Quito (II): Una “catedral francesa” en los Andes

REPÚBLICA DEL ECUADOR

Como ya vimos en el artículo anterior, la ciudad de San Francisco de Quito fue fundada en 1534 por Sebastián de Belalcázar en un llano rodeado por altas colinas e incluso un gran volcán, el Pichincha. Sin embargo, aquellos primeros pobladores no podían imaginar que hoy Quito sería el hogar de dos millones y medio de personas. Como es fácil imaginar, esta población ha rebasado con creces el espacio disponible para aquella pequeña ciudad española, y barrios de toda índole se extienden por las laderas montañosas circundantes. Mi pequeño pero muy coqueto hotel estaba situado justo al lado de las escaleras de subida a uno de los cerros, llamado Itchimbía. Y por qué no, ya que el eterno cielo encapotado quiteño me dio una tregua y se abrió, una buena manera de comenzar la mañana sería echar un vistazo desde allá arriba para tomar unas buenas instantáneas.

EL CERRO DE ITCHIMBÍA

En la cima hay un parque que ofrece buenas vistas sobre el centro histórico, aunque me aventuro a afirmar que deben de ser aún mejores desde un restaurante colgado sobre el casco urbano, el que vemos en la foto. Efectivamente, desde aquí se puede apreciar la disposición de la ciudad en el llano rodeado de colinas, y justo enfrente, el volcán Pichincha. Sin embargo, en este paisaje urbano hay algo que no encaja: en medio del caserío sobresale imponente lo que parece ser una catedral gótica. Se diría que estuviéramos contemplando una ciudad francesa, pero no: esto es Quito, en plenos Andes. Sí, vamos a explorar la ciudad histórica, pero esta anomalía ejerce una poderosa fuerza de atracción, así que vamos a conocerla de cerca.

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Antes, sin embargo, echemos un vistazo a la plaza de toros Belmonte, un curioso recinto que ya se vislumbraba desde lo alto de la colina. Está justo debajo, en un agradable barrio de casitas bien conservadas. Este coso taurino es ciertamente muy peculiar, ya que está construido aprovechando la inclinación del terreno de la ladera, de modo que la entrada no tiene muro, sólo una verja, y el público accede al interior directamente por la parte alta del graderío. La suerte me hace coincidir con un empleado que abre la verja para realizar algún trabajo y amablemente me permite entrar a tomar unas fotos.

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PUES SÍ, HAY UNA CATEDRAL FRANCESA EN MEDIO DE QUITO

Ahora sí, vamos a ver la iglesia gótica. En realidad ya conocía de su existencia, pero realmente es difícil de imaginar hasta que uno la ve. Sí, parece una catedral medieval europea, lo cual no tiene ningún sentido en estas tierras. Es necesario recordar que el Descubrimiento de América coincide aproximadamente con el desarrollo del Renacimiento en Europa, y éste es el estilo que impregna las ciudades españolas en aquel continente a lo largo del siglo XVI. Por lo tanto, no existen las iglesias góticas en América, si exceptuamos la catedral de Santo Domingo -la primera ciudad del Nuevo Mundo, como vimos en este artículo-, la cual en cualquier caso ya es claramente de transición. En realidad lo que tenemos ante nuestros ojos es la basílica del Voto Nacional que, como es fácil suponer, es una iglesia neogótica iniciada en 1892 y construida a lo largo del siglo XX. Aunque se sigue trabajando en ciertos detalles, en lo fundamental está terminada y fue inaugurada en 1988.

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Los planos se inspiraron en la catedral de París, aunque quien conoce aquella iglesia advierte al instante que muchos detalles son diferentes. A modo de ejemplo, las dos torres están terminadas en un remate puntiagudo, algo que nunca se llegó a realizar en la capital gala. Sin embargo, la estructura es la misma, empezando por la fachada principal con dos torres y tres portadas y continuando por las tres naves con transepto que vemos al entrar. Del interior apenas hay nada que destacar, ya que las capillas y los pocos detalles decorativos carecen de interés. Lo que sin duda llama la atención, hasta el punto de dejar al espectador boquiabierto, es la extraña sensación de bilocación: es decir, sentirse en algún lugar de Francia (u otro país de Europa occidental) aun sabiéndose en plenos Andes. Y es que por la época de su construcción debemos clasificarla como neogótica, pero en este caso, más que una influencia o una inspiración, estamos viendo una magnífica imitación. Podemos hablar de una catedral gótica moderna.

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Lo bueno de este edificio es que se construyó con la posibilidad de acceder a sus cubiertas. En primer lugar llegamos a un mirador situado a los pies de la nave central, que nos permite apreciar todos los elementos más característicos del gótico puro, tales como las bóvedas nervadas, los arcos ojivales y las vidrieras que cierran los amplios ventanales. Éstas últimas son magníficas: imitan a la perfección el estilo de sus primas europeas.

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Desde aquí avanzamos por un corredor que nos permite entender el truco de esta iglesia, es decir, aquello que le quita todo el valor que sí tienen las verdaderas catedrales góticas levantadas en la Edad Media: las bóvedas son de hormigón y las cubiertas son metálicas. Este corredor nos lleva al exterior para subir al mirador situado en la aguja central, tan característica del gótico francés. En la subida podemos apreciar de cerca algunos detalles como las gárgolas en forma de extrañas aves (¿quizá gaviotas o cormoranes?) y otros aún en proceso de construcción. La subida por una estrecha y empinada escalera puede ser lenta si hay mucha gente, pero una vez arriba las vistas son sencillamente impresionantes.

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Y quién podría imaginar tener estas vistas de una catedral gótica en este lugar, algo que no es posible en Europa. No recuerdo ningún caso en que sea posible subir hasta este punto, la aguja situada sobre el crucero, un elemento que además es casi exclusivo de los templos franceses. Sea como fuere, la perspectiva es inédita: ante nuestros ojos, toda la longitud de la nave central y tras ella los dos campanarios. Más allá, perfectamente enmarcado entre ambos, otro cerro, quizá el más conocido de la ciudad, y que conoceremos más adelante: el Panecillo. Sobre él distinguimos la extraña silueta de una gran estatua.

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A medio camino destaca la blanca torre de la catedral. Junto a ella, un larguísimo eje viario, la calle Venezuela, que pasa también a los pies de la basílica donde nos encontramos. Tal alineación es simplemente casual, pero nos recuerda la disposición cuadriculada de las ciudades americanas, ya perdida en España, pero que se conserva en los cascos antiguos al otro lado del océano. Mientras, en dirección contraria, hacia el norte, podemos observar la ciudad moderna, que se extiende hasta donde alcanza la vista.

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MAGNÍFICAS IGLESIAS POR DOQUIER

En el artículo anterior ya se ha mencionado la calle de las Siete Cruces por la belleza de sus edificios. Vamos a prestar atención ahora a dos iglesias situadas en esta calle en el primer tramo al sur de la Plaza Grande. Allí, justo después del campanario de la catedral, vemos otra iglesia de sobria fachada pétrea: es el Sagrario de la catedral, que se encuentra por lo tanto separada de aquélla, algo desconocido en España pero muy frecuente en América (véase este artículo sobre la catedral de la Ciudad de Méjico, por ejemplo). La verdad es que su interior no es de los mejores de la ciudad, pero sí que llama poderosamente la atención su mampara, un elemento característico de las iglesias quiteñas. Es una segunda puerta situada al interior del templo y que en muchos casos está exenta y cumple la función de aislar el interior del exterior, tanto visual como acústicamente. Pues bien, la del Sagrario es quizá la más rica de la ciudad, lo cual no es sorprendente si consideramos que es obra de Bernardo de Legarda, el más destacado escultor y pintor de la Escuela Quiteña. Pura filigrana en madera dorada.

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Un poco más abajo siguiendo la calle hay otra fachada, más grande e imponente, pero aun así el viandante no puede ni por asomo imaginar lo que se esconde tras ella. Se trata de la gran joya escondida de Quito, una de las iglesias más ricas, exuberantes y perfectas en su ejecución que se pueden ver en América y en el mundo. Quizá la obra cumbre del Barroco español: la iglesia de la Compañía. Una maravilla que enlaza perfectamente el modelo de iglesia jesuítica creado en Roma con la tradición española, y que por sí sola merece un completo artículo con más de 40 fotografías. Eso es exactamente lo que hice, así que si el lector quiere conocerla en profundidad, sólo tiene que seguir este enlace. De momento, he aquí un pequeño aperitivo para abrir boca:

Iglesia de la Compañía
Iglesia de la Compañía
Iglesia de la Compañía
Iglesia de la Compañía

Unas pocas cuadras -como dicen allá- al norte de la plaza Grande se encuentra la iglesia de la Merced, que tiene el rango de basílica. Es una preciosa iglesia del siglo XVIII que sigue el modelo de la iglesia de la Compañía. Entre sus similitudes, el mismo diseño de planta y de decoración -también barroco-mudéjar- pero a diferencia de aquélla ésta no está recubierta de oro. En la puerta observamos una curiosidad: el escudo de la orden mercedaria, en cuya mitad inferior aparecen las Armas de Aragón. Dicho emblema heráldico está mal representado, ya que los palos deberían ser cuatro, no cinco.

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También a pocas cuadras de la Plaza Grande, pero esta vez hacia el este, se encuentra la iglesia de San Agustín, que destaca por su armoniosa fachada y su maciza torre. La primera se divide en tres partes, las dos laterales encaladas y la central de piedra, realizada con exquisito gusto renacentista. El robusto campanario sobresale de la fachada y es de poca altura, apenas 37 metros. Aún conserva las campanas originales del siglo XVII. Al interior esta iglesia es de las más flojas, aunque tiene algunos retablos notables. Llama la atención el segundo de la izquierda, dedicado a las almas del purgatorio, representadas por unos personajes de impecable cutis que arden gozosos entre unas llamas esbeltas como cipreses. Ay, esa hilarante mitología cristiana…

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Dirigiéndonos ahora hacia el sur llegamos a la plaza de Santo Domingo, que recibe su nombre del conjunto conventual erigido por la orden dominica en el siglo XVI. Esta iglesia también es blanca con una portada resaltada en piedra, de aspecto bastante sencillo. El interior sorprenderá al visitante por su colorido y los múltiples detalles de su decoración pintada -de inspiración mudéjar-, sus varios retablos tallados, sus dorados… y sobre todo por su preciosa techumbre de madera que se diría traída del mismísimo Teruel. Por cierto, ¿aún no conoces esa maravilla del mudéjar que es la techumbre de aquella ciudad aragonesa? pues no esperes más y descúbrela en este artículo.

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LA CALLE LA RONDA, PARA SALIR A CENAR Y PARRANDEAR

Después de tanto deambular entre capillas y altares, es necesario desintoxicar la mente y dar algún gozo al cuerpo. Para ello, no podemos dejar de conocer una de las calles con más tradición de esta ciudad. La calle de Juan de Dios Morales, vulgo La Ronda, siempre frecuentada por quiteños y foráneos, cobra más vida al caer la noche. Está situada al pie del cerro del Panecillo y es una de las más antiguas de la capital ecuatoriana. Su arquitectura recuerda a un pueblo español -cosa que no debería soprendernos- y sus edificios, recuperados del deterioro y rehabilitados en 2006, hoy contienen comercios de artesanía, bares típicos o restaurantes.

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Uno de esos edificios, casi al final de la calle, ha sido habilitado como un pequeño pero curioso museo, en el cual se reproducen algunos oficios tradicionales, tales como una panadería, una casa de empeños o una peluquería. En sus varios establecimientos se pueden degustar las especialidades locales, como el canelazo, una bebida caliente que no ha de preocupar a quienes odiamos la canela, ya que de ella apenas tiene el nombre. Con la suerte de encontrar La Ronda teñida por el azul intenso del anochecer, vemos cómo la calle se va animando con más y más curiosos, entre espectáculos de danza callejera, vendedores ambulantes y promotores que intentan atraernos a sus locales.

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Llegamos al final de este segundo paseo por el casco antiguo de Quito, en el que las iglesias han ocupado un lugar muy destacado. La Iglesia Católica, allá como en todos sitios, siempre fue pertinaz acumuladora de riquezas pero por esto mismo también fue mecenas del arte. Así, no se podría entender la Escuela Quiteña sin las obras que sus artistas realizaron para las órdenes religiosas. Hoy esas iglesias son un reflejo indiscutible de la herencia cultural española en aquellas tierras. Eso, sin contar que la capital ecuatoriana también posee una catedral francesa.

TEXTO Y FOTOS © LAGARTO ROJO
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2 comentarios sobre “Quito (II): Una “catedral francesa” en los Andes

  1. Pues la verdad, no sabia que habia una catedral de inspiración francesa en Quito, en tus artículos me entero de cosas que no tenia ni idea que pudieran estar, salvo claro que se vaya a la ciudad en cuestion.
    Muy bien, siempre aprendo cosas.
    un saludo

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    1. Pues sí, es tal cual, es como se puede ver en las fotos. Es algo que te deja boquiabierto. ES como si viéramos una pagoda china en el centro de Madrid, por ejemplo.

      No sabes cómo me alegran los comentarios como el tuyo. Eso me indica que las muchas horas invertidas valen la pena. Un saludo.

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