Valdivia (I): La puerta de entrada al Pacífico

REPÚBLICA DE CHILE

Valdivia tiene el honor de llevar el nombre del padre de Chile, el explorador y conquistador extremeño don Pedro de Valdivia. Fue fundada por él mismo en 1552, siendo por lo tanto una de las ciudades más antiguas del país. Es asimismo una de las más australes de los Reinos Hispánicos, por lo que durante más de dos siglos desempeñó un papel destacado en la defensa de la América Española en aquellas lejanas tierras. Por su situación geográfica, asimismo, se le puede considerar la puerta de entrada al Pacífico, ya que todas las naves que desde España se adentraban en aquel inmenso océano debían recalar en Valdivia. Que se escogiera su emplazamiento tierra adentro cerca de la desembocadura de un río no ha de interpretarse como un hecho casual, ya que -como veremos más adelante- ofrecía unas condiciones óptimas para su defensa y suponía un puesto avanzado importantísimo para la colonización del territorio.

¿PERO REALMENTE ESTÁ TAN AL SUR?

La respuesta a esta pregunta puede resultar sorprendente. Al mirar un mapamundi, sin duda pensaremos que sí, pero hagamos antes unas consideraciones: en primer lugar, lo alargado del continente americano, sumado al hecho de que hay muchas menos tierras emergidas en el hemisferio sur que en el hemisferio norte, más la presencia de la península antártica, que desde el continente helado se extiende mucho hacia el norte, todo ello junto, puede producirnos la errónea impresión de que Valdivia está mucho más al sur de lo que lo está en realidad. De hecho, Chile o el Cono Sur en general no son tan meridionales como parece: tomando en cuenta las latitudes, si las trasladamos al hemisferio norte (dando la vuelta al mapa, como si lo doblásemos), encontraremos que este larguísimo país se extiende desde Mauritania -entre las arenas del Sahara- hasta la fría y verde Irlanda del Norte. Y Valdivia se encuentra a la latitud de… ¡Toledo!

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Eso sí, las características geográficas de la Patagonia -la amplia región meridional de América compartida por Chile y Argentina- hacen que su paisaje y su clima sean muy diferentes a los de la ciudad castellana. De hecho, nos recordará mucho más a los de Galicia.

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PASEANDO POR VALDIVIA

Si has llegado a la ciudad en autobús, que es lo más probable, en la misma estación te ofrecerán habitación en los hostales familiares de las cercanías. Dada la escasez de hoteles en el sur de Chile -y lo caros que resultan los que hay- es una buena opción, aunque no esperes un precio similar a los de otros países hispanoamericanos, sino más bien cercanos a los de Europa. Chile es el país más desarrollado de Hispanoamérica y tu bolsillo lo notará, especialmente en el sur. Desde la zona de la estación podemos ir cómodamente a pie al centro de la ciudad, que apenas supera los 160 000 habitantes. No se puede decir que Valdivia sea una ciudad bonita ni mucho menos monumental. De hecho, no conserva ningún edificio histórico de auténtico interés -en gran medida a causa del devastador terremoto de 1960-, y desde luego hay muy pocos que cuenten más de un siglo. Sin embargo, un paseo por sus calles puede resultar realmente muy interesante, ya que aún encontraremos aquí y allá pequeñas casas de madera que nos recuerdan no sólo la adaptación al medio -en este caso al material más abundante en aquella boscosa región- sino también una cierta influencia de los muchos inmigrantes alemanes que llegaron en el siglo XIX.

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Pero aun así la arquitectura de Valdivia es un pastiche carente de homogeneidad, ya que la mayoría de edificios hubieron de ser reconstruidos después de los sucesivos movimientos sísmicos que ha sufrido la ciudad. Y es que todo Chile se asienta sobre una de las zonas de mayor actividad sísmica del planeta. Así, junto a las tradicionales casitas de madera ya mencionadas, por todos lados se ven construcciones cutres y carentes de interés, cuando no auténticos engendros, entre los que predomina el gran monstruo del siglo XX, el hormigón. Un buen ejemplo es la catedral del Sagrario, levantada en los nefastos años 80 tras haberse derrumbado la anterior en el temblor del año 60. La reproduzco aquí a modo de ejemplo a pesar de su fealdad, la cual sin duda haría salivar a los arquitectos de Zaragoza. Este engendro se encuentra en la plaza principal de la ciudad, llamada de la República. Esta plaza, ajardinada y con un quiosco de música, es un buen ejemplo del aspecto general de la ciudad. No obstante es destacable que el ambiente es tranquilo y agradable, como en cualquier pequeña ciudad de provincias.

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LEONES MARINOS EN EL PUERTO DE VALDIVIA

Un lugar inexcusable en un recorrido por Valdivia es la costanera (así llaman en el Cono Sur a un paseo fluvial o marítimo) y el mercado allí instalado. En realidad hay dos: el Mercado Municipal, un edificio cerrado dedicado a la venta de artesanía y recuerdos, y la Feria Fluvial, una simple marquesina de colores situada en el mismo malecón dedicada a la alimentación. En ella encontraremos todo tipo de cosas, como frutas o verduras, pero como es lógico destacan los pescados. El lado del mercado situado directamente sobre la orilla del río es un paraíso para las inevitables gaviotas, que acuden en gran número a darse un festín con las sobras de pescado que allí se acumulan. Eso es habitual en cualquier puerto, pero la sorpresa son los leones marinos (que curiosamente allá llaman lobos marinos), los cuales habitan en las aguas del Pacífico austral y se adentran por la desembocadura del río hasta la ciudad. Se han habituado a la presencia humana, ya que los locales y los foráneos los tratan con respeto y los alimentan. Se les puede ver dormitando, jugando, nadando entre los barcos que surcan el río y cuando quieren comer sólo han de acercarse al mercado, igual que hacen las gaviotas. Prácticamente se han convertido en las mascotas de Valdivia.

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La costanera de Valdivia también hace las veces de puerto, por lo cual podremos admirar diferentes embarcaciones. La presencia de un buque de la Armada Chilena nos recuerda que este puerto fluvial fue durante siglos un enclave de gran importancia estratégica. Lo que pocos podrán imaginar es que la bandera que más tiempo ondeó en estas costas no es la actual chilena, ni siquiera la rojigualda. Ésta última data de 1785, y a pesar de ser una de las más antiguas del mundo, protegió estas costas sólo durante 35 años. No, la bandera que por más tiempo fue la propia de estos parajes y de toda América fue la de la Cruz de Borgoña, y justamente Valdivia es uno de los municipios y provincias americanos -y son unos cuantos- cuya bandera oficial es un aspa roja sobre fondo blanco en reconocimiento de ese hecho. Como es preceptivo, dicha enseña es enarbolada por los barcos fondeados en el puerto. Además del mencionado buque militar, también hay un submarino, que por cierto es visitable. Ésta es, junto a los simpáticos leones marinos, la gran atracción del puerto.

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HACIA PUNUCAPA POR EL RÍO CRUCES

Hasta aquí ha quedado claro que el casco urbano de Valdivia no tiene mucho interés, más allá de ver cómo desarrollan su vida los habitantes de una pequeña ciudad patagónica de clima oceánico. Lo que hace interesante a esta ciudad es su río, o mejor dicho su sistema fluvial, compuesto por la confluencia de varios ríos y su desembocadura en una bahía. Esos ríos son el Calle-Calle -que pasa rodeando el casco urbano por el norte- y el Cruces, que se unen justo ya pasada la ciudad. Antes, el Cau-Cau, un pequeño canal natural de sólo un quilómetro -extrañamente considerado también un río- conecta los cursos de los otros dos y hace que el Calle-Calle pase a llamarse Valdivia. Por lo tanto, el Valdivia -el río principal, que da nombre a toda la cuenca– apenas discurre por quince quilómetros antes de morir en el Océano Pacífico en la bahía de Corral. ¿Un lío? Mejor amplíese el mapa situado al inicio del artículo para desenmarañarlo.

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El caso es que de una manera u otra esta red fluvial ofrece grandes atractivos. En el mismo puerto varias agencias ofrecen excursiones guiadas que se realizan navegando por ellos. Salvo que tengas tu propio barco, cosa improbable, es conveniente tomar como mínimo la que va al norte, hasta Punucapa, ya que nos permitirá disfrutar de encantadores paisajes entre sus riberas casi vírgenes y los omnipresentes juncos de totora. El terrorífico terremoto de Valdivia de 1960 -se dice que fue el de mayor magnitud jamás ocurrido desde que hay registros- hundió unos dos metros las riberas del río Cruces, creando un amplio humedal de más de 6 000 hectáreas, que ahora es el hogar de una gran cantidad de especies acuáticas de flora y fauna. Predominan las aves, entre las que destacan los preciosos cisnes de cuello negro. A veces también los leones marinos se adentran hasta allí, aunque no es frecuente.

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La excursión tiene como destino la aldea de Punucapa, que a pesar de los esfuerzos del guía es de muy escaso interés. Se desembarca, te llevan a probar una cerveza artesanal de la zona y te enseñan una iglesia de madera -nada impresionante, mucho mejores las de Chiloé, que veremos en otro artículo- y junto a ella un árbol de anchísimo tronco. Totalmente prescindible. No obstante, sólo por la navegación a través del humedal, con sus bonitos paisajes y su riqueza natural, la excursión ya merece la pena.

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Valdivia también nos ofrece la posibilidad de adentrarnos en la Historia y conocer la audacia de nuestros antepasados que llegaron hasta aquellas lejanísimas tierras y fueron capaces de mantenerse allá durante varios siglos. Y es que la defensa de Valdivia fue de capital importancia para que hoy América siga siendo parte de la Hispanidad. Pero eso lo conoceremos en el siguiente artículo, en el que iremos hasta los antiguos fuertes españoles de la bahía de Corral, la llave de la Patagonia.

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NOTA: En mi visita a Valdivia, realizada en diciembre de 2018, descubrí con satisfacción que la ciudad honraba con un busto a su fundador, don Pedro de Valdivia, y lo definía muy acertadamente como padre de Chile. Es cierto que merecería una gran estatua -como la que se encuentra en la capital- pero el gesto de dedicarle un busto ya era destacable. Chile parecía una excepción en América, un país lo suficientemente sabio y civilizado como para no avergonzarse de sus auténticas raíces. Desgraciadamente ya no es así: en el mes de noviembre de 2019, mientras preparaba este artículo, llegó una triste noticia. Durante los recientes disturbios que han asolado el país instigados por grupos extremistas -entre los cuales se mueven como pez en el agua los indigenistas y antihispanistas-, una chusma arrancó el busto de Valdivia y lo arrojó al río. Tal afrenta sólo puede producir vergüenza y asco en los chilenos decentes. Otro monumento en honor del fundador debería ser colocado en la ciudad, a ser posible mayor, más majestuoso y en un lugar más destacado. Pero si así no fuere, esa gentuza nunca podrá cambiar la Historia: nótese que los muy estúpidos arrojaron el busto de Valdivia al río Valdivia desde el puente Valdivia en la ciudad de Valdivia, que él fundó. La huella de España en América es imborrable.

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