos con la Historia. Un legado que los porteños actuales recibieron de sus bisabuelos y tatarabuelos, aquellos que con la inmigración de finales del siglo XIX forjaron la Argentina que hoy conocemos. Vamos a ver apenas tres ejemplos, pero el barrio está repleto de ellos y un listado exhaustivo daría para un artículo completo. Comencemos por el bar Plaza Dorrego, un clásico porteño situado en la plaza homónima. Es un viejo cafetín de mesas de madera, con el suelo embaldosado al modo antiguo y una barra llena de inscripciones que cuentan, cada una, un momento de su historia. Conserva una máquina de café antigua que es una reliquia, como en general lo es todo el mobiliario. Un lugar que registró el único encuentro entre dos grandes de las letras hispanas, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato.

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Mención especial merece la pulpería Quilapán. Este abigarrado local es a la vez taberna, restaurante y almacén (que es como llaman los argentinos a una tienda de ultramarinos, en otros países americanos también llamadas abarrotes o colmados). Sus varias salas nos permiten viajar a otra época: mostradores, cajas registradoras, taburetes, barriles y otros innumerables enseres llenan de gracia y sabor porteño este local que enamora nada más atravesar su puerta de entrada. Un local tan enraizado en la vida del barrio no podía por menos que ofrecer algunas promociones a sus clientes. Algunas de ellas son muy curiosas: por ejemplo un 20% de descuento si llueve, o un vaso de ginebra gratis para los bigotudos o un postre gratis y una canción si es tu cumpleaños. En serio. La comida, exquisita: estando en Argentina, cómo no, di buena cuenta de un filete de vacuno.

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Ya en el límite sur del barrio, junto al parque Lezama, llegamos al bar Nápoles. En una calle, como muchas de San Telmo, de aire parisino, nos encontramos sin embargo un local inclasificable pero imprescindible en nuestra ruta. Como el anterior, presenta una acumulación de objetos, pero es muy diferente: en este caso lo importante no es el espacio sino los objetos en sí mismos. Se trata de un establecimiento creado por Gabriel del Campo, un ávido coleccionista de todo tipo de objetos, lo que en la práctica le ha convertido en un anticuario. Siente especial inclinación por los objetos grandes -algunos muy grandes- por lo que necesitaba un local de grandes dimensiones para exponerlos. De hecho, entre innumerables objetos y muebles, posee varios coches antiguos, incluidos dos fórmula 1 de los años 50. Está permitido entrar a pasear y observar, y todo lo expuesto se puede tocar y comprar.

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EL PARQUE LEZAMA Y LOS ORÍGENES DE BUENOS AIRES

El parque Lezama marca el límite sur de San Telmo, tras el cual comienza La Boca. El lugar en sí no puede ser más importante para la Historia de la ciudad, ya que se encuentra donde probablemente se produjo el primer intento de asentamiento español en estas tierras (es oportuno señalar que entonces la margen del río estaba en el paseo de Colón, en el límite del parque). El adelantado del Río de la Plata don Pedro de Mendoza fundó en 1536 un fuerte llamado Nuestra Señora del Buen Ayre, que un año después tuvo que ser abandonado por la hostilidad de los indios querandíes. Don Pedro de Mendoza murió en la travesía de regreso a España y habría que esperar hasta 1580 para que el adelantado don Juan de Garay refundase definitivamente la ciudad un poco más al norte, donde hoy se encuentra la Casa Rosada. Con ocasión del IV Centenario de este hecho, en 1937, fue inaugurado el monumento que todavía hoy, sorprendentemente, embellece el parque. Hasta que la moda antiespañola -y por ende antiargentina- impulse a algún (o alguna) presidente imbécil a retirarlo, claro.

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Tras la segunda fundación el área del actual parque quedó fuera de la ciudad y así fue hasta bien entrado en siglo XVIII, cuando se convirtió en los jardines de una finca, que en el siglo XIX fue vendida al terrateniente José Lezama, el cual se hizo construir una pomposa mansión. A su muerte su viuda vendió la mansión con sus jardines a la Municipalidad (es decir, el Ayuntamiento) de Buenos Aires, que convirtió la mansión en el Museo Histórico Nacional y los jardines en el parque que hoy conocemos y que lleva el nombre de su último propietario (condición impuesta por su viuda). El parque Lezama fue diseñado con buen gusto al estilo francés y ofrece encantadores lugares óptimos para el descanso. Y en una calle colindante al parque aún encontraremos una sorpresa más: la pequeña catedral ortodoxa rusa de la Trinidad, edificada en 1901.

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Es verano y hace calor. Aprovechemos la fresca sombra del parque Lezama para retomar fuerzas, porque a continuación iremos a conocer otro barrio imprescindible de la capital argentina, La Boca. Un lugar donde la cámara va a retratar los más conocidos tópicos de este fascinante país. Un país, Argentina, tan lejano y al mismo tiempo tan cercano. Tan nuestro. Pero eso lo veremos en el siguiente artículo.

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