La isla de Miconos (II): ¿Hay algo más allá de la “jora”?

REPÚBLICA GRIEGA

La isla de Miconos está situada en el mayor archipiélago griego, las Cícladas, en el centro del mar Egeo. Su situación geográfica, óptima desde la Antigüedad, es bien aprovechada hoy en día por la industria turística, aunque ésa no es la razón principal, ya que hay otras islas situadas en la misma zona. No, lo que la hace especial es el encanto de su capital o jora, indiscutiblemente una de las localidades más bonitas de Grecia y que goza de justificada fama. Puedes verla en la primera parte de este artículo. Sin embargo, en Miconos hay otros lugares más allá de la jora. A continuación veremos lo que ofrece el resto de la isla, aparentemente poco atractiva pero si sabemos buscar encontraremos algunas sorpresas.

Miconos está bien comunicada tanto por aire como por vía marítima. Al ser una de las islas del Egeo más frecuentadas, cuenta con un aeropuerto con vuelos diarios a Atenas y un moderno puerto con capacidad para grandes buques de crucero. Al puerto llegan también diariamente transbordadores de pasajeros y vehículos, así como los rápidos aerodeslizadores apodados delfines (δελφίνια), que la comunican con el Pireo (la ciudad portuaria de Atenas) así como con otras islas (Santorín, Naxos, Paros, Siros…) en una suerte de red interinsular. De hecho, en un día claro es fácil divisar varias islas recortándose sobre el horizonte en varias direcciones.

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El puerto, situado al norte de la jora, es grande y moderno, aunque también cuenta con un área para pequeñas embarcaciones de recreo o pesqueras. La carretera que va de la jora hacia el puerto ofrece buenas vistas sobre el mar y a veces podemos ver algún barquito regresando de faenar. En esa zona hay pequeños hoteles a mejor precio que en la jora y por su cercanía, si contamos con algún vehículo, puede ser una buena opción.

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LA VIDA NOCTURNA DE MICONOS

Para tomar algo, de día encontraremos agradables cafés y por la noche elegantes garitos donde hay un ambiente muy animado pero siempre dentro de un orden, sin hordas de anglos borrachos. En cuanto a las tiendas de ropa y las joyerías, el visitante se sorprenderá al comprobar que permanecen abiertas por la noche. Y una cosa más, por si te lo estás preguntando: ¿es cierto que predominan los homosexuales en la isla y especialmente en su capital? Pues no, en Miconos hay de todo, desde familias hasta grupos de amigos o amigas con ganas de ligar, pasando por turismo de la tercera edad… y claro, también homosexuales. Simplemente, este grupo se hace visible con naturalidad y en todo tipo de lugares, mezclándose con los demás, que por cierto es como debería ser. Eso, claro, sin perjuicio de que haya locales dirigidos más específicamente a ellos.

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EL RESTO DE LA ISLA, SÓLO SI TE SOBRA TIEMPO

Para explorar Miconos, como cualquier isla del Egeo, lo mejor es alquilar un vehículo. Si vas solo, y quieres ahorrar algo de dinero, puedes hacerte con una cuatrimoto (sí, estimado adorador de los anglos, este artilugio tiene nombre en tu propio idioma). Pagarás entre 15 y 20 € diarios, según el modelo, y disfrutarás al máximo de la experiencia de recorrer las pequeñas carreteras isleñas. Su manejo es muy sencillo, es como una moto pero más estable, y su pequeño tamaño te permite pararla casi en cualquier sitio para bajarte a hacer unas fotos. Eso sí, hay que tener cuidado en los caminos de grava o en algunas empinadas cuestas que aparecen de repente. Y ponte el casco, por molesto que sea; la seguridad es lo primero.

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Antes que nada, es necesario prevenir de que casi toda la isla, fuera de la jora, es un auténtico secarral atravesado por solitarias carreteras y rodeado por un mar intensamente azul. En fin, el paisaje habitual de las islas Cícladas. En ella apenas encontraremos piedras, lagartijas y basura por doquier. Eso sí, no faltan dos rasgos distintivos de este archipiélago: las solitarias y minúsculas ermitas ortodoxas, cuyas cúpulas y bóvedas aquí -a diferencia de Santorín- suelen ser más rojas que azules, y los complejos de apartamentos turísticos a medio construir. Toda la isla está sembrada de unas y de otros por doquier. Así pues, quede claro desde este momento que los principales atractivos de Miconos se sitúan en la jora y sus alrededores, aunque, como veremos a continuación, el amante de la fotografía aún podrá sacar algún provecho de un recorrido por la isla. Para ello, no cabe duda, la intensa luz del Egeo es una ayuda estimable.

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Así pues, cogemos la cuatrimoto y salimos de la jora. Podemos empezar por la pequeña península que se extiende al sur de aquélla. Entrantes y salientes de la costa, pequeñas bahías y un puertecito de pescadores llamado Ornós (Ορνός) es todo lo que veremos. Si es la hora adecuada quizá podamos degustar un pescado a la plancha. Y poco más…

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La costa sur de Miconos presenta varias bahías arenosas que son las delicias de los guiris que buscan churrascarse cual pescadito en un espeto malagueño. Difíciles accesos y mucho tiempo perdido para llegar a cada una de ellas, sólo para encontrar chiringuitos, tumbonas y gente en bañador como en cualquier otro sitio. Un montón de arena delante de un montón de agua. Muy poco (en realidad nada) de interés para alguien que ha venido de tan lejos. Lo único sobresaliente, quizá, es el color del agua visto desde la posición elevada que ofrecen las diferentes carreteras que recorro. Son varios tonos azules que van desde el más claro hasta el más oscuro dependiendo de la distancia de la playa y, obviamente, de la profundidad. Las lectoras féminas serán capaces de describir estos tonos de azul como si fueran diferentes colores de imaginativos y extravagantes nombres.

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De las playas de la costa sur, las más cercanas se llaman Paraíso (Παράδεισος) y Súper Paraíso (Σούπερ Παράδεισος) -no, no es broma-, tienen garitos con música a un volumen estridente y se dice que son frecuentadas por homosexuales. En fin, si seguimos alejándonos por la costa, hacia el este, encontraremos las playas más largas y más solitarias. Si te gusta la combinación entre arena y agua salada, ése es sin duda tu lugar, ya que disfrutarás de ello en tranquilidad. Éstas últimas son las de Caló Livadi (Καλό Λειβάδι), Santa Ana (Αγία ‘Αννα) y Calafati (Καλαφάτη).

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No pierdas el tiempo explorando el extremo oriental de la isla. No hay nada allá, a excepción de algunos caminos polvorientos que no conducen a ninguna parte. Al este hay una montaña, la del Profeta Elías -qué poca imaginación tienen los griegos con los nombres, especialmente en las islas Cícladas, todo se llama igual- que es una zona militar. Perderás una hora o más para llegar a un punto sin retorno que no ofrece ni siquiera alguna vista digna de fotografiar. Al nordeste, algunas solitarias casas a medio construir y la sensación, ya repetida varias veces a lo largo del día, de estar perdiendo el tiempo explorando unos parajes sin el menor interés.

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Al norte de la isla hay una gran bahía que se adentra profundamente en la línea de la costa. Durante el día debe de tener cierta actividad, pues cuenta con una playa y unas cuantas urbanizaciones de apartamentos. Si llegas al final del día, como yo, al menos podrás contemplar un atardecer por encima de las tranquilas aguas y los adormecidos pueblos.

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ANO MERA Y SU MONASTERIO

En el centro de la isla el único lugar de un cierto interés es el pueblo de Ano Mera (‘Ανω Μέρα). Su poco imaginativo -aunque descriptivo- nombre significa lugar de arriba. Aparte de la jora, es el único pueblo digno de tal nombre. Además cuenta con un pequeño pero coqueto monasterio que vale la pena visitar, llamado Panaguía Turlianá (Παναγία Τουρλιανά). Del exterior llama la atención su fachada y su campanario, realizados en mármol blanco, así como la fuente del patio.

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En el interior podemos apreciar una clásica iglesia ortodoxa, con un rico iconostasio y numerosos iconos. Por lo demás, el pueblo apenas merece un breve paseo y quizá una parada para comer en alguno de sus restaurantes, sin duda más tranquilos que los de la jora y también de mejor precio.

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BUSCANDO OTRA MÁGICA PUESTA DE SOL

Ya que el día anterior había disfrutado de la famosa puesta de sol en la Pequeña Venecia, no era cuestión de repetirla… y era fácil intuir que en Miconos debería haber otros puntos donde se pudiera gozar de una buena puesta de sol. El caso es que, habiendo vivido una larga temporada en el Egeo -aunque fuese en otra isla- se puede decir que conozco bien este mar y este cielo, y soy capaz de predecir cuándo se está preparando una buena puesta de sol. Esta vez no me equivocaba, estaba seguro… y así lo pude comprobar desde la parte alta de la jora. En ese lugar, con la población a mis pies, con el mar y el cielo teñidos ya de un tono dorado, supe que se preparaba otra espectacular puesta de sol.

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Pasando el puerto, hacia el norte, la carretera nos dirige hacia el faro de Miconos, un lugar que se revelará como una gran sorpresa. En este caso fue sencillamente mi intuición la que me dirigió hasta allá, aunque no podía imaginar hasta qué punto ese lugar me depararía unos instantes inolvidables e irrepetibles. Ya de camino, por la carretera que bordea la costa, hube de pararme pues una curiosa imagen llamó mi atención: en una playa de piedras -ahora solitaria y durante el día probablemente no muy frecuentada- una plataforma con varias tumbonas flotaba apaciblemente mecida por las olas. El cielo dorado seguía anunciando una puesta de sol de las buenas. No había tiempo que perder.

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El faro de Armenistís (φάρος Αρμενιστής), que así se llama, se yergue sobre un promontorio rocoso en el extremo noroeste de la isla. El acceso es un camino de grava muy empinado; mi avidez por contemplar esa puesta de sol que ya se adivinaba, me impedía percibir que la bajada en una frágil cuatrimoto no sería tan fácil como la subida (de hecho fue bastante complicada). Allá arriba apenas un puñado de personas llegadas en dos coches habían tenido la misma idea que yo. El lugar, y los momentos que se avecinaban, no sólo se adivinaban bellísimos, sino también exclusivos. Y es que una de las mayores satisfacciones que se pueden obtener viajando es no sólo ser testigo de algo excepcional e inolvidable, sino también poseer esos momentos y esa experiencia en exclusiva, o casi. Y así se siente uno viendo un espectáculo como éste, sobre todo viéndolo en solitario o apenas acompañado por unas pocas personas.

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Un paraje de extraordinaria belleza creado por la Naturaleza: abajo el mar Egeo en calma, como una lámina de agua azul; hacia atrás, al sur, se vislumbra la costa que lleva a la jora y al lado las pequeñas islas de Delos (Δήλος, [dílos]) y Renea (Ρήνεια [rínia]); enfrente -al norte- la silueta de la isla de Tenos (Τήνος [tínos]) y en primer término las rocas del promontorio donde se sitúa el faro. Todo ello teñido suavemente por la dorada luz proveniente del oeste; como en un cuadro pintado al óleo, este foco luminoso -el Sol, claro- se encuentra fuera de la fotografía, confiriendo a ésta un aire casi mágico. Y por si esto fuera poco, avanzando unos metros, tras el faro, aparece la silueta de una familia que, sentada sobre las rocas, se recorta sobre el mar. Se diría que pueden tocar la isla de Tenos con sólo alargar el brazo.

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Se diría que el tiempo se ha detenido y la belleza ha llegado a su cota más alta… ¿o quizá no es así? No, no es así, porque la puesta de sol sobre el Egeo apenas ha comenzado. Hasta ahora habíamos mirado hacia el norte o hacia el sur, y habíamos visto cómo el precioso paisaje se iluminaba con una cálida luz. Pero ahora es el momento de mirar al oeste, al astro rey, y el espectáculo se torna grandioso. El color del cielo, que se refleja en el mar, ya se ha vuelto intensamente rojo mientras nuestra estrella se oculta lentamente en el horizonte. En realidad, si uno se fija bien, ese horizonte es la costa de otra isla, la de Siros (Σύρος), pero tanto da… Estoy solo, en lo alto de una gran roca rodeado por el inmenso y plácido mar, frente a ese cielo rojo… Se diría un sueño.

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La isla de Miconos es puro contraste: desde la fealdad reseca de la mayor parte de su territorio, especialmente el centro y el sur, hasta el delicado encanto de su jora, uno de los pueblos más bonitos que haya visto -en Grecia o fuera de ella-; desde el azul, a veces profundo y a veces cristalino, del mar que la rodea, al cielo dorado que se torna rojo de fuego en sus puestas de sol. Una isla frecuentemente más apreciada por su vida nocturna que por sus cualidades paisajísticas y que, por lo menos fuera de la temporada alta, no sufre de aglomeraciones y es realmente cómoda de visitar.

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