EL COLISEO, LA GRANDEZA Y LA DECADENCIA DE ROMA

BANDERA DE ITALIA 1El Coliseo es uno de los monumentos más emblemáticos y más visitados de la ciudad de Roma y símbolo de su época más gloriosa. Fue el mayor anfiteatro del Imperio Romano, usado para contentar a la plebe dentro de la política del panem et circenses (pan y circo). En su interior hubo todo tipo de espectáculos, algunos muy sangrientos, y a una escala difícilmente imaginable incluso en nuestros días. Tras más de 500 años de uso, sufrió decadencia y abandono, y fue cantera de piedra para numerosas edificaciones de la ciudad. Por sorprendente que parezca, hoy es un santuario católico.

Llamado popularmente Coliseo, su nombre oficial es Anfiteatro Flavio. Recibe su nombre de la dinastía Flavia, a la que pertenecían los emperadores que lo construyeron. Fue erigido al este del Foro Imperial por el emperador Vespasiano en el año 70 e.c., pero murió poco antes de su terminación y fue inaugurado por su hijo Tito en el año 80 y reformado durante el reinado de su otro hijo, Domiciano.

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El nuevo emperador no escogió el lugar al azar: se trataba de recuperar para la ciudad un terreno usurpado por el tiránico Nerón para su residencia privada, la Domus Aurea, entre las colinas Celio, Esquilino y Palatino. De este modo Vespasiano se congraciaba con el pueblo. A la entrada de su residencia Nerón había erigido una gigantesca estatua en su propio honor de más de 30 metros de altura, el famoso Coloso de Nerón, de la que los romanos acabaron transfiriendo el nombre al anfiteatro. De ahí su nombre popular.

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Cuando murió Vespasiano, el edificio estaba levantado hasta el tercer piso. Tito completó el piso superior y lo inauguró, y Domiciano realizó los túneles subterráneos. Se dice que los mayores juegos que registró fueron los que realizó Trajano en el año 107 para celebrar su conquista de la Dacia, que duraron 123 días y en los que se pudo ver más de 11.000 fieras y 10.000 gladiadores. Aunque las luchas entre estos últimos son la imagen más conocida de los juegos, el Coliseo albergaba espectáculos muy variados. Así, por ejemplo, se escenificaba la caza de bestias salvajes, sobre todo africanas, como rinocerontes, hipopótamos, elefantes, jirafas, leones, panteras, leopardos, cocodrilos o avestruces. Para ello, en la arena se recreaban paisajes y escenarios con árboles o edificios móviles.

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En ocasiones esos fingidos paisajes se usaban para recrear escenas mitológicas, en realidad ejecuciones artísticas en las que el condenado a muerte era devorado por fieras o quemado vivo, según de qué relato mitológico se tratase. También tuvieron lugar algunas naumaquias, o simulaciones de batallas navales, pero sólo en los primeros años, pues eso ya sería imposible tras la construcción de los túneles bajo la arena que realizó Domiciano. Estas batallas navales eran habituales en enormes piscinas construidas al efecto, pero en el Coliseo debieron de ser con embarcaciones pequeñas, a escala de las reales, y sin posibilidad de maniobrar.

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En cuanto a los famosos combates entre gladiadores, descuella el que entablaron los famosos Prisco y Vero en los juegos inaugurales, los cuales lucharon hasta la extenuación sin que hubiera un vencedor, lo que enfervorizó a las masas y llevó al emperador Tito a declarar a ambos vencedores, hecho único y excepcional. Por lo que respecta a los ajusticiamientos de cristianos, tan magnificados por siglos de propaganda y por el cine gringo, no tenemos constancia de que se realizasen en este anfiteatro.

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El Coliseo es un enorme edificio ovalado de 189 metros en su eje largo por 156 en el corto, con una altura de 57 metros y un perímetro de 524. Sin embargo, el terreno de juego propiamente dicho era un óvalo de 75 por 44 metros y en realidad era una plataforma de madera cubierta de arena. Bajo ella, el hipogeo, un complejo de túneles y mazmorras en el que se encerraba a los gladiadores, los condenados y los animales. Se comunicaba con la superficie por varios montacargas y trampillas que se podían usar durante los espectáculos. La cubierta de madera no se conserva (aunque se ha reconstruido un fragmento en un extremo para mejor comprensión por parte de los visitantes), por lo que todo el laberinto subterráneo permanece hoy a la vista. Antes de que éste fuera construido, disponía de un completo sistema de drenaje conectado a cuatro enormes cloacas, que se usaba para desalojar el agua de las naumaquias.

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El Coliseo fue la construcción romana más grandiosa y en él se usaron diversas técnicas constructivas, algunas muy ingeniosas. Las pilastras y los arcos son de travertino colocado sin argamasa. En las partes inferiores se usó la toba de la misma manera. En lugar de la argamasa, los sillares se unían con grandes grapas metálicas. Dichas grapas fueron expoliadas en los siglos posteriores a su abandono y dejaron cientos de agujeros que son visibles hoy en día. La estructura interna del Coliseo era muy avanzada y aún hoy los grandes estadios y plazas de toros siguen el mismo modelo de galerías de comunicación y escaleras que llevan a los distintos niveles. Estos accesos se llaman vomitorios por su gran capacidad, de manera que todo el público podía ser evacuado en poco más de cinco minutos. El aforo total del Coliseo llegó a ser de 50.000 espectadores, superando en mucho a todos los demás anfiteatros del Imperio.

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El graderío del Coliseo estaba dividido en pisos estructurados según las diferentes clases sociales. Así, el piso inferior o podium estaba reservado para las autoridades tales como los magistradossenadoressacerdotes y posiblemente las vestales. En uno de los extremos del eje menor se situaba la tribuna imperial. Al estar muy próxima a las fieras, había una red metálica de protección y arqueros apostados. En los otros pisos se distribuían, en orden ascendente, los patricios, los ciudadanos libres, los extranjeros, los libertoslos esclavos, y en el último piso, de madera y sin asientos, las mujeres de clase baja.

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La fachada se articula en cuatro pisos decorados con medias columnas que no se corresponden con los del interior. En la parte superior se apoyaban 250 mástiles de los que se suspendía una cubierta móvil o velum de lino para dar sombra y que podía ser perfumada. Para soportar su peso los mástiles se tensaban con unas cuerdas ancladas al suelo del exterior. La tela se extendía por medio de poleas.

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Mientras estuvo en uso, el anfiteatro sufrió  graves daños por incendios y terremotos, pero siempre fue reparado. Si bien el último combate entre gladiadores se registró en el año 435, en su recinto se siguió organizando espectáculos con animales hasta el 523, mucho después de la caída de Roma en manos de los bárbaros (acaecida en el 476). Tras su abandono el edificio sufrió diversas vicisitudes: en el siglo VI se construyó una iglesia entre sus arcadas y la arena fue usada como cementerio. En la Edad Media la ciudad de Roma casi llegó a desaparecer por su despoblación y decadencia. Era una inmensa urbe llena de edificios monumentales abandonados. La autoridad papal era la propietaria de todos ellos, pero carecía de medios y de interés para mantenerlos.

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Los terremotos siguieron afectando a la fábrica, pero el definitivo fue el de 1349, que provocó el derrumbe de toda la mitad sur de la fachada exterior (la que falta actualmente). Todas esas piedras fueron expoliadas y utilizadas para construir todo tipo de edificios, (incluidos la basílica de San Pedro y el palacio Barberini). A partir de ahí, durante siglos siguieron picando la piedra del interior y arrancando las grapas de bronce dejando la estructura muy mermada.

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Si bien la Iglesia Católica es culpable de la barbarie cometida con innumerables obras maestras de la arquitectura clásica, en el caso del Coliseo, y aunque fuera por casualidad, dos medidas suyas contribuyeron a conservarlo. Por un lado convirtieron el ala norte en un convento hasta el siglo XIX, y por otro en 1749 Benedicto XIV consagró el anfiteatro como santuario en honor de los mártires cristianos que, según se decía falsamente, allí fueron ajusticiados (parece ser que casi todos ellos lo fueron en el Circo Máximo). Desde entonces cada viernes santo el papa hace un vía crucis en su interior, razón por la cual el monumento está invadido por numerosas cruces.

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Asimismo, desde 1820 se comenzaron trabajos de consolidación, como los evidentes contrafuertes de ladrillo que sustentan lo que queda de fachada y otros que han continuado hasta nuestros días. El que se orienta hacia el oeste hace la función de magnífico mirador con vistas hacia el Foro Imperial y el Arco de Constantino.

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Hoy el Coliseo ejerce una atracción irresistible para todos aquéllos que visitan la capital italiana. Por este motivo se forman largas colas para entrar a admirarlo, especialmente en temporada alta. Un truco para evitarlas es comprar la entrada en el acceso al Palatino, a sólo cien metros, ya que la entrada es la misma y válida para ambos recintos. Éste último es mucho menos visitado y las colas, si las hay, son mínimas.

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El  gentío en el interior a veces es excesivo, y con frecuencia irrespetuoso. No es raro ver imbéciles sentados sobre los capiteles o las columnas de más de 19 siglos de antigüedad. Claro que la habitual desidia italiana hacia sus monumentos incita a ello, ya que nadie se lo impide.

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Frente al lado norte del edificio, justo encima de la estación de metro, la calle está más elevada y forma otro estupendo mirador con vistas a esta fachada, la que se conserva completa. El mejor momento para fotografiarlo es al atardecer.

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En este lugar multitud de personas encuentran el fondo idóneo para una foto inolvidable, como es el caso de las parejas de enamorados, los recién casados y alguna preciosa chica.

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En 1980 la Unesco reconoció el extraordinario valor histórico del Anfiteatro Flavio al incluirlo, junto al resto del centro histórico de Roma, en la lista del Patrimonio de la Humanidad. Hoy es uno de los grandes atractivos turísticos de la Ciudad Eterna y el mayor icono de la Roma Imperial, de su poder y también de su miseria.

 

Relatos de otros viajeros:
Diario de viaje de Kiana: Roma (Junio 2011)
Mi maleta y yo: Semana Santa 2011 en Roma. Cuarto día (24/04/2011) 2ª Parte – Coliseo, Moisés, San Clemente y San Juan de Letrán

 

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