Puno y el lago Titicaca (I): Las cholitas y la fiesta de la Candelaria

REPÚBLICA DEL PERÚ

El patrimonio histórico de la ciudad de Puno es más bien escaso, aun a pesar de que la ciudad tiene tres siglos y medio de existencia. Como veremos, la ciudad no es bonita: por lo que respecta a la arquitectura, es una ciudad para olvidar. Sin embargo, para el viajero curioso y para el fotógrafo ávido de imágenes pintorescas, es un lugar de extraordinario interés. Más aún si llegamos allí a principios de febrero, para asistir a la fiesta de la Candelaria, en la que el mestizaje entre lo español y lo indio se hace evidente. Folclore, trajes coloridos, flores… Pero más allá de eso, en cualquier época del año Puno es, ante todo, territorio de las cholitas.

FOLCLORE ANDINO EN LA PLAZA DE ARMAS

La ciudad de Puno fue fundada en 1688 por el virrey del Perú don Pedro Antonio Fernández de Castro, conde de Lemos. El trazado urbano, idéntico al que podemos encontrar por toda América, se extendió en retícula alrededor de una plaza principal, la cual ha conservado su nombre y su estructura desde la época española: se llama plaza de Armas y está presidida por el edificio más importante de la ciudad, la catedral. La imponente fachada de este templo delata su antigüedad, ya que es una clara muestra de barroco español, si bien se deja sentir la mano de los artistas locales que asimilaron este estilo artístico. La gran portada desarrollada a modo de retablo presenta retratos de santos rodeados de animales y otros motivos típicamente precolombinos. El mestizaje en piedra. Su interior, sin embargo, es mucho más austero y sencillo.

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Sin ser una de las más impresionantes de Perú, la plaza de Armas es con diferencia el lugar más interesante y fotogénico de la ciudad. Cuando se tomaron estas imágenes el centro de la plaza lo ocupaba una estatua sobre un alto pedestal. Se trataba de Francisco Bolognesi, un personaje omnipresente en Perú, pero un absoluto desconocido fuera del país. ¿Y quién fue el tal Bolognesi? pues fue un coronel del Ejército que murió en combate en el transcurso de la guerra contra Chile (1879 – 1883). Cayó junto con sus tropas, las cuales fueron aplastadas por las del enemigo en la defensa de la ciudad de Arica. Como resultado hoy Arica pertenece a Chile. Por cierto, la referida estatua ya no está allí, pues unos meses después el alcalde ordenó llevarla a una plaza en la periferia, lo cual provocó bastante polémica entre los puneños.

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El día en que visité Puno era el de la Candelaria, la fiesta mayor de la ciudad que se celebra en febrero. La casualidad hizo que unos días antes en la oficina de turismo de Arequipa me hablasen de esta fiesta. Me dijeron que había muchos desfiles y pasacalles con trajes muy vistosos y de fantasía, algo parecido al carnaval, me dijeron… Y yo, entusiasmado con la idea de fotografiar algo tan espectacular, organicé mi recorrido para llegar a Puno ese día. Pues bien, la información era errónea, ya que todo aquello iba a tener lugar una semana más tarde, y el día que me habían dicho -el 2 de febrero- era en realidad el de la procesión religiosa. Como si no hubiera visto nunca ninguna en España…

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Aun así el día estuvo cargado de imágenes pintorescas. Por la mañana se desarrolla un espectáculo de danzas folclóricas en la escalinata de la catedral. Varios grupos toman parte en él, y en la plaza, mientras se preparan para subir, posan gustosos para las cámaras. A este acto asiste el ministro de cultura, al que agasajan con un collar de colores y un sombrero, y el hombre incluso se marca un baile con los lugareños como buenamente puede. La plaza de Armas es un bullicio de gente que asiste al espectáculo o simplemente se pasea. Es una oportunidad única de observar cada detalle de la gente, ya que en el día grande de la ciudad todo el mundo está en la calle. Y claro, no podemos evitar reconocer que estamos rodeados por todas partes por las famosas cholitas.

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LA CIUDAD DE LAS CHOLITAS

Apenas se pone un pie en el centro de Puno, llama la atención la vestimenta de sus mujeres, más que la de sus hombres. Son las cholitas. Aclaremos en primer lugar que el término cholo -de origen incierto- se extiende por los países andinos desde Argentina hasta Ecuador e incluso por algunos de Centroamérica y Méjico. Se aplica generalmente a los mestizos de sangre española e india, aunque en algunos países también se refiere a los indios que emigran a las ciudades y se integran en el modo de vida hispánico (algo así como los Paco Martínez Soria de allá). Lo que era peyorativo en un principio ya no lo es, especialmente en algunos países -como Bolivia y Perú-, aunque esto no es una regla fija, ya que dependerá del tono con que lo use el hablante. En todo caso, cuando se habla de las cholitas, el vocablo se refiere a las mujeres que, en este contexto sociocultural, usan una vestimenta muy característica.

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Aunque las cholitas suelen identificarse con Bolivia, son muy abundantes en las regiones limítrofes de Perú, que comparten muchas características con sus vecinos, desde un punto de vista geográfico, histórico y sociocultural. Si las fronteras en Hispanoamérica son en su mayoría absurdas, ésta lo es muy notoriamente. Se remontan a veces a las divisiones administrativas de los reinos españoles y en otras ocasiones a las guerras de poder que entablaron los sátrapas que suelen llamar libertadores. En el caso de la frontera que nos ocupa, es una mezcla de ambas cosas: el Alto Perú -hoy Bolivia- fue adscrito en 1776 al Reino del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires, separándolo del Reino del Perú, con capital en Lima. De todos modos, sólo era una división interna de una misma nación, pues entonces formaban parte de España y ese límite interno era como el que había entre Castilla y Aragón, por ejemplo. Sin embargo, los rebeldes que separaron y fragmentaron la América española hicieron de esta línea una auténtica frontera internacional.

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Las cholitas son una clara prueba de que el gusto estético por aquellos pagos difiere bastante del nuestro. La vestimenta es prácticamente un uniforme en el que apenas cambia la combinación de colores: zapatos planos o sandalias, una falda grande y amplia -con cuatro o cinco enaguas- y arriba varias capas terminando en una chaqueta de lana. Además se cubren con un gran chal o en otros casos una especie de manta -llamada aguayo– que también les sirve para llevar sus cosas y a veces hasta a algún niño. Efectivamente parece un uniforme, ya que todas las cholitas visten igual, aunque es destacable que entre las jóvenes este atuendo apenas se ve. Quizá se esté perdiendo y acabe siendo relegado al carácter de simple traje folclórico, como ocurre con los trajes tradicionales en nuestro país. El tiempo lo dirá.

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Otra razón por la que parece un uniforme es que siempre se visten igual en cualquier circunstancia, sin importar la temperatura: lo mismo iban embutidas en todas esas capas de ropa el día que fueron tomadas estas fotos (realmente hacía una temperatura agradable, lo que nosotros llamaríamos primaveral) que en otras ocasiones en que las vi a 4500 metros, casi a 0 ºC y con viento. E igualmente ocurre con los hombres, que van con cazadora o abrigo -y un mínimo de tres capas debajo- todo el día, aunque la temperatura suba a más de 20 ºC. No sólo en Puno, sino también en Cuzco u otras ciudades del altiplano peruano, la gente parece carecer de sensación térmica.

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Mención aparte merece el sombrero de las cholitas, la mayoría de las veces de tipo bombín u hongo (el mismo que llevaba el gran José Luis Coll). Este cubrecabeza, aunque originario de la Inglaterra victoriana, llegó al altiplano andino a principios del siglo XX. La teoría más difundida -que no la única- afirma que un comerciante llevó una partida para venderla entre los trabajadores europeos que construían el ferrocarril por aquellas tierras, pero no sirvieron por ser de talla demasiado pequeña. Sin embargo consiguió venderlos entre las mujeres, que desde entonces no han dejado de usarlos, ya que son considerados un signo de distinción. Ese comerciante, se dice, pudo ser italiano, y su apellido -Borsalino- hoy designa a esta prenda por allá. Por otro lado, parece ser que su posición indica el grado de disponibilidad de la dama: en la parte alta, mujer casada; ladeado, soltera o viuda.

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NO HAY MUCHO QUE VER EN PUNO

Una vez vista la plaza de Armas, era obligado dar una vuelta de reconocimiento por el centro de la ciudad, y de paso tomar unas cuantas imágenes para retratar su aspecto y su ambiente. De la esquina nororiental de la plaza sale la calle Lima, una vía peatonal muy comercial y muy frecuentada por paseantes. El aspecto de esta calle, como en general todo el centro de la ciudad, es ordenado y aceptablemente limpio, pero un completo despropósito arquitectónico. Efectivamente, Puno no ha conservado prácticamente nada de interés de la época española -excepción hecha de la catedral- y realmente poco de los dos siglos siguientes. Sí es cierto que aquí y allá se pueden ver algunas casonas antiguas, y aun así pocas de ellas en buen estado de conservación. Lo que predomina son los edificios levantados de cualquier manera, sin el menor gusto y frecuentemente dejados a medio construir. Sin olvidar la omnipresente maraña de cables, claro. Un clásico de muchas ciudades hispanoamericanas, desgraciadamente.

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La calle peatonal desemboca en otra plaza, que llaman parque Pino. En este punto hay que recordar que en algunos países de Hispanoamérica las ciudades carecen de parques dignos de tal nombre, o son muy escasos. Por esta razón llaman parques a las plazas ajardinadas, y éste es el caso del parque Pino. El nombre de la plaza, así como el monumento que la preside, están dedicados a Manuel Pino. Este personaje es singular, pues era un diputado puneño que en 1881, a la edad de 54 años, empuñó un arma como un simple soldado raso (sin duda un ejemplo de humildad) en la defensa de Lima durante la guerra anteriormente referida contra Chile, lo que le costó la vida. En fin, un héroe de uso local, como Bolognesi.

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En esta plaza se encuentra la iglesia de San Juan Bautista, conocida popularmente como santuario de la Candelaria, ya que alberga la talla de la virgen homónima, cuyas imágenes veremos por todos lados a lo largo del día. Esta virgen no es sino una de las muchas que existen con ese nombre en América, a donde fueron llevadas desde las islas Canarias, de donde es originaria. Por su parte, el edificio es un engendro de muy baja calidad artística: su construcción se remonta al siglo XVII pero de la obra española apenas queda nada. En la época del Perú independiente el techo se derrumbó -cómo estaría- y el edificio fue rehecho completamente con un pésimo gusto. Parece un intento de neogótico cuya fachada la hubiese diseñado un niño con sus pinturas Plastidecor. Horrorosa. Y el interior, sin gracia. En todo caso, no desentona con los edificios adyacentes.

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No obstante, todo esto no significa que pasear por Puno no sea interesante: todo lo contrario. Aparte de observar los edificios y a los lugareños -y robarles unas cuantas fotos- también podemos adentrarnos en uno de los lugares que mejor retratan a una ciudad, y que no dejo de visitar siempre que puedo: el mercado de la ciudad. Hay que decir que los mercados en Perú son todo un mundo, y el Mercado Central de Puno no es una excepción. Allí se encuentra de todo, y no sólo productos alimentarios. Y si de comer se trata, un mercado puede ser un buen sitio, ya que hay muchos puestos de comida casera elaborada por las mismas señoras que los regentan. La cocina peruana -una de las mejores del mundo- hecha en casa. Para chuparse los dedos y además baratísimo. Otra opción para comer son los restaurantes chifa, un híbrido chino-peruano, también a precios muy asequibles.

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UNA PROCESIÓN ENTRE ALFOMBRAS DE FLORES

Las calles del centro, generalmente anodinas y de escaso interés, este día se llenan de color gracias a decenas de alfombras de flores elaboradas por las asociaciones folclóricas y también por otras instituciones públicas y privadas. El día de nuestro paseo, al ser el primero de las fiestas, aún no estaban terminadas, pero eso nos permitió asistir a la laboriosa tarea de colocar cientos de miles de pétalos. Las alfombras tienen motivos relativos a la institución que se encarga de realizarlas. Con grata sorpresa encontramos una realizada por un hotel, el cual no sólo se llama Colón, sino que representó una de las carabelas colombinas. En estos tiempos difíciles, de tanta ignorancia y estupidez institucionalizadas, causa satisfacción ver un detalle como ése.

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Por la tarde comienza la procesión. No, no hay ninguna sorpresa: es exactamente igual que las que podemos ver por las calles de una ciudad andaluza o castellana, por ejemplo. ¿Acaso esto debería ser una sorpresa? bueno, quizá para alguien adoctrinado en la creencia de que el mundo lo creo Bolívar, sí lo sea. Obviamente, para alguien que no tenga problemas de vista, de raciocinio o de respeto por sí mismo, no puede representar ninguna sorpresa. Las similitudes con las procesiones españolas son evidentes y de todo tipo.

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Veamos: la procesión la abren unos motoristas de la policía que van dando paso a varios grupos folclóricos ataviados con trajes típicos; a continuación participan los ciudadanos vestidos con sus mejores galas (hasta señoras con mantilla) y portando imágenes de la virgen; seguidamente las autoridades y la talla barroca de la virgen bajo dosel y sostenida a hombros de miembros del Ejército. Toda la carroza, por cierto, ricamente engalanada. La calle es estrecha pero ello no impide que el público se sitúe sobre las aceras para contemplar el paso del cortejo. El ambiente es solemne pero agradable, ciertamente no es lúgubre como suelen ser las procesiones en España. De hecho, los más entusiastas arrojan pétalos sobre la imagen a su paso.

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Y eso es todo. Realmente la procesión no ofrece nada nuevo para un español de este lado del Atlántico, pero sí que sirve para reforzar ciertas evidencias históricas. No vamos a ver los desfiles carnavalescos, ya que Puno no es una ciudad como para quedarse una semana. Sin embargo, sí que da para quedarse un segundo día, pues no podemos dejar escapar la oportunidad de vivir otra experiencia única. Y es que esta ciudad se encuentra a orillas del lago navegable más alto del mundo, sobre el cual habita una antiquísima comunidad. Sí, has leído bien, hemos dicho sobre el lago. Hablamos, claro, del lago Titicaca y de los indios uros, pero eso lo veremos en el siguiente artículo.

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