Cuatro grandes hitos del Muralismo Mejicano

ESTADOS UNIDOS MEJICANOS

A principios del siglo XX surgió en Méjico un movimiento pictórico que llegó a tener fama mundial y que constituye probablemente el único de toda Hispanoamérica que ha alcanzado tal notoriedad. Este movimiento es muy peculiar por la principal temática que aborda -obsesivamente la Historia de Méjico vista en términos de permanente conflicto con tintes trágicos-, así como su presentación en forma de mural. Se trata siempre de composiciones de gran tamaño que o bien se pintan sobre el muro o bien se realizan sobre otro soporte pero que en todo caso se colocan sobre el muro. Artistas de gran talento pero ideales políticos frecuentemente totalitarios y sectarios -incluso algún asesino- son un producto genuino de una época muy convulsa de aquel país americano.

QUÉ ES Y CÓMO SURGE EL MURALISMO MEJICANO

Después de la Guerra Civil Mejicana (1910-1917), el nuevo gobierno de Álvaro Obregón buscaba la manera de adoctrinar al pueblo con su versión de la Historia de Méjico. Como el pueblo, en su inmensa mayoría, era analfabeto, encontraron que sería una buena estrategia llenar el país de grandes murales con los que propagarían el mensaje oficial. El encargado de crear un grupo de muralistas para este fin fue Gerardo Murillo, alias Dr. Atl (no, no es una errata). En torno a él se reunieron unos pintores, todos ellos de ideología comunista, que comulgaban con la visión victimista, paternalista, zafia y tendenciosa de la Historia de Méjico que desde entonces, y en gran medida gracias a ellos, se ha convertido en doctrina de obligada creencia en aquel país.

QUIÉNES SON LOS MURALISTAS MEJICANOS

Los muralistas mejicanos más destacados son Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, que fueron conocidos como los Tres Grandes. Son los que tuvieron más repercusión mediática, incluso con reconocimiento internacional, y los que con sus obras ocuparon los espacios más importantes en la Ciudad de Méjico. Además de ellos, en un segundo plano, también cabe citar a Juan O’Gorman, Jorge González Camarena, Rufino Tamayo o Ernesto Ríos Rocha, entre otros. A continuación vamos a hacer un recorrido en la capital mejicana por cuatro espacios seleccionados que ofrecen, cada uno de ellos, la posibilidad de admirar un buen número de murales de estos autores. Es necesario señalar, sin embargo, que estos cuatro espacios son los más destacables pero no los únicos.

Ciudad de Méjico

EL PALACIO VIRREINAL

El Palacio Virreinal de Méjico (hoy llamado Nacional) se encuentra en la plaza del Zócalo, como ya tuvimos oportunidad de ver en un artículo anterior. Fue construido por orden del gran conquistador Hernán Cortés como sede del poder real, aunque sufrió modificaciones a lo largo de la Historia. Además de los virreyes de la Nueva España, residieron en él también algunos presidentes del Méjico independiente. En su gran patio interior encontraremos un conjunto mural de Diego Rivera, concretamente en la escalera principal y en la galería del primer piso. El marco es inapropiado para los murales que vamos a contemplar, ya que contrastan con la arquitectura que los envuelve: por estética y por cronología, pero sobre todo por su significado.

Ciudad de Méjico
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El más grande de los murales de Rivera se encuentra en la caja de escalera que da acceso al segundo piso. Es una obra de enormes dimensiones y de indudable valor artístico, que consigue transmitir el mensaje político que inspira a su autor, aunque adolece del horror vacui habitual en el muralismo mejicano. Pretende ser un relato de la Historia de Méjico expuesto en tres muros, el cual sigue un discurso lineal que se ve dificultado por el amontonamiento de personajes. Claro que no es un relato de la Historia real, sino el desarrollo del mito histórico que se gestó desde 1821 a lo largo del siglo XIX y que se convirtió en doctrina obligatoria desde 1917. En definitiva, un panfleto ridículo que no sostiene ningún historiador serio, pero que todavía hoy se inculca a los mejicanos en las escuelas y a través de los medios de comunicación.

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Veámoslo. Por un lado están los indios viviendo en América en paz y armonía. Es una sociedad esplendorosa y feliz donde se diría que todos los días sale el arco iris. Obviamente, y siempre según el relato oficial, los aztecas son Méjico (que ya existía entonces, claro) y Méjico son los aztecas… Siguiendo ese falso relato, los aztecas son los únicos y verdaderos mejicanos, ya que siempre estuvieron allí. Olvidan el pequeño detalle de que eran unos invasores llegados sólo dos siglos antes, y eran unos tiranos que tenían al resto de pueblos indios sometidos. Los millones de sacrificios humanos cometidos por ellos -y prácticamente por todos los pueblos indios precolombinos- o no se mencionan o son tratados casi como si fueran una tradición folclórica.

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Pero he aquí que un mal día llegan unos hombres malvados de allende los mares e invaden Méjico (que, insisto, ya existía) para acabar con esos pacíficos y encantadores muchachos, los aztecas. Y Rivera los pinta como corresponde, con cara de malos que parece que han salido de una película de Disney. Se les ve matando indefensos indios con sus terribles armas (simples ballestas y lanzas), y lo hacen ellos solitos, llenos de ira y maldad, porque por ningún lado se ve a millones de indios unirse a ellos para liberarse del yugo tiránico de los aztecas. Pues claro que no, ¿cómo va a pasar algo así? recordemos, la doctrina oficial dice que los aztecas eran más tiernos que Bambi… Y eso no se discute.

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Luego, en el segundo piso o en el gran muro central de la escalera, vemos los 300 años de la tiranía española: no, no fundaron ciudades ni universidades, tampoco construyeron hospitales ni academias de bellas artes, ni catedrales, ni carreteras, ni trajeron la rueda y la escritura, ni fomentaron el comercio y la navegación, no hicieron nada relacionado con el saber, la cultura y el bienestar humano, nada de eso. O por lo menos Rivera omite todo eso. Lo que nos muestra es que ponían a trabajar a los indios, pobrecicos ellos, encadenados y a latigazos. Torturas, marcajes con hierros candentes y ahorcamientos masivos. Un relato no sólo falso, sino grotesco y ridículo, una falacia destinada al adoctrinamiento de un pueblo ignorante.

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Y según Rivera durante 300 años los novohispanos no eran españoles, no, eran mejicanos (porque Méjico ya existía antes de Cortés, ¿cuántas veces hay que decirlo?) y se cansaron de tantas universidades y progreso, y se independizaron, y a partir de aquí todos fueron muy buenos y muy guapos, y no tienen nada que ver con España ni con la Hispanidad, para eso hay una gran águila azteca que nos recuerda lo que es Méjico. Y en toda la parte superior del mural principal vemos a todos los personajes de los dos últimos siglos colocados como si estuvieran posando en una foto del colegio. Están toditos, y entre ellos encontramos, muy guapos y sin despeinarse lo más mínimo, a Juárez o Pancho Villa, entre otros. Y se destacan las Leyes de Reforma o la guerra civil a la que llaman pomposamente Revolución, y todas esas cosas que crearon a Méjico, porque antes de eso sólo hubo caos y terror. Y punto, porque ésta es la doctrina oficial a la que sirvieron los muralistas y que Rivera incrustó sin el menor pudor en los muros del Palacio Virreinal.

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Desde un punto de vista exclusivamente artístico, Diego Rivera fue el más grande de los muralistas, si bien su indiscutible genio se ha visto eclipsado últimamente por la mitificada figura de su mujer -y mediocre artista-, Frida Kahlo. Mujeriego insaciable -se le conocen unas 50 amantes- y muy bien relacionado en el mundo artístico internacional, así como en el empresarial, es sin duda el más conocido de todos. Fue comunista, como no podía ser de otra manera -lo cual se refleja sin complejos en sus obras públicas- y dio cobijo a Trotsqui cuando éste era perseguido por Stalin. Tanto Orozco como Siqueiros rivalizaron con él por su fama, y el segundo además por ser enemigos políticos.

EL CASTILLO DE CHAPULTEPEC

El Castillo de Chapultepec es uno de los edificios históricos más antiguos e importantes que se conservan en la Ciudad de Méjico, ya que se remonta a los inicios de la época española. Fue residencia de los Virreyes de la Nueva España y también de un emperador, Maximiliano I, así como de algunos presidentes republicanos que dejaron su impronta, tales como Porfirio Díaz. Desde los años 30 ya no es residencia presidencial sino que alberga el Museo Nacional de Historia. Por esta circunstancia, y a diferencia del Palacio Virreinal, se justifica la presencia de los murales.

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En la planta baja hay una gran sala habilitada para contener un mural de enorme tamaño y extraña forma. Del Porfirismo a la Revolución es una conocidísima obra de David Alfaro Siqueiros. En ella, por una vez deja en paz a los españoles y se concentra en su propio período vital, es decir, en la dictadura de Porfirio Díaz y en la rebelión que conduciría a su caída y exilio y posteriormente a la Guerra Civil Mejicana de 1910-1917. Este mural es quizá la obra maestra de Siqueiros y presenta características que lo hacen único. Se trata de una representación de unos hechos de forma lineal y continua y su tamaño es tal que no cabía en el espacio asignado, por lo que el pintor chihuahuense solicitó aumentar la superficie con unos muros en los que la escena se pliega sobre sí misma, alcanzando los 419 metros cuadrados. En él se aprecia muy bien la técnica de Siqueiros, donde enfatiza a los personajes con escorzos muy forzados. Destaca la representación caricaturesca de Porfirio Díaz y su camarilla.

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He aquí un perfecto ejemplo de cómo ser gentuza de la peor ralea no está reñido con poseer un gran talento artístico. Siqueiros también fue comunista, cómo no, pero a diferencia de Rivera fue fiel a la línea oficial soviética, es decir, fue un esbirro de Stalin. Y en este caso lo fue literalmente, ya que acompañado por otros veinte pistoleros protagonizó un intento de asesinato de Trotsqui en su refugio de Coyoacán. El asalto fue torpe y chapucero, ya que hicieron más de cien disparos y nadie resultó herido. Asesino frustrado, pues, de un tirano frustrado.

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En el hueco de la preciosa escalera principal encontramos La intervención norteamericana, de Gabriel Flores. Representa la caída de Juan Escutia, uno de los famosos Niños Héroes, que envuelto en la bandera mejicana se arrojó desde los muros de este mismo castillo de Chapultepec ante la imposibilidad de resistir a la invasión de los gringos en 1845. Como resultado Méjico perdería en sólo 25 años más de 2 400 000 quilómetros cuadrados del territorio que había heredado del Reino de la Nueva España. A su alrededor aparecen otros lugares donde se concretó la humillante derrota a manos de los bárbaros del norte.

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Unos cuantos murales más se distribuyen por las diferentes salas del museo, donde tienen la función de ilustrar los diferentes periodos de la Historia de Méjico. Lo malo es que, como siempre, se trata de una Historia sectaria y maniquea, donde los malos ya sabemos quiénes son, y los buenos también. Vamos a destacar dos murales. El primero de ellos es La fusión de dos culturas, de Jorge González Camarena. Representa la lucha a muerte entre un soldado español -mal retratado, ya que lleva una armadura medieval, totalmente anacrónica- y un guerrero azteca, la cual simboliza la colisión de la cual nacerá Méjico. Una visión trágica de lo que debería ser un momento glorioso: el fin de la barbarie y el inicio del período de mayor prosperidad de aquellas tierras. A pesar del error conceptual, es una obra cargada de fuerza y dinamismo y transmite perfectamente la tensión de esa supuesta tragedia. Por cierto, en la base del mural hay dos bustos, uno de Hernán Cortés y otro de Moctezuma. Éste es probablemente el único busto del verdadero padre de Méjico que hay en todo el país, mientras que al sanguinario arrancacorazones se le erigen monumentos por doquier.

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El otro mural es Retablo de la independencia de Juan O’ Gorman. Volvemos aquí a una representación coral de los hechos históricos, un batiburrillo de personajes amontonados por toda la superficie del cuadro. De izquierda a derecha se pretende mostrar el período de 1795 a 1813. Empieza en el Reino de Nueva España, terrible período de opresión e injusticia, y luego aparecen los rebeldes, todos muy guapos y elegantes, que caminan hacia la libertad. Entre esos españoles traidores destacan Hidalgo y Morelos, a cada uno de los cuales retrata dos veces. A la izquierda, Nueva España está en las tinieblas de la noche, mientras que a la derecha el país que van a fundar esos rebeldes está en el sol del amanecer. Infantil y maniqueo, como en los carteles soviéticos. En fin, lo mismo de siempre.

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EL PALACIO DE BELLAS ARTES

El Palacio de Bellas Artes es un edificio multifuncional erigido durante el Porfiriato. Su construcción comenzó en 1904 y sólo llegó a su fin 30 años después, debido a problemas políticos – como la guerra civil de 1910-1917- y económicos. Se trata de un lujosísimo edificio, reflejo de la pretenciosa arquitectura de su tiempo, realizado con ricos materiales -como el vidrio de la cúpula o el mármol de Carrara de la fachada- y decorado con numerosas esculturas y obras pictóricas. Por fuera presenta un refinado estilo modernista, mientras que el interior es una magnífica muestra del Art Déco que predominó en el periodo de Entreguerras. El edificio es realmente grande, ya que alberga un teatro de ópera, un museo y varias salas de exposiciones, aunque nos vamos a centrar en el gran vestíbulo -la zona de libre acceso- y los murales que lo decoran.

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En el Palacio de Bellas Artes encontramos a los Tres Grandes, y de nuevo Diego Rivera se alza con el mayor protagonismo. En un extremo del segundo piso se sitúa su, quizá, obra más conocida, El hombre controlador del Universo. Divide la escena en tres partes: en el centro, un obrero maneja la imaginaria máquina que controla el Universo; a la izquierda el mundo capitalista con la lucha de clases; y a la derecha la parte más interesante, la sociedad comunista. En ésta última aparecen personajes como Marx y Engels, y lo que es más grave, Lenin y Trotsqui dirigiendo la masa proletaria. Rivera no se corta lo más mínimo: mete en un edificio público, en una obra pagada por todos los mejicanos -para eso el capitalismo sí le servía- un mensaje político claramente sectario, el de una ideología totalitaria responsable del sufrimiento de cientos de millones de personas. Y se lo permitieron…

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Sea como fuere, Rivera deja constancia de su estilo preciosista rico en detalles, y esa pincelada fina que ya hemos visto en los murales del Palacio Virreinal. Lo mismo podemos apreciar en otro mural más pequeño situado en el lado contrario del segundo piso, Carnaval de la vida mexicana (sic). A pesar de que a simple vista pueda parecer una composición alegre y festiva, en realidad mezcla de forma desordenada varios temas recurrentes en Rivera y de clara carga política. Aparecen las dictaduras -las que no le gustan a él, claro- junto a unos guerreros aztecas muy elegantes y fornidos -no podía ser de otro modo-, y también una escena de carnaval con máscaras que pretenden ridiculizar -cómo no- a los españoles. Lo mismo una y otra vez…

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David Alfaro Siqueiros está representado con varias obras. En Tormento de Cuautémoc volvemos otra vez al cansino asunto de la conquista española. Guatemuz, último rey azteca, aguanta estoicamente y noblemente la tortura a que lo someten unos españoles de nuevo con absurda y anacrónica armadura, mientras la Patria -representada por una mujer- llora ensangrentada. Porque claro, la Patria y los aztecas son lo mismo. La desvergüenza de los muralistas llega a su cénit.

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Mucho más interesante es Nueva democracia, un tríptico de carácter político del que muestro aquí el panel central, el mayor y más conocido. En él, una mujer desnuda -la modelo fue la propia esposa de Siqueiros- y tocada con gorro frigio alza sus brazos encadenados, simbolizando la opresión. En esta obra llena de fuerza, el pintor chilango muestra todo su talento.

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Finalmente analizamos un mural de José Clemente Orozco, el único que se expone en el Palacio de Bellas Artes. Tampoco tiene ninguno en los otros espacios que he escogido en la Ciudad de Méjico, pero su obra es numerosa y se puede ver en diferentes lugares del país. Envidioso de la fama de Rivera en Méjico y en el extranjero, Orozco afirmaba que sus murales eran superiores en calidad a los de aquél. Cuando se le ofreció pintar un gran mural en el Palacio de Bellas Artes frente a uno de Rivera, encaró el reto como una competición directa con su rival. No obstante, su obra es de gran calidad, como se puede apreciar en este ejemplo, titulado Katharsis. Orozco, a diferencia de Rivera y Siqueiros, no hace de la política el tema central de sus obras, sino que este mural pretende ser el contrapunto del de Rivera que se sitúa justo enfrente -el ya comentado El hombre controlador del Universo– con su estilo expresionista de fuertes colores, y la composición caótica y dramática. Representa los males que aquejan al hombre de la sociedad mecanicista, tales como la guerra, el caos o la prostitución.

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LA CIUDAD UNIVERSITARIA DE LA UNAM

La primera universidad de la Nueva España (aunque no de América) fue la Real y Pontificia Universidad de Méjico, fundada en 1551. Qué extraños estos malvados españoles, que iban construyendo universidades a lo largo del continente… La heredera de aquella institución académica es la actual Universidad Nacional Autónoma de Méjico (UNAM). Desde principios del siglo XX surgió la idea de concentrar las facultades, hasta entonces dispersas en el Centro Histórico. Los planes se fueron concretando y en 1948 comenzaron las obras de la Ciudad Universitaria en unos terrenos al sur de la capital. Se inauguró en 1954. El complejo de edificios cúbicos propios de la vulgar arquitectura de esos años ofrecía grandes superficies planas que fueron aprovechadas por varios muralistas de renombre para crear unas obras que han merecido la categoría de Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco. Todos esos edificios se disponen alrededor de un gran prado y se pueden recorrer en unos pocos minutos.

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El edificio de la Rectoría tiene murales de David Alfaro Siqueiros. Abierto hacia la explanada vemos Nuevo emblema universitario, que reinterpreta el escudo de la UNAM. Como en aquél, un águila y un cóndor representan respectivamente a Norteamérica y Sudamérica.

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En el lado sur hay un curioso mural de David Alfaro Siqueiros realizado en relieve con técnica mixta: una estructura de hierro recubierta de cemento y tapizado con un mosaico de vidrio. Su título es El pueblo a la universidad, la universidad al pueblo.

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El más grande de todos los murales de la UNAM -incluso se dice que el mayor del mundo- es el que cubre completamente las cuatro fachadas de la Biblioteca Universitaria. Su autor es Juan O’ Gorman y su título es Representación histórica de la cultura. Tiene 4.000 metros cuadrados y está revestido con piedras traídas de todos los rincones del país, por lo cual técnicamente hablando se trata de un mosaico. Antes que muralista, O’ Gorman fue arquitecto. Era amigo de la adolescencia de Frida Kahlo -mujer de Diego Rivera- y diseñó las casas-estudio de ambos.

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El mural pretende dar una visión global de la Historia de Méjico. Con un muy acertado criterio, O’ Gorman sitúa la época española, en la que se basa la cultura mejicana, en el muro sur, el más visible de todos. Sin embargo, esta fachada es un batiburrillo bastante desafortunado. Pretende mostrar la conquista del Imperio Azteca a manos de los españoles, reflejada en la caída de Guatemuz y, cómo no, en un español alanceando a un indio, pero ¡oh, sorpresa! también aparece la concesión de las Leyes de Indias. Otros elementos importantes son varias iglesias barrocas y el blasón imperial de la Casa de Habsburgo, la dinastía española que más tiempo reinó en Nueva España. Por otro lado, dos grandes círculos representan las visiones tolemaica y copernicana del Universo, algo absurdo ya que la primera está totalmente desfasada en el siglo XVI y por lo tanto no pinta nada aquí.

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La fachada norte representa el pasado precolombino. Aparecen varias deidades aztecas como Tláloc, Quetzalcóatl o Huitzilopochtli entre otros. O’ Gorman, sorprendentemente, no oculta el carácter sanguinario de este pueblo, ya que muestra los multitudinarios sacrificios humanos que terminaron gracias a los españoles. El centro de la composición lo ocupa, cómo no, el águila posada sobre un nopal, que pretende enlazar al Méjico actual, a través de su escudo, con los aztecas. No obstante, todo el mural es una aberración en sí mismo, ya que una vez más se identifica a un inmenso reino que abarcaba desde Panamá hasta Oregón con la minúscula área del Valle de Méjico y con un estado, el azteca, que duró menos de un siglo, dejando fuera a decenas de pueblos indios.

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De las fachadas laterales destaca la occidental, más fácilmente visible, en la que se representa la universidad misma personificada en su escudo.

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Hasta aquí este paseo por la capital mejicana analizando algunas de las obras más señeras de los muralistas, unos pintores que representaron toda una época de aquel país americano. Sus obras destacan por su incuestionable calidad artística al tiempo que muestran la peculiar deriva política que surgió del final del Porfiriato y de la Guerra Civil. Por un lado la revisión de la Historia en términos absolutamente deformados y falsos, lo cual todavía hoy hace un gran daño a la sociedad mejicana; por otro lado el comunismo -dirigido desde la URSS- que todos ellos abrazaron, y que marcó de manera indeleble estas obras que hoy debemos situar en su contexto histórico.

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