La Santa Capilla, el tesoro escondido de París

 

REPÚBLICA FRANCESA

Corría el año de 1241 cuando Luis IX, rey de Francia, se dejó embaucar por el avispado emperador bizantino Balduino II, que le vendió un montón de morralla, la cual -así le hizo creer- habría pertenecido a Jesucristo, y se habría usado durante la mítica ejecución de aquél. El tal Balduino era Emperador Latino de Oriente cuando ya sus dominios se habían reducido a la mínima expresión, encerrados en las murallas de Constantinopla. Ciertamente, su pomposo título resultaba grotesco en tales circunstancias. Acosado por sus poderosos enemigos y apenas capaz de mantener la corona sobre sus sienes, encontró la manera de obtener unos ingresos que le dieran un respiro en la persona del ingenuo Luis. En cuanto a este último, tras la citada compra y una vida llena de beaterías, el papado premió sus empeños, ya que fue canonizado apenas 27 años después de su muerte. Hoy es conocido como san Luis de Francia y es considerado el patrón de la nación gala.

UNAS RELIQUIAS UN POCO SOSPECHOSAS

El supuesto tesoro lo incluían, entre otras fruslerías (y atención porque la lista no tiene desperdicio): la corona de espinas, parte de la cruz, el hierro de la lanza y la esponja. Aun en el caso de que el mítico personaje hubiera existido y su mítica ejecución hubiera tenido lugar -afirmaciones nunca probadas y que por lo tanto permanecen en el ámbito de la mitología-, es sencillamente ridículo imaginar y menos aún sostener que alguien se hubiera dedicado a recoger esos objetos que entonces eran carentes de todo valor. ¿Acaso alguien que pasaba por allí pensó que siglos más tarde uno de esos condenados ejecutados por los romanos iba a ser famoso y sería posible traficar con sus despojos? Por otro lado, ¿cómo diablos se mantuvieron la corona de espinas y el trozo de la cruz durante doce siglos sin pudrirse? ¿Y la lanza cómo la obtuvo? ¿acaso se la robó al soldado romano a puñetazo limpio? ¿Y la esponja? ¿podemos imaginar a alguien recogiendo y guardando una asquerosidad impregnada con restos de vinagre y sangre de un moribundo?

París
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En fin, el caso es que en el siglo XIII alguien podía comprar esas naderías sin valor y ser canonizado por ello. Y si todo un rey de Francia hacía semejante cosa es porque sabía que sus súbditos, millones de personas, eran tan crédulos como él y concederían un enorme valor emocional a esos objetos, hasta el punto de que nadie osaría poner en duda su autenticidad y su poder. Y eso convertiría a Luis en una especie de campeón entre los monarcas europeos. Pero el colmo del absurdo es que para albergar su curioso tesoro de madera, hierro y quién sabe qué fluidos (y de quién), el rey mandaría construir un enorme cofre que estuviera a la altura de tales prodigios. Maravillosa paradoja, pues esta historia absurda y grotesca, que hoy haría ruborizar a cualquiera, dio como resultado la obra más asombrosa, excelsa y delicada del Gótico mundial, cuya contemplación todavía hoy nos deja con la boca abierta. Se trata de la Capilla Real de la Isla de la Ciudad (Chapelle Royale de l’Île de la Cité), conocida por el vulgo simplemente como la Santa Capilla de París (Sainte-Chapelle de Paris).

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LA CONSTRUCCIÓN DE LA SANTA CAPILLA DE PARÍS

Esta iglesia fue concebida como un enorme relicario de piedra y vidrio, que al mismo tiempo ejercería la función de capilla palaciega, ya que fue erigida en el interior del Palacio Real medieval. De este palacio el único resto todavía existente es la muy cercana Conserjería, que en siglos posteriores recibiría otros usos, entre ellos el de prisión real (de hecho fue la última morada de la reina María Antonieta antes de ser decapitada en 1793). Sucesivamente los reyes de Francia se trasladarían al Louvre y posteriormente a Versalles, por lo que casi todo el complejo palaciego sería destruido y acabaría siendo sustituido por el Palacio de Justicia, que hoy rodea completamente la Santa Capilla. Aunque el estilo arquitectónico es claramente diferente, la coincidencia de materiales confiere al conjunto la suficiente armonía, lo cual es una constante en la capital gala. He aquí una magnífica reconstrucción hipotética del palacio real medieval -con la Santa Capilla en su interior- en el siglo XIV, realizada por la empresa Dassault Systèmes para el Centro de Monumentos Nacionales (Centre des Monuments Nationaux).

La autoría del edificio se atribuye a Pierre de Montreuil, quien también diseñó las otras dos joyas sublimes del Gótico en París, la catedral y la abadía de San Dionisio (el panteón real de Francia). Es enteramente de piedra con tejado de pizarra, tan característico del norte de Francia, y una aguja calada -pura filigrana- de madera de cedro. Sufrió desperfectos en las sucesivas revoluciones que asolaron Francia en sus turbulentos siglos XVIII y XIX, por lo que hubo de ser restaurada por Eugène Viollet-le-Duc, quien, como era su costumbre, añadió algunos elementos de su cosecha, pero en lo esencial se conserva fiel al original del siglo XIII. La aguja, eso sí, fue rehecha varias veces y la que vemos en la actualidad es la tercera.

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La fachada principal tiene dos niveles, cada uno de ellos con su propia portada. Ambos se corresponden con el interior, que en realidad está dividido en dos iglesias independientes, una encima de la otra, y que en la época de su construcción estaban incomunicadas. Cada una tenía un acceso diferente y la utilizaban personas diferentes. La inferior era usada por el pueblo llano y tenía el mismo acceso desde la calle que usamos hoy. La superior estaba reservada a los miembros de la Familia Real y la alta nobleza, y a ella se accedía directamente desde las dependencias del Palacio Real, adosado al edificio por el lado izquierdo, exactamente como hoy lo están los muros del Palacio de Justicia. Por lo tanto, la estrecha escalera interior por la que hoy subimos de una capilla a la otra, no existía y fue añadida mucho más tarde. Obsérvese que cada portada cuenta con un tímpano, ambos con relieves góticos de magnífica factura.

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UN BONITO APERITIVO: LA CAPILLA INFERIOR

Entramos y accedemos a la capilla inferior. Es bonita pero no impresionante. Es gótica pero como miles de capillas que hay repartidas por Europa. Y es que esta pequeña capilla no fue hecha para impresionar, su función fundamental es estructural. En otras palabras, el techo constituye la sólida base que soporta el esbeltísimo pero pesado armazón de la capilla superior, que veremos más tarde. Consta de las habituales bóvedas de crucería pintadas de azul y repletas de flores de lis, emblema del Reino de Francia, que contrastan agradablemente con las nervaduras doradas. Como se ha dicho, estaba abierta a los súbditos del rey, pero aquél y su corte accedían a la superior por otro lugar, y ambas estaban incomunicadas, por lo cual una y otra clase social nunca se mezclaban. La capilla inferior está dedicada a la virgen y tiene unas pequeñas vidrieras -que no se comparan ni de lejos con las de arriba, como veremos seguidamente- y hoy en día alberga la tienda de recuerdos del monumento.

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Los españoles que visiten esta capilla inferior se sorprenderán gratamente, ya que por doquier vemos dos motivos decorativos que cubren la superficie de muros y columnas: a las flores de lis doradas sobre fondo azul se añaden los castillos dorados sobre fondo rojo, emblema de Castilla, en honor de la madre del rey, la infanta Blanca de Castilla. Preside la cabecera una estatua del monarca.

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LA MARAVILLOSA CAPILLA SUPERIOR

Lo más asombroso de la Santa Capilla es la velocidad de vértigo con la que se construyó, pues se cree que fue comenzada el mismo año de la llegada de las supuestas reliquias, 1241, y fue terminada sólo siete años más tarde, en 1248. Por ello, cuando observamos el edificio, en el exterior pero sobre todo en el interior, no podemos por menos que maravillarnos con la eficacia y la maestría de quienes la proyectaron y la construyeron, con los primitivos medios de que disponían hace ocho siglos. Y esta admiración se acentúa al contemplar el grandioso trabajo realizado en vidrio, que cubre la mayor parte de la superficie construida en la capilla superior. Así, prácticamente los altísimos muros dan la impresión de haberse volatilizado. Por su parte, el visitante se siente como si estuviera en el interior de un gigantesco caleidoscopio.

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Las vidrieras son la gran maravilla de este edificio. Recorren los muros de la capilla superior en todo su perímetro. Son 15 vidrieras originales del siglo XIII, perfectamente conservadas a pesar de haber pasado por numerosas revoluciones y guerras. Precisamente sobrevivieron a las dos guerras mundiales porque fueron desmontadas cuidadosamente y almacenadas en un lugar seguro tanto en 1914 como en 1939. En todo caso, debemos recordar que la capital francesa acabó saliendo incólume de ambas conflagraciones porque no fue bombardeada en ninguna de las dos. Pero eso no lo podían saber entonces.

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Por su extensión, calidad, armonía y antigüedad se trata de un conjunto excepcional a nivel mundial. Las vidrieras se distribuyen de la siguiente manera: ocho en los lados largos (norte y sur), a razón de cuatro en cada lado, y siete en la cabecera (extremo este). El lado corto (oeste) no tiene paneles verticales pero cuenta con un gran rosetón, también realizado con la misma técnica. Los amplios ventanales laterales constan de cuatro paneles verticales, con unas medidas de 15,35 x 4,70 metros, mientras que los siete del ábside son un poquito más bajos y presentan la mitad de la anchura: 13,45 x 2,10 metros. Así pues, en total las 15 vidrieras se componen de 44 paneles verticales que suman 612 metros cuadrados (con el rosetón incluido).

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Se puede aducir que no es una superficie muy impresionante si la comparamos con algunas catedrales góticas; por ejemplo, las vidrieras de nuestra catedral de León triplican esta cifra. Pero ahí está la clave: no se trata de una gran catedral, sino de una capilla, y por lo tanto el edificio en sí es mucho más pequeño. La proporción de vidrio aquí en relación a los muros de piedra es mucho mayor. Efectivamente, en el interior uno tiene la sensación de que se encuentra en un edificio enteramente de vidrio, con apenas unas finas nervaduras de piedra que sostienen el conjunto. Un equilibrio perfecto entre fragilidad (aparente), esbeltez, color y luz. La audacia de sus constructores es sencillamente admirable.

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Las vidrieras contienen 1.113 escenas que constituyen algo así como un tebeo -o historieta- que se desarrolla de izquierda a derecha y cada una de ellas de abajo a arriba. De las 15 vidrieras, 14 son mitos bíblicos, desde el Génesis hasta el mito de Cristo. Sin embargo la última, al comienzo del muro derecho, cuenta la llegada de las reliquias a París y su recepción por parte de un orgulloso Luis IX que no quiso dejar de aparecer entre sus admirados personajes bíblicos. Es de suponer que al monarca este desliz de vanidad le costaría unos cuantos siglos de purgatorio, pero quién podría resistirse…

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LA IMPORTANCIA DE LA LUZ

A estas alturas ya ha quedado claro que las vidrieras son el auténtico tesoro de la Santa Capilla, y por las especiales características de esta obra de arte, escoger el día para visitarla no es un asunto baladí. Tengamos en cuenta que en este caso la luz obligatoriamente ha de venir de fuera, no de dentro. Obviamente si visitamos París en unas fechas concretas no tendremos muchas opciones, pero siempre que sea posible habremos de prestar mucha atención a las siguientes directrices, siempre jugando con la luz y la forma en que ésta atraviesa las vidrieras. En primer lugar, un día nublado, de cielo gris, daría como resultado un interior muy oscuro y no las apreciaríamos bien. Por otro lado, un día veraniego de sol radiante -no muy frecuente en la capital gala, pero posible- haría unos bonitos efectos de rayos de colores entrando oblicuamente, pero dificultaría una buena contemplación de los paneles y sus dibujos, y haría casi imposible fotografiarlos. Por lo tanto lo mejor es un día con buena iluminación, pero suave, como el día en que fueron tomadas estas imágenes.

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Los edificios del Palacio de Justicia que rodean la capilla están bastante próximos pero no tanto como para impedir la entrada de la luz (salvo en la parte más baja del lado izquierdo). Obviamente, las vidrieras que más vamos a disfrutar son las del lado derecho, ya que están orientadas al sur, que es donde se encuentra el sol en el hemisferio norte. Todas las que aparecen aquí llenas de luz y colorido son de ese lado, así como también de la cabecera. Sin embargo, si observamos las del lado izquierdo, sobre todo las más bajas, que no reciben nada de luz exterior, podremos apreciar perfectamente cómo están construidas. Se trata de miles de pequeños vidrios de colores separados por un armazón de plomo que forma los contornos de los dibujos. Además, sobre cada pequeño fragmento de vidrio los artistas dibujaron los detalles con líneas negras. Los colores predominantes son el azul y el rojo, y en menor medida el amarillo y el blanco.

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EL ROSETÓN

Miremos ahora hacia atrás. Se nos presenta un panorama igual de impresionante, pues en este caso las vidrieras laterales nos dirigen hacia una fachada plana (la que hemos visto desde fuera, antes de entrar) que se divide en dos partes. En la mitad superior, un gran rosetón de 9 metros de diámetro, realizado con la misma técnica que todas las demás vidrieras, un elemento característico del Gótico francés y que encontramos en las grandes catedrales. Éste cuenta con escenas relativas al Apocalipsis según san Juan. No entraremos mucho en la paranoia que se montó este hombre en su cabeza ni en lo que se fumó antes de escribirlo, pero baste decir que Jesucristo, en la escena central, aparece representado sujetando una espada con la boca, cual pirata preparándose para el abordaje. Mientras, en la mitad inferior aparecen las tres portadas por las que entraban a esta capilla los miembros de la corte, hoy en desuso. Las pinturas son de factura claramente neogótica del siglo XIX, pues les falta ese punto de tosquedad medieval.

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Pero ¿y las reliquias de marras? No olvidemos que toda esta grandiosa obra que ahora produce nuestra admiración se construyó principalmente como un enorme relicario para conservarlas y exhibirlas. Pues bien, en el pasado se exponían en un catafalco situado en la cabecera -su lugar lo ocupa ahora uno realizado durante las restauraciones del siglo XIX- pero ahora ya no están aquí sino en la catedral, adonde llegaron después de varias peripecias, saltando de revolución en revolución. Y he aquí el último dato, el más sorprendente de todos: esas supuestas reliquias le costaron al santurrón de Luis IX el triple que la construcción de la propia Santa Capilla. Gran negocio para Balduino, el cual encontró cómo consolarse por la pérdida de su menguado imperio. Y en el fondo los mas afortunados somos nosotros, que muchos siglos después podemos deleitarnos con el resultado de esta rocambolesca historia, aun sin ser miembros de la realeza francesa.

TEXTO Y FOTOS © LAGARTO ROJO
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