LA ISLA DE SANTORÍN (II): ACANTILADOS Y PUESTAS DE SOL

Santorín es la más meridional de las islas Cícladas, en el centro del Egeo. Una catástrofe de proporciones casi inimaginables (que ya vimos en la primera parte de este artículo) la condenó desde tiempos antiguos a ser un pedrusco volcánico en medio del mar, azotada por los vientos y de pobres recursos. Sus gentes vivieron durante siglos de lo poco que les daba la agricultura. Hasta que llegó el turismo y lo transformó todo. La isla se llenó de hoteles, apartamentos y tiendas de recuerdos para las hordas de forasteros que venían a admirar una maravilla de la Naturaleza que los lugareños, por la fuerza de la costumbre, consideraban normal. A continuación vamos a conocer los lugares más típicos de la isla, ésos que aparecen en las portadas de los folletos turísticos. Y que sí, son una maravilla.

LA COSTA ORIENTAL: CAMARI

De la costa oriental, Camari (Καμάρι), en el extremo sur, es el centro vacacional por excelencia. Es una larga playa negra a la sombra de la mole rocosa del monte del Profeta Elías (όρος Προφήτης Ηλίας), que se introduce en el mar. Justo al otro lado de esta roca se encuentra Perisa (Περίσσα), que ya apareció en la primera parte de este recorrido, pero ambas localidades, distantes apenas unos cientos de metros en línea recta, están totalmente incomunicadas por esta roca. Volviendo a Camari, es un lugar vulgar lleno de anglos y similares que buscan tumbarse al sol como cangrejos. El tipo de gente que llega a Santorín desde muy lejos y se instala allí en lugar de hacerlo en el acantilado… Huelga decir que Camari es el reino del apestoso pichinglis, de griego no tiene más que el nombre.

Santorín

Desde Camari se ve con facilidad la pequeña isla de Ánafe (Ανάφη, Anafi), de menos de 300 habitantes. Grecia posee unas 100 islas habitadas repartidas entre seis archipiélagos principales. El archipiélago de las Cícladas, al que pertenece Santorín, consta de 24 islas habitadas. Así las cosas, lo habitual si estamos en una isla griega es que en diferentes direcciones podamos ver otras islas. Desde Santorín, además de Ánafe, se pueden ver las islas de Íos (‘Ιος), Síquinos (Σίκινος) y Folégandros (Φολέγανδρος).

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Saliendo de Camari podemos tomar una carretera secundaria que recorre la costa oriental. Desde ella salen desvíos que nos llevarán a pequeñas playas menos frecuentadas, como la de Monólizos (Μονόλιθος), o a solitarios parajes donde podremos encontrar estupendos restaurantes donde degustar una buena dorada a la plancha o unos pulpitos. Esta carretera pasa al lado del aeropuerto, una zona restringida por ser de carácter militar. Una de las imágenes más curiosas, una de ésas que parecen como de broma, es una de esas ermitas que encontramos por doquier: al construirse el aeropuerto, ésta quedó ligeramente incluida en el recinto y claro, en un país donde (en pleno siglo XXI) hay religión oficial del Estado, no iban a derribar la ermita (que no tiene un interés especial) o trasladarla, no… lo que hicieron fue rodearla completamente con la verja, con un pasillo de acceso y todo.

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EL LEJANO NORTE: ÍA

Viajando hacia el norte encontraremos asombrosos paisajes, ya que la isla se hace cada vez más estrecha y en un punto determinado llega a tener apenas dos quilómetros de anchura. En ese lugar hay un chiringuito de carretera con magníficas vistas a ambos lados, hacia la caldera y hacia la cercana costa oriental. Por su parte, los amantes del senderismo pueden hacer el camino a pie desde Firá (la capital, que veremos más tarde) hasta el pueblo de Ía (Οία), en el extremo norte de la isla, a lo largo de 10 quilómetros. El sendero discurre siempre por el acantilado.

Santorín

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Ía es el pueblo donde termina Santorín. Si llegas en barco, te da la bienvenida a la isla y te despide cuando te vas. Aquí el acantilado es menos abrupto y de menor altura, uno se siente bastante cerca del agua. Aunque tiene muchos turistas que vienen a disfrutar de su belleza (especialmente a la hora de la puesta del sol, de fama internacional), en general tiene un carácter residencial y da la impresión de ser más elegante, más pijo (en Hispanoamérica fresa, gomelo, sifrino, pituco, cheto o pelucón).

Santorín

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Sus pendientes, más suaves que las de los otros pueblos del acantilado (como veremos más adelante), ofrecen numerosos lugares propicios para hacer esa típica fotografía delante de la caldera. Y si tienes la suerte de tener una novia como ésta, qué mejor lugar para sacarle unas fotos con el móvil…

Santorín

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Aquí, como en otros lugares de la isla, no faltan los chinos tomándose fotos vestidos de boda… En Zaragoza cuando te casas te llevas a tu cuñado, ése que se acaba de comprar una cámara buena, y te sacas unas fotos en la plaza del Pilar y el Puente de Piedra. Y tan contentos. Los chinos, que todo lo hacen a lo grande, se llevan un fotógrafo profesional (¡pagándole el viaje!) a la otra punta del mundo para que les tome fotos. Se les puede ver haciendo esta ridiculez en numerosos lugares de Europa, pero Santorín es uno de sus favoritos. Ay, la mente inescrutable de los chinos…

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Ía también tiene un puertecito, justo en los límites de la caldera, repleto de restaurantes donde degustar un buen pescado. Tiene unos precios acordes al encanto del lugar, pero de vez en cuando hay que darse un capricho… Especialmente por la noche, es el sitio ideal para una cena romántica.

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POR FIN: FIRÁ, LA CAPITAL

En las islas griegas la capital suele llamarse Jora (Χώρα), pero Santorín constituye una de las pocas excepciones. Aquí tiene un nombre propio: Firá (Φηρά). Se encuentra aproximadamente en lo alto del acantilado. Cuenta con un pequeño puerto con capacidad apenas para pequeñas embarcaciones, que durante siglos fue la puerta de entrada a la isla, hasta la construcción del actual puerto. Hoy es utilizado casi en exclusiva por excursionistas llegados desde los cruceros, que ascienden hasta la cima por las escaleras o utilizando el moderno teleférico.

Santorín

Firá, con sus 2500 habitantes, es la mayor población de Santorín. Además de tener concentrados todos los servicios administrativos de la isla, cuenta con la mayor parte del comercio y agencias turísticas, que es con diferencia el primer sector económico. Tiene dos calles principales, dispuestas de forma paralela, una al interior y otra sobre el acantilado. En esta última se encuentra la catedral ortodoxa, un edificio poco agraciado construido para sustituir a la antigua, destruida por el terremoto que acompañó a la última erupción, en 1950.

Santorín

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Desde esta calle principal Firá ha ido creciendo por el acantilado, y actualmente sus casas antiguas se mezclan con cientos de apartamentos turísticos, tiendas y bares, lo que no hace que pierda su encanto. Los turistas, atraídos por el poderoso imán que es la presencia de la caldera y el volcán, abarrotan esta parte del pueblo tanto de día como de noche.

Santorín

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EL CAMINO DEL ACANTILADO: FIROSTEFANI E IMEROVIGLI

Justo al norte de la capital existen otros dos núcleos, Firostefani (Φηροστεφάνι) e Imerovigli (Ημεροβίγλι). Un crecimiento urbanístico desaforado ha unido los tres en una conurbación sobre el acantilado. El sendero que discurre hasta el norte de la isla aquí está totalmente integrado en el entramado de callejuelas entre los apartamentos y hoteles que se desparraman por el borde del precipicio. Por su estrechez, casi deberíamos hablar de pasillos.

Santorín

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En realidad, estos pasillos y las escaleras que bajan o suben entre las diferentes edificaciones constituyen un verdadero laberinto de gran encanto, más aún con el azul de la caldera al fondo. No es necesario decir que estas poblaciones viven absolutamente del turismo y las habitaciones en esta zona suelen ser las más caras de la isla. En Firostefani se encuentra además la catedral católica, en realidad una pequeña y coqueta iglesia de tonos anaranjados. Esta minoría religiosa es una herencia de la época de dominación veneciana (siglos XIII – XVI).

Santorín

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INOLVIDABLE PUESTA DE SOL EN LA CALDERA

Asistir al grandioso espectáculo natural que nos regala la caldera de Santorín cada atardecer es algo obligado. A lo largo de la caldera hay muchos puntos donde la puesta de sol es de gran belleza. Lo ideal es escoger un lugar diferente cada día de los que pasemos en la isla, que podrían ser tres o cuatro. Como ya se ha dicho, el ocaso en Ía, en el extremo norte, es el que probablemente ha adquirido más fama internacional, pero no es ni mucho menos el único. Prácticamente, cualquier punto a lo largo de la parte central del acantilado, desde Firá hasta Imerovigli, y también en la carretera que discurre al sur de Firá, será óptimo para nuestro propósito.

Santorín

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Las tres localidades del acantilado están trufadas de terrazas con vistas directas sobre la caldera donde uno puede disfrutar de este momento tomándose una copa en buena compañía. Digamos, por ejemplo… un mojito. Aunque si se prefiere tomar algo griego, se puede optar por una cerveza Mizos (Μύθος) o un vino retsina (ρετσίνα). Y de los muchos lugares posibles, el escogido en esta ocasión es el que considero mejor entre todos: Firostefani, concretamente un bar con terraza situado en una curva un poco más arriba de la catedral católica. La idea no es sólo contemplar la puesta de sol, sino también combinarla con las vistas sobre el propio acantilado. Por su posición, este punto es el mejor, ya que ofrece una panorámica perfecta sobre la capital, así como todo el centro y sur de la isla, incluyendo el monte del Profeta Elías.

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Será cuestión de relajarse, esperar y extasiarse una vez más con la grandiosa vista de la caldera. Entre sorbo y sorbo del mojito, el sol va bajando y el cielo adquiriendo tonalidades rojizas, las mismas que (mirando hacia atrás) van tiñendo el acantilado. Y un crucero de nueve cubiertas nos sirve como referencia para apreciar la enormidad de la caldera.

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Ciertamente, este punto panorámico es excepcional, ya que dominamos casi toda la caldera: en el centro el islote de Nea Cameni (Νέα Καμένη), formado en los últimos siglos por la acumulación de lava de las últimas erupciones volcánicas, y al fondo la isla de Cirasía (Θηρασία), un resto aislado de la gran Erupción Minoica que hace más de 3500 años creó la caldera (véase la primera parte de este artículo). Esta pequeña isla de apenas 6 quilómetros de largo por 3 de ancho y unos 250 habitantes, frecuentemente olvidada y raramente visitada, se cobra ahora su cuota de protagonismo, ya que es precisamente detrás de ella donde se oculta el sol al final de cada día. La cámara no para de disparar mientras el astro rey se convierte en una bola en un trasfondo rojo instantes antes de desaparecer.

Santorín

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Pero el espectáculo no ha terminado. Tras el rojo llega el azul. El de la hora azul, esos breves minutos que discurren entre la puesta del sol y el anochecer, en los que la luz aún no ha desaparecido y el cielo se tiñe de un azul intenso. Mientras, Firá comienza a encender su iluminación artificial y adquiere así un aspecto totalmente distinto.

Santorín

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Santorín es el lugar ideal para desconectar unos días disfrutando de unos paisajes espectaculares, para admirar el inmenso poder de la Naturaleza. Tampoco defraudará a quien quiera vivir momentos románticos junto a alguien especial. Eso sí, siempre y cuando se huya de los meses de junio, julio y agosto, ya que la isla está abarrotada y los precios son más altos. De octubre a abril, por otro lado, el tiempo es frío y desagradable (no olvidemos que esta isla es un pedrusco azotado por fuertes vientos en medio del mar), así que los mejores meses para visitarla son mayo y septiembre. La combinación entre buen tiempo, menos gente y precios más bajos será óptima. La experiencia, inolvidable.

 

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