Valdivia (II): Los fuertes españoles de la bahía de Corral

REPÚBLICA DE CHILE

La ciudad de Valdivia, una de las más antiguas del Cono Sur, fue fundada en el siglo XVI en un emplazamiento de gran valor estratégico. Su valor estribaba en ser la avanzadilla en una enorme región en gran medida aún inexplorada y poblada por los hostiles indios araucanos. Esto era bien sabido por los enemigos de España -franceses, holandeses y sobre todo ingleses-, que ambicionaban poner un pie en el inmenso territorio americano. Sus intentos fueron numerosos no sólo en Norteamérica o en el Caribe, sino también en Sudamérica. Una red de fortalezas costeras muy bien diseñadas y estratégicamente distribuidas por el continente fueron la mejor garantía para defender las ciudades españolas de esa amenaza. En el caso de Valdivia, un conjunto de fuertes se construyó a la entrada del curso fluvial que le da acceso. En la actualidad, aunque se encuentran en ruinas, merecen una visita por su enorme valor histórico: sin ellos hoy no existiría Valdivia y probablemente tampoco una gran parte de Hispanoamérica.

En el artículo anterior vimos que desde el paseo fluvial de Valdivia es posible realizar varias excursiones por el río. Una de las opciones es ir en barco hasta su desembocadura en el océano Pacífico para conocer el sistema de fuertes españoles situados en la bahía de Corral. No obstante, también puedes ir por tu cuenta en autobús desde Valdivia hasta el más cercano de ellos -el de Niebla- y alcanzar los otros dos -los de Mancera y Corral- cruzando la bahía en un pequeño barco de transporte que hace la ruta regularmente. Si no dispones del día completo puedes conformarte con los dos primeros, que son suficientemente ilustrativos para hacerse una buena idea de la importancia que tuvieron a lo largo de la Historia.

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El trayecto hasta el pueblo de Niebla, de apenas 20 minutos, se hace cómodamente desde el centro de Valdivia en un pequeño autobús público. Se trata de una pequeña localidad de solamente 2 000 habitantes de casitas dispersas -recuerda a Galicia, igual que el paisaje- y cuyo principal interés es el fuerte de Niebla. El autobús nos deja en la plaza ajardinada que lo antecede, de manera que podemos entrar directamente a visitarlo. En esa misma plaza podemos ver una pequeña iglesia de madera y un restaurante peruano de original decoración, donde se puede degustar un delicioso ceviche. Por desgracia el precio no es peruano, sino chileno.

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LA BAHÍA DE CORRAL Y SU IMPORTANCIA ESTRATÉGICA

El sistema defensivo de Valdivia estaba compuesto por tres castillos principales dispuestos alrededor de la bahía de Corral, además de otras fortificaciones secundarias y baterías defensivas hasta alcanzar un total de diez. Tanto los castillos como las baterías formaban un cerco impenetrable que no dejaba un resquicio por el cual alcanzar el río que conducía a la ciudad. No es de extrañar que una ciudad tan estratégica fuera fundada al interior de un curso fluvial, ya que esta posición ofrecía unas ventajas indudables para su defensa, como se puede ver. Ejemplos de ello abundan en Europa, tales como Burdeos, Oporto, Róterdam o Sevilla. Obviamente, los españoles en América sólo tuvieron que copiar el modelo allí donde fue posible, y así tenemos los casos de Guayaquil, Barranquilla o la propia Valdivia.

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Este conjunto de fortalezas hizo de Valdivia la puerta del Pacífico, ya que era el puerto más avanzado en aquellas lejanas tierras australes, y los buques que se adentraban en el gran océano -después de una larga y peligrosa travesía por el Atlántico y por el estrecho de Magallanes- recalaban forzosamente en ella. No hay que olvidar que durante dos siglos el mayor océano del mundo fue llamado -no sin razón- el Lago Español, pues todas las tierras conocidas bañadas por él estaban en manos españolas, y sólo los barcos españoles lo surcaban para crear la mayor y más prodigiosa ruta comercial de la Historia de la Humanidad, la que unía Asia con Europa desde las Filipinas, también españolas, a través de América y dos enteros océanos. No es por lo tanto sorprendente que la práctica totalidad de los archipiélagos de Oceanía fueran descubiertos y bautizados por marinos españoles.

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Además de ello, Valdivia también era la llave de América por el sur, pues su posesión implicaba el dominio de una vasta área de la Patagonia. Es cierto que en la práctica la mayor parte de ella estaba aún controlada por los indios araucanos, pero Valdivia era el bastión que aseguraba su españolidad. Era la mayor ciudad de la frontera sur -si bien es cierto que había algunas pequeñas poblaciones más sureñas y el límite final se estableció en Chiloé, como veremos en otro artículo- y quien la tomase tendría expedito el camino para arrebatar a España toda la región andina. Por eso, los casi inexpugnables fuertes de Valdivia fueron fundamentales para defender a América por el sur. Como ya se ha dicho, estas costas estaban a merced de los ataques de los piratas ingleses y holandeses, y estos últimos en 1643 incluso intentaron apoderarse de Valdivia y de todo el sur de Chile. No lo consiguieron pero estuvieron cerca, lo que convenció a las autoridades españolas de la necesidad del sistema defensivo de la bahía. Tanto su construcción como su mantenimiento durante dos siglos fueron muy costosos para el Reino del Perú, pero su valor estratégico era aún mayor.

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LA ENTRADA A LA BAHÍA: EL FUERTE DE NIEBLA

El castillo de Niebla -cuyo verdadero nombre es Castillo de la Pura y Limpia Concepción de Monfort de Lemus– es el mejor conservado de los que componían el sistema defensivo de Valdivia. Se vio muy afectado por el devastador terremoto de 1960, pero fue restaurado con financiación española e inaugurado por S.M. el rey don Juan Carlos I en 1992, en el marco de la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Se colocaron unas pasarelas metálicas que permiten apreciar determinadas zonas cerradas al público, pero que afean el conjunto, el cual resulta demasiado invadido de elementos anacrónicos. Ya se sabe, es la tendencia actual en restauraciones… Por otro lado se nutrió al monumento de una serie de paneles explicativos muy adecuados para entender no sólo las diferentes edificaciones que componían el fuerte, sino también el contexto histórico del Imperio Español en América y en el océano Pacífico, la importancia estratégica de este enclave, el esfuerzo por mantenerlo a lo largo de dos siglos y su desgraciada pérdida en 1820.

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La casa del castellano fue reconstruida para albergar un pequeño museo que por medio de mapas, documentos y textos también nos acerca a la historia del sistema defensivo de la bahía. Unos maniquíes ambientan las explicaciones: un soldado español del siglo XVI -bastante fiel a la realidad-, un pirata del siglo XVII -absurdamente idealizado como en las películas anglosajonas, ya que parece un elegante cortesano en lugar de un bárbaro criminal- y unos indios araucanos. También se conservan la base de los muros de lo que fue la iglesia del regimiento y el polvorín, semienterrado para mayor seguridad.

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Desde la pasarela se obtienen unas magníficas vistas panorámicas hacia el océano Pacífico y hacia la boca de la bahía, a donde apuntan los 18 cañones españoles cuyo fuego se cruzaba con el de los 21 del Castillo de San Sebastián de la Cruz, en el pueblo de Corral, en la orilla opuesta. Esta disposición hacía que la bahía fuese impenetrable para los posibles enemigos que llegasen por vía marítima. En el punto más elevado del conjunto se sitúa un pequeño faro construido ya en 1900 por las autoridades chilenas.

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LA ISLA MANCERA Y EL FUERTE DE SAN PEDRO

Desde Niebla podemos ir fácilmente a la isla Mancera. Simplemente tomamos el mismo autobús que nos ha traído desde Valdivia pero en dirección de regreso a la ciudad, y le pedimos al conductor que nos pare en el muelle de pasajeros de Niebla. En este embarcadero esperaremos a que llegue el barquito que cruza regularmente hasta Corral, en el otro lado de la bahía, pasando por la isla Mancera. Hay que tener en cuenta que esta isla, situada en el centro de la bahía, es una parada en el trayecto que va hasta Corral, en la otra orilla. Por otro lado también hay embarcaciones que cruzan la bahía sin parar en la isla, por lo tanto es recomendable informarse de los horarios en caso de querer visitar también las fortificaciones de Corral, para no perder el último barco de regreso. En este artículo nos conformaremos con la visita de esta pintoresca isla y los restos de su muy estratégico fuerte.

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Se llama Castillo de San Pedro de Alcántara y se encuentra en ruinas, aunque como en el caso del anterior se conservan bien sus gruesos muros exteriores, en algunas de cuyas piedras podemos apreciar los nombres tallados por sus antiguos moradores. Cuando se repobló la región tras el ataque holandés de 1643, se comenzó construyendo esta fortaleza, a las que siguieron las demás y posteriormente, asegurada la posición, la propia ciudad de Valdivia. Aquí fue donde se asentó el mando militar del sistema de fuertes de la bahía y aquí se encontraba el polvorín principal. No es de extrañar, ya que su posición estratégica central y más protegida le otorgaba tal privilegio. Llegó a contar con dos conventos en su interior, de los que apenas se conservan las ruinas de una iglesia, la de san Agustín. Muy cerca están los restos de la casa del castellano y la entrada al calabozo subterráneo.

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La antigua plaza de armas, hoy apenas un prado, nos puede dar idea del gran tamaño que tenía este recinto militar. Desde aquí también obtenemos las mejores vistas panorámicas, ya que se domina toda la bahía: al norte Niebla y su castillo, al sur Corral y al oeste la entrada desde el océano. Algunos cañones que hacia allá apuntan nos recuerdan que durante tres siglos estas tierras fueron indiscutiblemente españolas.

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La isla Mancera recibe su nombre del virrey del Perú que mandó construir el fuerte, don Pedro Álvarez de Toledo y Leiva, I marqués de Mancera. Por sus dimensiones -1 300 x 650 metros- se trata más bien de un islote. Además de los restos españoles, no debe uno perder la oportunidad de dar un paseo por la isla y ver cómo viven sus escasos habitantes. Hay un camino sin asfaltar -¿para qué iban a hacerlo?- a lo largo del cual se asientan las tradicionales casitas de madera. Por sus chimeneas y sus parabólicas se puede apreciar que no se privan de ninguna de las comodidades modernas. No, no se trata de un asentamiento pobre, en absoluto; simplemente se trata de gente que gusta de la tranquilidad de un lugar aún más aislado dentro del relativo aislamiento de una región poco poblada. En realidad, para los parámetros de la Patagonia, en la isla Mancera no viven nada aislados, pues en la bahía hay dos pequeñas poblaciones y muy cerca está la propia Valdivia. Hay que tener en cuenta que el territorio chileno todavía se extiende por casi otros 2 000 quilómetros más hacia el sur, y conforme avancemos en esa dirección encontraremos regiones prácticamente despobladas.

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Un paseo distraído por la isla nos puede llevar una hora (podemos aprovechar la espera para el barco de regreso, dependiendo de horarios) en el cual nos sentiremos totalmente alejados de la vida urbana. Es como cualquier otra aldea del mundo -no creo que lleguen al centenar de habitantes- pero el hecho de saberse rodeado de agua y de no ver ningún vehículo le produce a uno una sensación especial. Apenas se ve a algún lugareño estirando las piernas o tomando la fresca, e incluso se puede ver un rebaño de ovejas dejado plácidamente a sus anchas pastando en el sendero. A fin de cuentas ¿quién y cómo las iba a robar?, y desde luego tampoco corren riesgo de atropellos. Lo más curioso es una pequeña tienda de comestibles: no es más que una habitación de una de las cabañas con una abertura a modo de mostrador. Unas estanterías y una nevera como la de cualquier cocina son suficientes para abastecer a los pocos viandantes que pasan por ahí. Tan tranquilo es el lugar que no hay nadie y tienes que llamar para que te atiendan.

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El sendero va por la parte alta de la isla, que es donde viven los lugareños, los cuales ya han sufrido los estragos de algún maremoto y la consiguiente ola gigante. Desde arriba se puede ver una pequeña bahía muy tranquila. Consiste en una pequeña playa vacía y unas pocas barcas meciéndose en el agua; incluso hay algunas abandonadas cuyos esqueletos se han convertido en lugar de reunión de cormoranes.

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EL FIN DE UNA EPOPEYA

El sistema defensivo de Valdivia iba a tener un triste final tras haber afianzado durante dos siglos el dominio español en la Patagonia. Nadie en ese tiempo había osado atacar una plaza que, gracias a estas fortalezas, se consideraba prácticamente inexpugnable. Y efectivamente lo era sobre el papel, siempre y cuando los defensores aprovechasen adecuadamente la superioridad que les ofrecían esas posiciones costeras. Por desgracia, en febrero de 1820 una fuerza rebelde muy inferior en número, para más inri comandada por un británico, tomó con facilidad las fortalezas y la propia ciudad de Valdivia que aquéllas defendían.

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La operación de las fuerzas rebeldes fue audaz, no cabe duda, pero nunca habrían tomado las posiciones españolas si éstas no se hubieran entregado deshonrosamente casi sin resistencia. Desde esa fatídica fecha, la leal y simbólica ciudad de Valdivia fue anexionada contra su voluntad a la nueva República de Chile. Más al sur, la también fiel isla de Chiloé aún resistió heroicamente ocho años más y fue la última tierra española en Sudamérica. Pero eso será otra historia.

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