PLAZAS DEL MUNDO: EL “ZÓCALO” DE LA CIUDAD DE MÉJICO

El Zócalo de la Ciudad de Méjico, oficialmente Plaza de la Constitución, es la mayor de América. Su extensión es de 46.800 m2 (195 por 240 metros). De orígenes antiguos, pues ya existía en tiempos de los aztecas, tal como la conocemos hoy la podemos considerar uno de los más notables ejemplos de urbanismo español en América. Los edificios que la rodean componen un conjunto armónico y albergan los símbolos de poder de la ciudad y del país. Siempre concurrida, a veces ocupada por grupos de presión y pocas veces tranquila, lo que sucede en el Zócalo frecuentemente afecta a los 120 millones de mejicanos.

La plaza se asienta sobre lo que fue el centro de la ciudad de Tenochtitlan, capital de los aztecas. De esa ciudad quedan unos restos arqueológicos en la esquina nordeste, los del Templo Mayor. El resto de la plaza representa el poder que se instauró tras la conquista española: el poder virreinal, el poder municipal, el poder religioso y el poder económico, uno en cada lado. La nueva Ciudad de Méjico, capital del Reino de la Nueva España, se extendió hacia los cuatro puntos cardinales siguiendo una planificación urbanística renacentista, inspirada en las ciudades españolas. Así, esta plaza no fue otra cosa que la Plaza Mayor, como en España, y éste fue su nombre original, aunque también se llamó Plaza de Armas (algo habitual para este tipo de recintos en la América española).

Así pasaron tres siglos de prosperidad y crecimiento, hasta que en 18o8 los ejércitos franceses entran en la España metropolitana, que resiste a la invasión. Las Cortes reunidas en Cádiz redactan en 1812 la primera Constitución Española, la tercera más antigua del mundo. Un año después, en 1813, la plaza Mayor de la Ciudad de Méjico es renombrada plaza de la Constitución, nombre oficial que mantendrá hasta hoy, en honor de la Pepa (y no la mejicana de 1917, vigente actualmente, como muchos creen erróneamente). Desde entonces esta plaza ha sido testigo de la agitada vida del Méjico independiente; en ella se han proclamado emperadores, se han producido revoluciones y magnicidios y también ha ondeado ignominiosamente la bandera de los gringos invasores.

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LADO ESTE: EL PALACIO VIRREINAL

Hernán Cortés edificó su residencia sobre la de Moctezuma. Ése fue el embrión del Palacio Virreinal, que ocupó el lado oriental de la plaza. Sufrió múltiples ampliaciones, incendios y hasta motines. Tras la rebelión y posterior independencia de Méjico, el palacio ha sido residencia de los presidentes del país y algún emperador. Hoy el Palacio Virreinal ya no es residencia de los presidentes de la República, pero sí lo usan para actos de protocolo y recepciones oficiales. El piso superior, que se adapta perfectamente a los dos inferiores, fue añadido en tiempos del Porfiriato; en la fachada, el curioso coronamiento muestra un escudo mejicano (los originales españoles fueron destruidos a causa del vandalismo que siguió a la independencia) sostenido por un guerrero azteca y un soldado español a modo de síntesis de los orígenes del país.

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En su interior son visitables, entre otros, los patios y el hemiciclo de la antigua Cámara de Diputados. En la escalera y el corredor del primer piso Diego Rivera pintó unos murales que presentan una visión irreal y deformada de la Historia de Méjico. En ellos el pintor guanajuatense retrata a una enorme cantidad de personajes desde la época precolombina hasta principios de siglo XX. Unos indios que viven rebosantes de armonía y felicidad y unos españoles muy feos y muy malos que tratan a los indios a latigazos son el mayor despropósito, aunque no el único. Lamentablemente esta grotesca y ridícula versión ha sido la que se ha propagado oficialmente durante los dos últimos siglos, con su momento álgido precisamente en la época de actividad de Rivera. Éstas y otras obras destacadas del muralismo mejicano serán objeto de un próximo artículo.

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LADO NORTE: LA CATEDRAL METROPOLITANA DE MÉJICO

Por su parte, la autoridad eclesiástica asentó su catedral, aún hoy la mayor de América, en el lado norte. Comenzada en estilo renacentista en 1544 por Claudio de Arciniega y terminada en estilo barroco en 1813 por el gran Manuel Tolsá, es una de las obras cumbre del arte español en América, que aúna con gran armonía ambos estilos. De su majestuoso interior se pueden destacar los grandiosos altares del Perdón y de los Reyes, obra de Jerónimo Balbás, que mostramos aquí. Sin olvidar el coro o la sacristía, donde incluso se conserva un cuadro de Bartolomé Esteban Murillo. La visitamos con más detalle en este artículo.

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La fachada de la catedral ocupa todo el lado norte porque en realidad son dos edificios, ya que a la derecha se encuentra el sagrario, que en la Nueva España solía estar separado de la iglesia propiamente dicha. Aunque su interior es más bien austero, la fachada rebosa decoración y es una de las mejores muestras del barroco estípite novohispano.

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Es posible acceder a las torres en una interesante visita guiada que se reserva en la misma catedral. Desde allí arriba también se obtienen unas estupendas vistas panorámicas de la plaza. Éste es sin duda el mejor lugar para fotografiar el Portal de Mercaderes.

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LADO SUR: EL AYUNTAMIENTO DE LA CIUDAD DE MÉJICO

El lado sur de la plaza lo ocupan dos edificios muy similares que son la sede del Gobierno de la Ciudad de Méjico (equivalente al Ayuntamiento pero con rango de entidad administrativa superior, como una región en otros países). Sin embargo sólo el de la esquina sudoeste es original, edificado por orden de Hernán Cortés en 1532 como ayuntamiento de la ciudad. Es de piedra gris y está adornado con numerosas estípites típicas del barroco novohispano.

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El interior de los soportales está decorado con grandes paneles de azulejos que representan grandes escudos históricos de la ciudad como el del almirante don Cristóbal Colón, el de Hernán Cortés, o el de la propia ciudad, entre otros.

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En su interior, un evidente ejemplo de Renacimiento español, destacan la escalera y el patio columnado.

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LADO OESTE: EL PORTAL DE MERCADERES

El lado oeste de la plaza está ocupado por dos edificios separados entre sí por la calle de Francisco Madero. Se trata del Portal de Mercaderes, unos soportales llenos de comercios, especialmente de joyería. Este lado siempre se dedicó al comercio, ya que aquí (aunque ocupando una parte de la plaza) se encontraba  El Parián, un antiguo mercado donde se comercializaban  los productos traídos de Asia por el Galeón de Manila. Fue demolido por orden del nefasto Antonio López de Santa Anna.

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Lo mejor de este flanco son dos hoteles: el Majestic y el Gran Hotel. El primero, en la esquina con la calle de Francisco Madero, ofrece unas magníficas vistas del Zócalo desde la terraza panorámica de su cafetería-restaurante en el último piso, que es de libre acceso.

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El segundo, en la esquina con la calle 16 de Septiembre (donde tiene la entrada) es un hotel de lujo modernista de 1899 y vale la pena entrar a curiosear el vestíbulo y admirar su impresionante bóveda acristalada.

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LA GRAN BANDERA MEJICANA

El centro de la plaza estuvo ocupado en principio por, posiblemente, la mejor estatua jamás erigida en América, la ecuestre del rey Carlos IV, obra del valenciano Manuel Tolsá. Llamada popularmente el Caballito, hubo de ser retirada para salvarla de la barbarie que siguió a la independencia y anduvo por varias ubicaciones en la ciudad (este artículo nos relata su azarosa historia). Hoy la podemos admirar a pocas calles de aquí, delante del Museo Nacional de Arte. En 1843 el presidente Antonio López de Santa Anna quiso instalar en el centro su gran proyecto de monumento a la independencia del país: una gigantesca columna que habría de ser coronada por una estatua alada. Este proyecto nunca se llevó a cabo por falta de dinero.

Sin embargo, sí dio tiempo de construir el zócalo que habría de sostener la columna. Ese zócalo sin monumento ocuparía el centro de la plaza durante un siglo, por lo que el pueblo llano, una vez más, creó un nombre extraoficial de uso habitual: el Zócalo, como se conoce hoy a toda la plaza, aun cuando ese zócalo ya no existe. Hoy la plaza es un mar de asfalto rodeado por varios carriles de vehículos que los peatones cruzan no sin riesgo. En el centro, como único elemento decorativo y simbólico, sólo queda un altísimo mástil que sostiene una enorme bandera tricolor que se iza y se arría cada día. Lamentablemente, con frecuencia el centro de la plaza está ocupado por elementos absurdos tales como mercadillos, pistas de patinaje o manifestantes que permanecen acampados sin que nadie se lo impida.

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Cada día la bandera se iza a las seis de la mañana y se arría a las seis de la tarde. El arriado de esta bandera, de 14 x 25 metros, va acompañado de una compleja ceremonia que podemos ver en las imágenes que siguen. Un gran número de soldados (curiosamente en uniforme de campaña, como si acabasen de llegar de una batalla) salen del Palacio Virreinal y forman junto al mástil, al tiempo que otra unidad provista de tambores se sitúa unos metros más atrás, en el lado oeste.

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Una vez en la parte baja del mástil, entre varios soldados atrapan la punta de la bandera y con no poco esfuerzo empiezan a enrollarla y pasársela a sus compañeros en formación. Una vez en posesión de toda la tela tricolor, la portan hasta el palacio, donde estará custodiada hasta el día siguiente.

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EL ZÓCALO, ESPEJO DE LA VIDA MEJICANA

El Zócalo es siempre un hervidero de chilangos y turistas, manifestantes y vendedores ambulantes, paseantes y carteristas. Algunos personajes son elementos típicos no sólo de esta plaza, sino de todo el centro histórico de la ciudad, como es el caso de los organilleros o los limpiabotas (en Méjico llamados boleadores). Hoy en día se aprecia mucha más seguridad y limpieza, que se hacen presentes gracias a las patrullas policiales y las de basureros (vestidos con un uniforme de color excesivamente chillón). De hecho, ahora se puede pasear por aquí hasta de noche, cosa muy poco recomendable hace sólo unos años.

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En las plazuelas situadas a ambos lados de la catedral es habitual ver grupos que interpretan danzas folclóricas indias o rituales para ahuyentar a los espíritus (o sea, para aprovecharse de los ingenuos, los cuales son sorprendentemente numerosos). Y aunque los disfraces son muy llamativos y sugerentes, no falta quien, para evitar mostrar las lorzas o para no pintarse el cuerpo, usa camisetas y mallas.

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Sea como fuere, el Zócalo es el indiscutible corazón de Méjico. Una plaza que es reflejo de su larga Historia, desde sus orígenes aztecas hasta los tiempos actuales. Una plaza que aún muestra las grandiosas obras arquitectónicas de su época de mayor esplendor, cuando era la capital del Reino de la Nueva España. Una plaza tan fascinante como lo es la Ciudad de Méjico.

 

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