Una obra de arte: “La coronación de Napoleón” de Jacques-Louis David

REPÚBLICA FRANCESA

En el último mes el terrible incendio sufrido por la catedral de París ha sido el aliciente para dedicarle tres artículos a ese majestuoso edificio. Sin embargo, más allá de su valor arquitectónico, esa catedral fue testigo de muchos episodios de la Historia de Francia, entre los cuales quizá el de mayor repercusión fue el que tuvo lugar el 2 de diciembre de 1804, inmortalizado en un famoso cuadro que actualmente se puede admirar en el Museo del Louvre de la capital gala. Un cuadro que es un testimonio único de una época que convulsionó el país y el continente entero. Vamos a analizarlo en este artículo a modo de epílogo de la trilogía.

DE CÓRCEGA A EMPERADOR DE FRANCIA

La obra que nos ocupa se titula oficialmente Consagración del Emperador Napoleón I y coronación de la Emperatriz Josefina en la catedral de Nuestra Señora de París el 2 de diciembre de 1804. Efectivamente, es un título muy largo, tanto que nunca se usa. El título más comúnmente usado es La Coronación de Napoleón, aunque también se utiliza La Consagración de Napoleón. Es un lienzo de enormes dimensiones (6,67 x 9,90 metros) y para su realización Jacques-Louis David invirtió dos años, entre 1805 y 1807. Si nos atenemos a la literalidad de la escena, el cuadro representa el momento en que el corso corona a su esposa, Josefina de Beauharnais, lo cual formó parte de la ceremonia y del acto institucional que se pretende documentar en este lienzo. Las partes esenciales de la ceremonia fueron la coronación del propio Napoléon y su consagración -es decir, la unción con óleos santos-, un ritual religioso tradicional de los reyes galos que en este caso contaría nada menos que con el concurso del papa.

Museo del Louvre

Napoleón decide reinstaurar la monarquía en Francia en su persona. Pero lo hace llevado por su propia soberbia y como muestra de su poder absoluto. Tan absoluto como lo había sido el de los reyes del Antiguo Régimen, aunque él se cree hijo de la Revolución. Por este motivo, prescinde de los lugares que se identificaban con aquéllos: ni residirá en Versalles ni se coronará en Reims. Por el contrario, hará de París el centro de su poder, que él cree emanado del pueblo: vivirá en las Tullerías y se coronará en la catedral de la capital.

Museo del Louvre

En realidad, Napoléon vino a poner orden en la deriva bárbara y sanguinaria de la Revolución. Era lo que se puede llamar un hombre fuerte que tomará -o eso pretende- lo mejor de su época y de la anterior. Así, reconcilia a Francia con la Iglesia Católica y hace venir al papa Pío VII para asistir a la ceremonia y consagrarse al estilo de los antiguos monarcas. Y sí, él mismo comenzará otra dinastía hereditaria, pero moderna y desprovista de los vicios de la anterior. Tal es su sed de gloria que no se contentará con ser rey, sino que se proclamará emperador. Él, un plebeyo nacido en una pobre isla del Mediterráneo comprada pocos años antes a los genoveses… Para ello se hará rodear de una nueva aristocracia que él mismo creará entre sus colegas militares, otros hombres fuertes de origen plebeyo como él que le serán fieles porque a él le deben lo que son. Y todos los protagonistas de este nuevo orden napoleónico están representados en esta obra, realizada para enaltecer al tirano por un artista, David, que se aprovechará de la corriente imperante para convertirse en el gran pintor de esta nueva Corte.

Museo del Louvre

Los reyes de Francia realizaban una ceremonia que era a la vez una coronación y una consagración religiosa bendecida por la Iglesia Católica. Esto es lo que pretende emular Napoleón para estar al nivel de aquéllos y de sus rivales de toda Europa. Al corso no le basta la bendición de un simple obispo, sino que se hace traer al mismísimo papa, que tras la ocupación de Roma no era otra cosa que su prisionero. El papa asiste a regañadientes, pero la humillación no llega al extremo de obligarle a coronar a Napoleón. Eso sí, Pío VII hubo de esperar la llegada del nuevo emperador durante dos horas en la gélida catedral (no lo olvidemos, era diciembre en París). Se ha dicho que el corso arrebató la corona de las manos del pontífice para coronarse él mismo. En realidad tal cosa nunca ocurrió: desde el principio había sido pactado llevarlo a cabo de esta manera. La mera presencia del papa -en el cuadro situado a la espalda del nuevo emperador- le bastaba para mostrarse como el dueño de Europa, y su autocoronación pretende indicar que no hay nadie por encima de él. Ni siquiera el supuesto representante de un dios en la Tierra.

Museo del Louvre

SUMERGIÉNDONOS EN EL CUADRO

El centro de la composición lo ocupa, cómo no, el propio Napoleón. Él es el único protagonista, él único actor; todos los demás son meros espectadores. Pero, como ya se ha señalado, el cuadro no muestra el momento de su coronación, sino el instante en que él corona a su esposa y nueva emperatriz, Josefina de Beauharnais. Ésta está arrodillada ante su admirado cónyuge, sometiéndose así al monarca. Grotesco usurpador, pero monarca al fin y al cabo.

Museo del Louvre
Museo del Louvre

Detrás de Josefina, es decir, hacia la izquierda de la composición, se despliega la familia de la pareja imperial. Comenzando por el extremo, vemos a Luis y José Bonaparte -para el vulgo Pepe Botella-, más tarde colocados por su hermano en los tronos de Holanda y España (éste último, tras haber pasado por el de Nápoles). A continuación aparecen cuatro damas vestidas de blanco a la moda de la época; son las hermanas de Napoleón (Carolina, Paulina y Elisa) y la hija, producto de un matrimonio anterior, de Josefina (Hortensia de Beauharnais). Por último, dos cortesanas sujetan la cola del vestido de la nueva emperatriz.

Museo del Louvre

Junto a las tres hermanas se sitúa el pequeño Napoleón Carlos, hijo de Hortensia y de Luis Bonaparte. Hacia el fondo de la escena encontramos a otros personajes relevantes. En primer lugar, sosteniendo el cojín de la corona, Joaquín Murat, mariscal del Imperio, esposo de Carolina Bonaparte (en consecuencia cuñado de Napoleón), y a partir de 1808 rey de Nápoles en sustitución de José Bonaparte. Sobre él destaca en la tribuna María Leticia Ramolino, la madre de Napoleón. Aquí el pintor se permitió una licencia, la única falsedad de este, por lo demás, magnífico documento histórico: la citada señora no asistió a la ceremonia en protesta por las desavenencias entre el futuro emperador y su hermano Luis. Su presencia en el cuadro -y su colocación en un lugar tan destacado- sin duda se llevaron a cabo por petición de Napoleón.

Museo del Louvre

La corona que sostiene Napoleón es un objeto real que existe todavía hoy. Fue creada por el orfebre Martin Guillaume Biennais ex profeso para esta ceremonia. Es de plata sobredorada, contiene terciopelo y trenzas bordadas y está adornada con camafeos. Napoleón quiso llamarla Corona de Carlomagno para enlazar con la tradición carolingia y todavía hoy es referida con este impropio nombre. Curiosamente fue usada de nuevo por el monarca Carlos X, de la rival casa de Borbón, con la que fue coronado en la catedral de Reims, retornando así por última vez a la tradición monárquica francesa. Aunque Jacques-Louis David asistió a la ceremonia en la catedral, parece no recordar en detalle la corona, y se diría que la que el pintó se inspira más en la corona de Luis XV, utilizada por los monarcas anteriores. Ambas coronas se encuentran hoy expuestas en el Museo del Louvre. Véanse a continuación a efectos de comparación (primero la de Luis XV y después la usada por Napoleón).

Museo del Louvre
Museo del Louvre

EL FINAL DE DAVID Y NAPOLEÓN

El autor de esta magna obra, Jacques-Louis David, fue testigo de la ceremonia y se autorretrató en el cuadro. Está entre el público que asiste a la escena en la tribuna superior, sobre la madre de Napoleón. Abrazó la Revolución y participó en El Terror. Fue responsable de varias condenas a muerte, entre ellas -ironías del destino- la de Alexandre de Beauharnais, primer marido de Josefina. Siempre al sol que más calienta, después unió su nombre y su porvenir al del emperador, y como consecuencia de la caída de éste, hubo de exiliarse. Terminó sus días en Bruselas, entonces perteneciente al Reino de los Países Bajos, en 1825.

Museo del Louvre

Las principales obras de David se pueden admirar hoy en día en el Museo del Louvre. Se le considera el pintor más destacado del Neoclasicismo y probablemente es el pintor más importante que ha dado Francia, un país cuya aportación al arte pictórico ocupa un lugar secundario en Europa, muy por detrás de la pintura española, la italiana o la flamenco-holandesa. Como curiosidad cabe destacar que para la realización de este cuadro posaron todos los personajes principales, incluido el papa, pero no así Napoleón. Éste, sin embargo, contempló la obra terminada durante toda una hora y quedó muy complacido, aunque el artista hubo de rehacer varios detalles para satisfacer algunos caprichos del corso. Recibió 24 000 francos por el trabajo.

Museo del Louvre

En cuanto a Napoleón, obtuvo la gloria que buscaba, si bien no le duró mucho, ya que murió en prisión en la isla de Santa Elena en 1821. Eso sí, la democrática y republicana Francia se ha ocupado de honrarlo y colmarlo de esa gloria a título póstumo, ya que lo conserva enterrado en un gran mausoleo bajo una cúpula de oro.

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