Puno y el lago Titicaca (II): Visita a las islas flotantes de los uros

REPÚBLICA DEL PERÚ

En el artículo anterior conocimos la ciudad de Puno, situada en la costa del lago navegable más alto del mundo, compartido por Perú y Bolivia. El gran tamaño del lago Titicaca -8562 quilómetros cuadrados, aproximadamente como la provincia de Madrid o un poco menos que Puerto Rico- lo hace parecer un pequeño mar interior. La bahía de Puno es la mayor en el lado peruano del lago y precisamente en este artículo vamos a adentrarnos en ella para conocer a una comunidad ancestral que habita desde hace siglos en sus aguas: los indios uros. Pero antes, sin salir de la ciudad, vamos a buscar un punto panorámico desde el cual podremos tener una vista general de ella, de la bahía y del lago.

EL MIRADOR DEL CÓNDOR Y EL LAGO TITICACA

Puno es una ciudad de unos 130 000 habitantes situada a 3810 metros sobre el nivel del mar. Evidentemente, esto supone unas condiciones climáticas muy específicas que pueden afectar al organismo de las personas no habituadas. Cada caso, obviamente, es distinto: por ejemplo, yo no siento malestar hasta que sobrepaso los 4000 metros (lo comprobé justamente el día anterior). Sí que es fácil sentir mayor fatiga cuando se hace un esfuerzo, tal como correr o levantar peso. De todos modos, por si acaso, es conveniente tener unos calmantes en la maleta (las infusiones de coca deben de ser útiles sólo para los indios andinos, a mí sólo me produjeron problemas estomacales).

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La ciudad se asienta sobre una especie de hoya junto a al lago Titicaca, de manera que está rodeada por la parte de tierra por unos pequeños cerros que ofrecen buenas vistas sobre el conjunto. Existen dos miradores, el del Puma y el del Cóndor, de los cuales el segundo es el mejor situado y desde él obtendremos las mejores vistas. Para llegar hasta allá hay dos posibilidades: la primera es usar unas larguísimas escaleras -que a esa altitud, por el motivo antes señalado, no es la mejor idea- y la segunda es contratar un taxi. Los precios de este servicio en Perú son muy baratos y vale la pena el desembolso. Eso sí, para mayor seguridad es mejor llamar a uno de confianza desde el hotel y negociar un precio de subida y de bajada, advirtiéndole de que nos espere un rato arriba antes de emprender el descenso.

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La ciudad en su crecimiento ya ha alcanzado la altura del mirador del Cóndor. Se trata de un típico barrio periférico, de planificación desordenada, lleno de casas a medio construir (aunque no por eso dejan de estar habitadas). Es lo habitual cuando te alejas del centro en una ciudad peruana. En cuanto al mirador en sí, es una plataforma adornada con un gran cóndor metálico. El monumento como tal no es de gran calidad, pero la verdad es que la estampa del cóndor desplegando sus alas sobre la ciudad es una imagen muy sugerente. El otro mirador, claro, tiene una estatua de un puma, pero se encuentra muy alejado y no ofrece mejores vistas que el del Cóndor, así que una visita a éste último es más que suficiente.

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Las vistas, sobre todo en un día soleado, son magníficas. Se domina toda la ciudad y se pueden identificar los lugares más destacados, tales como la catedral en la plaza de Armas, el Mercado Central, el puerto o el estadio de fútbol, ya en el extremo opuesto. La altura del mirador nos permite tener una vista también del lago Titicaca, o para ser más exactos una pequeña parte de él. También se reconoce perfectamente el juncal de totora y en su interior el poblado de los uros.

NAVEGANDO ENTRE TOTORA

Al ser Puno la principal localidad del lago en su lado peruano, es obvio que ha de contar con un puerto. Desde el centro es fácil llegar a pie, pero de nuevo, por lo que cuesta un taxi, nos lo podemos permitir. Abundan las pequeñas embarcaciones, que se usan fundamentalmente con fines turísticos, ya que las islas de los uros se han convertido en el reclamo más importante de la región. El principal atractivo del puerto es el mercadillo donde, entre tiendas de artesanías y recuerdos, están las agencias que organizan las excursiones al lago. Hay varias opciones y los precios son adecuados: la excursión de unas tres horas a las islas de los uros, o bien una más larga de día completo en la que se visita una isla o incluso un minicrucero en catamarán que llega hasta Bolivia. Para conocer a los uros es suficiente la primera, aunque no saldremos de la bahía de Puno.

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La travesía dura unos treinta minutos. Al cruzar la bahía podemos ver los barrios periféricos del norte de Puno que se extienden a lo largo de la costa -otra vez se aprecia su crecimiento descontrolado- y detrás los cerros que la rodean. Enseguida aparecen grandes extensiones de totora, una planta acuática juncosa propia de América del Sur y que ya vimos en el artículo dedicado a la ciudad de Valdivia (Chile). La totora es un elemento central en la vida del pueblo uro, ya que no sólo la usan para construir sus islas flotantes y sus barcas, sino que tratada de diferentes formas sirve para protegerse del calor, también como remedio para el mal de altura o la resaca tras una borrachera, e incluso para hacer una infusión parecida al té.

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En la parte norte de la bahía la profundidad es escasa, lo que posibilita la existencia de una gran área cubierta por la totora, ya que el tallo de esta planta no alcanza más de tres metros. Las islas de los uros están literalmente en el interior del juncal, y se ha abierto un canal para navegar hasta ellas. En el camino nos cruzamos con bastantes embarcaciones como la nuestra que regresan de otras tantas excursiones, lo que da una idea de la importancia que ha alcanzado esta actividad turística. Más tarde veremos hasta qué punto esta percepción es cierta. De todos modos, también vemos alguna barca de pesca, de donde se deduce que el modo de vida tradicional de los uros también se mantiene en parte. Sea como fuere, al cabo de unos minutos de agradable navegación llegamos a la entrada del poblado, donde el vigilante nos recibe, cómo no, sobre una pequeña isla hecha con totora.

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LOS UROS, UN PUEBLO ANCESTRAL

Los uros son un pueblo muy antiguo, aunque su origen es desconocido. Algunos dicen que pudieron llegar de la Amazonia, otros incluso que provendrían de la Polinesia. Sea como fuere, no están emparentados con ninguna otra etnia y se estima que se remontan como mínimo al 1200 a.e.c. Los incas -unos advenedizos cuyo imperio apenas duró 70 años en el siglo XV- exterminaron rápidamente todas las culturas que encontraron a su paso en su sanguinaria conquista. Qué casualidad, justo lo mismo de lo que la Historia oficial acusa injustamente a otros… El caso es que esta especie de hunos de los Andes empujaron a los uros a refugiarse sobre las aguas del lago Titicaca, y así surgieron sus islas flotantes.

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Hoy en día hay cuatro grupos principales repartidos entre Bolivia, Perú y Chile. En el pasado tuvieron su propia lengua, llamada puquina, pero se extinguió hace ya un siglo y los uros adoptaron mayoritariamente la lengua aimara. Están escolarizados y también hablan español. Su futuro se presenta incierto, no sólo por la supuesta desnaturalización producida por el turismo, sino porque muchos jóvenes prefieren instalarse en la ciudad, donde viven más cómodamente. Nada sorprendente: este fenómeno es bien conocido en los pueblos de nuestra España interior.

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LA VIDA EN LAS ISLAS FLOTANTES

Vivir flotando sobre las aguas de un lago a casi 4000 metros de altitud no es nada sencillo. La cifra puede impresionar -estamos a la misma altura que la cima del Teide, el techo de España- pero hay que hacer algunas puntualizaciones. En España estamos muy lejos del ecuador, y la zona habitable se reduce mucho, de hecho a partir de los 2000 metros ya no hay arbolado. En términos de habitabilidad, la cima del Teide equivaldría a 5000 metros o más en los Andes. No obstante, eso no impide que se sientan los efectos de la altitud: hay menos oxígeno (lo cual afecta a los pulmones y a los músculos), el frío puede ser extremo y la humedad es obviamente espantosa. Añadamos que los rayos del sol son mucho más intensos, lo cual produce el tono de piel tan oscuro de los uros. Así, siempre los veremos bien abrigados -en cualquier época del año, pues el día de nuestra visita hacía calorcico- y con sombrero.

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En el juncal de la bahía de Puno existen entre 70 y 80 islas donde viven unas 1800 personas. Todas ellas son artificiales: están hechas con juncos de totora y son flotantes, por lo que más acertadamente deberían ser consideradas balsas, no islas. Los hombres uros recolectan grandes cantidades de raíces y juncos, los cuales entrelazan para formar un espeso tejido -hasta tres metros de grosor- que constituirá la base de la isla. Obviamente se van deteriorando por efecto del agua y hay que ir reforzándolas constantemente. Las islas tienen una vida útil superior a los 20 años. Como ya hemos dicho, son flotantes, y al ser de totora son relativamente ligeras, por lo cual han de ser ancladas para evitar que se las lleve el viento.

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Mención especial merecen las embarcaciones tradicionales de los uros llamadas caballitos de totora. Así las llamaron los españoles cuando las vieron por primera vez y así se les sigue llamando en nuestros días. Las embarcaciones más sencillas constan de dos grandes manojos de fibras de totora unidos entre sí, lo que les da un perfil similar al de una canoa. Son usadas no sólo en el Titicaca, sino también por los pescadores del litoral peruano y son de uso individual. Ahora bien, las embarcaciones que vemos en el poblado de los uros son mucho más grandes y complejas. En realidad son una creación reciente para el transporte de turistas. Las suelen pintar de vivos colores y añadir unas intimidantes cabezas zoomorfas.

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Cada isla tiene entre cinco y siete familias y cuenta con un jefe. Al llegar, las mujeres nos saludan sonrientes, desembarcamos y el jefe nos explica cómo construyen las islas flotantes, cómo viven y cómo son sus cabañas. Se vale para ello de unas maquetas de totora y unos muñequitos. Derrocha simpatía y la explicación es amena e interesante. Después nos presenta las artesanías que confeccionan y que, claro, intentarán vendernos. El jefe no miente: nos explica que viven básicamente del turismo, aunque también desarrollan otras actividades tradicionales, como la pesca. También nos explica que ahora cuentan con algunas comodidades modernas, como un modesto televisor y unas placas de energía solar que les donó el Gobierno y que les proporciona luz eléctrica durante unas pocas horas de la noche. Después tenemos unos minutos para pasear por la isla y visitar alguna cabaña.

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Unas cuantas islas son comunales y en lugar de viviendas contienen tiendas de recuerdos y restaurantes. Como hay muchos visitantes, los reparten por turnos entre las familias y entre las islas comerciales, a las que te llevan en uno de sus barcos por un pequeño suplemento. Mientras zarpamos las mujeres nos despiden cantando, algo que sinceramente parece impostado. Hay que decir que no todas las islas son visitables, pues algunas familias prefieren no adaptarse al turismo y seguir viviendo de la pesca u otras actividades. Una última curiosidad: existe una isla a la que los lugareños acuden para hacer sus necesidades fisiológicas. Se ve que tienen el sistema digestivo bien entrenado, porque tienen que aguantarse las ganas hasta llegar remando a la isla-urinario.

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¿UNA EXCURSIÓN INTERESANTE O UNA TURISTADA?

He leído críticas muy duras hacia esta excursión por parte de viajeros que se han sentido decepcionados. Yo soy más benévolo al respecto. ¿Qué esperan ver, una tribu en estado puro? Pues me temo que tendrán que irse a la isla Sentinel del Norte, aunque en ese caso será mejor que se hagan un buen seguro de vida… En realidad lo que vemos aquí no difiere mucho de lo que sucede en los pequeños pueblos de Europa que viven del turismo (Capri, Volendam, Sintra, Miconos u Oberammergau, entre otros muchos). ¿Qué conservan de autenticidad y qué tienen de decorado para los turistas? En todo caso lo importante es que alguien que llega de muy lejos puede conocer un hecho cultural único, aunque sea un tanto descafeinado.

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Las islas de los uros quizá sean más ficción que realidad, pero de ser así las podemos considerar un museo, una muestra del modo de vida tradicional de un pueblo muy antiguo que se resiste a desaparecer. Las comodidades y los beneficios aportados por la sociedad hispana o peruana o moderna (llámesele como se quiera, que eso de occidental es una bobada como un piano) ya han llegado. ¿Acaso los uros son un caso único? Los masáis en África oriental, las mujeres jirafa en Birmania o los lapones en Escandinavia son claros ejemplos de pueblos que siguen viviendo según sus costumbres pero están al alcance de los visitantes.

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Todos estos pueblos se han convertido en atracción de turistas, porque en realidad es algo inevitable, el desarrollo económico y el de los transportes han hecho que hoy esté al alcance de millones de personas el viajar a cualquier rincón del mundo. Por lo tanto los visitantes llegarían de todos modos. Ellos simplemente le sacan partido, y lo hacen honradamente. De esta manera el uro puede tener televisión en su cabaña igual que el adolescente masái puede tener teléfono móvil. Es su salto al siglo XXI: su estilo de vida ya no puede ser puro, ha de adaptarse. A no ser que prefieran recluirse en una isla y rechazar a cualquier visitante a flechazos, como los aborígenes de la isla Sentinel del Norte.

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